Retenciones, símbolo de decadencia (*)

¿Se puede creer en la palabra de un gobierno que ha tenido la osadía, como casi ninguno otro en el mundo, no sólo de destruir al instituto de estadísticas del país sino también de defender su intervención con uñas y dientes como lo está haciendo en estos días en el Congreso?

Casi nada.

Esto es lo que pasa con la discusión sobre las retenciones. Según los Kirchner y todos lo que los apoyan, las retenciones de carne, trigo y maíz buscan que la mesa de los argentinos esté servida a precios accesibles y las de soja que generen una recaudación para que el Estado cierre sus cuentas y colabore con su política de redistribución del ingreso.

Respecto de la primera, el fracaso redistributivo (trigo y maíz aportan muy poca recaudación) es total. Luego de casi 10 años de retenciones y 5 de limitaciones a la faena de ganado vacuno, cierre de registros de exportación y destrucción de los mercados concentradores de precios como Liniers y el de Frutas y Verduras, la pobreza es del 40% (había bajado a 26,9% en el segundo semestre de 2006), la indigencia del 15% (había bajado a 8,7% en el segundo semestre de 2006) y la diferencia entre el 10% más rico y el 10% más pobre es la misma que hace 25 años e igual que hace 7 cuando los Kirchner llegaron al poder. Hay 16 millones de argentinos que no cubren sus necesidades elementales de comida y vivienda digna y de ellos, hay 6 millones que no se pueden alimentar normalmente. ¿Para qué han servido entonces estos 7 años de crecimiento económico a tasas chinas con retórica y programa económico "progre"?

Además, habría que considerar los efectos perjudiciales de largo plazo que tendrán sobre nuestra sociedad el derrumbe en el stock de vientres y las caídas en la producción de petróleo, gas y energía, también afectadas por retenciones y prohibiciones para exportar.

Respecto de la segunda, el Estado consolidado de Nación más Provincias recaudará este año el récord bicentenario de $500.000 millones, de los cuales, las retenciones del complejo sojero llegarán como máximo a $35.000 millones. Entonces, las retenciones se podrían eliminar porque representan sólo el 7% de la recaudación total. No son nada fundamentales desde el punto de vista fiscal y del financiamiento al gobierno consolidado. Además, si ni con medio billón de pesos de recaudación, los Kirchner y los gobernadores provinciales han logrado cerrar sus cuentas, ninguno tiene derecho a reclamar más ingresos. A confesión de parte, relevo de prueba.

Y una paradoja. Un gobierno que se dice progresista, que lucha contra el empleo en negro y busca afanosamente la movilidad social ascendente, está a punto de convertir al impuesto al trabajo, o sea, a los aportes personales y las contribuciones patronales, en su principal espada recaudatoria, incluso más que el IVA. Este año superará los $100.000 millones de recaudación.

Pero más allá de los detalles anteriores, el tema de fondo es que las retenciones son un pilar fundamental de nuestro rechazo al comercio libre con el mundo (o de nuestro apego al proteccionismo), cosa que ha sido fundamental para los países emergentes que han prosperado en el largo plazo. Penalizar con retenciones a la producción de exportables o directamente cerrar las ventas al exterior como ha hecho varias veces este gobierno, es lo mismo que dificultar importaciones y a la inversa: trabar las compras al exterior es lo mismo que prohibir exportaciones ¿O acaso no estamos sufriendo el parate de nuestras exportaciones de aceite de soja (con el agregado de fuertes pérdidas de valor) por parte de China por proteger a nuestros productores de textiles, juguetes, etc. de las importaciones que vienen del gigante asiático?

Argentina, independientemente de que se analicen los últimos 100, 50 o 25 años de vida como Nación, sólo ha logrado crecer (como mucho) a la misma velocidad del 1,3% promedio anual per capita que la economía mundial, cuando en realidad, por ser un país de ingresos medios a bajos, debería de haberla triplicado. Un motivo fundamental de esta decadencia, ha sido el insistir como disco rayado en un proteccionismo industrial basado en 1) todo tipo de medidas contra el campo y el petróleo y 2) el cierre de la economía a la competencia importada. Suena ridícula la frase de la Presidenta de que quiere transformar a la Argentina en la "góndola del mundo", cuando al mismo tiempo destruye al granero del globo.

En este cambalache en el que ha degenerado la alta política en nuestro país, al punto de haber terminado completamente desconectada de los intereses de sus representados, es posible encontrar a un supuesto dirigente sindical como Hugo Moyano, diciendo que la inflación (que empobrece) favorece la equidad distributiva, a un intrascendente ex Jefe de Gabinete como Sergio Massa, que con aspiraciones presidenciales ya lanzó su escuelita de gobierno (¿qué enseñanzas dejará?) en el Tigre, a los gobernadores de provincias núcleo en la producción agropecuaria como Scioli en Buenos Aires, Schiaretti en Córdoba y Binner en Santa Fé, no estar abiertamente en contra de las retenciones (luce risueña la oposición "conceptual" del mandatario santafecino) y a empresarios dedicados toda la vida a vivir del proteccionismo industrial que perjudica al agro, invertir en la compra de campos sus jugosas fortunas.

Es bueno tener presentes estas dantescas situaciones, no para autoflagelarnos, sino para saber hacia donde hay que cambiar para salir de nuestra decadencia secular como sociedad.

(*) Artículo publicado en la sección Economía & Negocios del diario La Nación, el 15-08-2010, página 6