Argentina rumbo al ajuste, otra vez

17 Ago
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Las derrotas en las elecciones legislativas del 28 de junio pasado profundizaron significativamente la pérdida de poder político del matrimonio Kirchner, que se había iniciado previamente con la desaceleración económica de fines de 2007 y luego se profundizó desde marzo de 2008 con la guerra que le hicieron al campo. Los mayores reveses fueron dos: el de la provincia de Buenos Aires, gran bastión kirchnerista y la más simbólica derrota en Santa Cruz, provincia donde Néstor Kirchner fue gobernador entre 1991 y 2003, cuando accedió a la presidencia de la Nación.

No sólo es político el poder que los Kirchner han perdido en Argentina. La economía se encuentra actualmente en una profunda recesión desde el cuarto trimestre de 2008. Las cámaras sindicales e industriales hablan de una destrucción de más de 200.000 empleos, sólo en los primeros meses del año. La inflación, que había superado el 26% el año pasado, hoy se encuentra en 15,5%, todavía un número altísimo. Los aumentos salariales pedidos por las distintas uniones obreras, sumados a los ajustes de tarifas que aprueba el Gobierno para liberar recursos que hoy destina a subsidios, han mantenido las alzas de precios que se habrían contenido de otra forma por la desaceleración económica.

La etapa de crecimiento de la economía con alta inflación que caracterizó buena parte del período 2003-2008, junto con una suba permanente de la presión impositiva sobre el sector privado, engrosaron las arcas públicas de manera notable. Sin embargo, el alza de los ingresos estuvo acompañado por un irresponsable aumento del gasto público, tanto de parte de la Nación como de las provincias, que no fueron ajenas a la fiesta del gasto. De esta manera, en esos seis años las erogaciones crecieron $ 336.000 millones, llegando este año a $ 414.000 millones, o 36% del PIB argentino. Todo un récord.

No es de extrañarse entonces que el Tesoro se haya quedado sin aire fiscal. Los problemas ya habían aparecido en 2007, cuando la Nación subió el gasto un 44% para encarar las elecciones presidenciales que ese año habría de ganar Cristina Kirchner. Tanto que en 2008 se intentó avanzar sobre el sector privado de dos maneras distintas para conseguir más recursos: primero, aumentando los impuestos a las exportaciones agropecuarias en marzo, lo que derivó en meses de conflicto entre el sector y el Gobierno y luego eliminando el sistema privado de jubilaciones, en octubre. El primer intento naufragaría en el Congreso en julio de ese año (desatando una crisis política entre la Presidenta y su Vicepresidente), mientras que el segundo fue aprobado en diciembre pasado.

Igualmente, 2009 se ha presentado bastante complicado para el fisco. El gasto público no detuvo su crecimiento por las elecciones legislativas, aún con los ingresos aumentando a la mitad de éste. Los mercados internacionales tienen las puertas cerradas a la Argentina desde el default de 2001 y los locales también desde que se comenzaron a manipular las estadísticas oficiales, en enero de 2007. Por ello es que el Gobierno encuentra difícil el financiamiento para afrontar sus compromisos de deuda pública y cada vez recurre más al Banco Mundial y al BID para pedirles nuevos préstamos.

Resulta inevitable un ajuste para que el país no vuelva a repetir experiencias muy difíciles como ya lo ha hecho demasiadas veces. Las formas en que se instrumentaría no le son desconocidas al argentino: una mayor devaluación, aumento de la presión impositiva, congelamiento del gasto público, una nueva reprogramación de la deuda pública.

La derrota electoral del 28 de junio le dio al matrimonio presidencial un chivo expiatorio para el ajuste a la política económica. Ya lo había anticipado Néstor Kirchner en su campaña. El ajuste va a venir, pero no lo harán ellos, sino que será "la derecha" de la "vieja política" que ganó las elecciones desde el Congreso (y por supuesto, toda la gente que los votó).

Al día de hoy los Kirchner no han reconocido públicamente el fracaso que sufrieron en las urnas. Ellos mismos plebiscitaron su gestión, obligaron a los intendentes de la provincia de Buenos Aires a presentarse como candidatos (y hasta al mismo gobernador), pusieron toda la carne en el asador y aún así perdieron. De haber tomado los comicios como lo que eran, la elección de mitad de mandato de legisladores, probablemente la cosa no habría sido tan traumática. Ahora el revés fue mucho mayor.

Los Kirchner, por supuesto, trataron de minimizar el hecho. Néstor, reconoció la derrota recién a las dos de la mañana del día de la votación, diciendo que perdió "por poquito". Igualmente, al día siguiente renunció a la presidencia del Partido Justicialista (PJ) dejando al gobernador de Buenos Aires (y compañero de fórmula) al frente del partido y soportando la presión que le imponen los otros gobernadores del PJ para ceder su conducción.

La Presidenta, en cambio, fue mucho menos sutil. El martes siguiente a la elección dio una conferencia de prensa en la que desestimó la derrota sufrida hacía tan sólo 48 horas. Afirmó que tampoco necesitaba cambios de gabinete, aún cuando ya habían renunciado un ministro y un secretario. En cierta medida, cumplió con su palabra. Los cambios de nombres en los ministerios de la Nación que vendrían la siguiente semana fueron más bien un cambio de puestos: no resultaron ser otra cosa que un simple enroque, ya que la mayoría, incluido el Ministro de Economía, formaba parte del Gobierno.

Esto no sólo representa un alto nivel de autismo hacia la soberanía que en su mayoría claramente le ha bajado el pulgar al rumbo político y económico. Significa también un redoblamiento de apuesta de los Kirchner. Así como no fue el momento de hacerle cambios al modelo antes, tampoco lo será ahora. Es más, la confirmación del Secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, en su puesto, resistido no sólo por la oposición sino también por integrantes del PJ y hasta por miembros del mismo Gobierno, es el mayor símbolo de que no está pensada ninguna renovación.

Todo lo contrario. Ahora los Kirchner están yendo por más. El intento de pararse sobre la estructura del PJ a partir del conflicto con el campo no rindió los frutos esperados. Es más, hoy se sienten "traicionados" por algunos de sus miembros, en particular por los intendentes del Conurbano bonaerense, quienes cosecharon más votos dentro de su partido que los que logró Kirchner. Entonces, ahora están intentando retornar al viejo proyecto transversal, para ocupar un espacio de izquierda completamente heterodoxo.

Es difícil creer que alguna vez podrán volver a concentrar el poder que habían acumulado, sobre todo en la primera presidencia. Las fórmulas que ganaron en el Interior del país en las últimas elecciones fueron en su mayoría las de los candidatos que más se distanciaron del Gobierno nacional. En diciembre, cuando asuman los nuevos legisladores, perderán la mayoría, si es que esto no sucede antes, en las dos Cámaras. Las provincias, ahora ya mucho menos oficialistas, le reclamarán más fondos a la Nación, que tendrá que hacer malabares para cubrir sus propios gastos. La agenda que llevará la oposición al parlamento incluirá una nueva ley de coparticipación y una rebaja o eliminación a los derechos de exportación.

Aquí es cuando volverán las confrontaciones (que en realidad, nunca se han ido), a esta Argentina que se ha impuesto desde el poder donde todo es un juego de opuestos: "ellos o nosotros", "pueblo u oligarquía", "nacional y popular o cipayo", "izquierda o derecha". Al final de cuentas la historia argentina ha demostrado que bajo cualquiera de estas definiciones que ha gobernado el país, bajo cualquier partido, ideología o paradigma que se siguiese o se dijese seguir siempre se ha terminado igual: con un brusco ajuste económico y político, que en su mayor parte suele recaer sobre la sociedad civil.

Lo peor de todo, es que si esos fondos van a las provincias no necesariamente se esté trasladando el poco superávit de la Nación hacia el Interior. Probablemente la Nación quede en déficit, pero las provincias usarán esos recursos nuevos para evitar hacer el ajuste al cual se verían obligadas. En suma, aumentaría el déficit consolidado.

Tener una política heterodoxa, aumentar violentamente el gasto público y darse el "lujo" de cancelar de un plumazo la deuda que se tenía con el Fondo Monetario Internacional pueden costearse cuando los ingresos suben medianamente a la par, cuando se tienen los mercados de capitales abiertos y cuando se tiene un shock de términos de intercambio como dudosamente el país había visto en su historia (lo que fue llamado "viento de cola"). Ahora que este escenario es historia, no está claro cómo será financiado desde 2010 en adelante (en 2009 ya cerraron la caja) un déficit del Sector Público (Nación más provincias) que en 2010 podría superar holgadamente los $ 33.000 millones (3% del PIB) de este año. Y ni hablar de los pagos de capital de deuda pública que rondarán los US$ 4.000 millones.

Se viene el ajuste en la Pampa Húmeda.

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