Lousteau en la Edad de Piedra (*)

Sin duda, aquella frase de Néstor Kirchner de que con Cristina el cambio se iba a profundizar ha encontrado en Martín Lousteau un eficiente ejecutor. Unas de sus primeras frases al asumir fue que el gasto público tenía que seguir creciendo. A lo mejor, por su juvenil candidez se olvidó de que hoy las erogaciones del Estado son récord en la historia argentina y que la presión impositiva sobre el sector que paga los impuestos que él recauda (los que están en blanco) nunca fue igualada en el pasado y es similar a la de los países ricos, lo cual constituye un total disparate dada nuestra pobreza.

También se ha dedicado a investigar las cadenas sectoriales de valor para ver qué precios cobran y cuánto invierten sus eslabones y determinar así el grado de apoyo (crédito subsidiado) o persecución estatal (Guillermo Moreno) que van a sufrir, emulando las oxidadas y fracasadas planificaciones centrales del socialismo. Pero en la Argentina se vive con la desatinada tesis de que luego del fracaso del liberalismo trucho de Menem hay que volver a probar de a poco (no vaya a ser que el electorado se asuste) todo lo que fracasó antes de la convertibilidad, salvo el déficit fiscal: Estado empresario, intervencionismo a full, y las viejas y decadentes ideas de desarrollo industrial de Prebisch y la CEPAL.

Pero la última perla del ministro fue la del martes pasado, cuando enmascarado en un sistema de retenciones móviles fijó precios máximos para los productos claves del agro (soja y sus derivados, girasol, trigo y maíz) y el gas. En efecto, si hoy los precios internacionales se triplicaran (200% de aumento), lo que reciben a cambio los productores argentinos podría subir más de 20%. A esto se agregan los del petróleo, fijado en los hechos en u$s 42 el barril a fines del año pasado con otro sistema de retenciones móviles ¿Qué será entonces de la vida de los mercados locales de futuros?

De esta manera, han quedado congelados los precios internos de las materias primas básicas y así la rentabilidad del sector que las usa como insumos; la industria, a su vez, pasa a tener la mesa servida a su gusto. Las únicas concesiones que esta última tiene que hacer al kirchnerismo son los salarios que fija Moyano y la suba de las tarifas de la energía para mantener inalteradas las residenciales y redistribuir el ingreso.

Hay mucha preocupación en Lousteau y en el gobierno por la alta rentabilidad del agro y del petróleo, y por retrotraer sus precios a los de finales del año pasado, pero mantiene silencio sepulcral sobre las superganancias de sus sectores industriales protegidos (textiles, lavarropas, termotanques, baterías, juguetes, etc.) y la construcción. Tampocose puede olvidar de cómo el Estado condona deudas y les transfiere cada vez más fondos a las obras sociales de los sindicatos acólitos sin miramientos.

Haber ido a estudiar Economía a la prestigiosa London School of Economics de Inglaterra y venir a justificar el viejo, perimido y fracasado modelo del primer Perón consistente en poner al agro y al petróleo como parásitos (mínimas rentabilidades para que no se fundan) de la industria para que provean de alimento y energía, expropiándoles sus ganancias con argumentos absurdos como evitar la sojización y lograr que se exporte con valor agregado, produce vergüenza (y ajena también).

Respecto de la sojización, la respuesta debería ir a buscarla en parte en el destrozo del mercado de la carne, de la leche y del trigo que ha hecho su «compañero de ruta» Guillermo Moreno, tal como lo calificó el pelilargo ministro, al prohibir exportaciones, cerrar registros de exportación, fijar precios e intervenir mercados (como el de Liniers), al mismo tiempo que la oleaginosa pasaba a valer oro en el mercado internacional.

Valor agregado

También merece un párrafo el dato de que busca mayor valor agregado en las exportaciones. ¿De dónde sacó que el agro y el petróleo no invierten ni procesan nada? De la realidad no y de «El Principito» tampoco. Por otro lado, mal puede ir a buscar esa miel expropiando a los exportables tradicionales y subsidiando a la industria con proteccionismos y otras yerbas por doquier. Y ni hablar con el desastre educativo actual, uno de los más grandes impedimentos para exportar con alto valor agregado.

Lo que propone Lousteau es lo que se lleva a cabo desde hace más de medio siglo, siempre hacia atrás en la dirección. No hay evidencia histórica de países exitosos que hayan cambiado la ventaja comparativa de esta manera y mucho menos con Hugo Moyano consiguiendo aumentos de salarios en dólares a 25% anual. Si se quiere exportar algún día con más valor agregado que hoy, la receta es la de los países que han crecido muchas décadas a tasa alta y sostenida en vez de emular al Trío los Panchos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa: o sea, dólar caro (el nuestro es cada vez más barato), estado mínimo (atender a los pobres, proveer alta educación, salud básica y seguridad) para que los impuestos sean bajos. Y lo más importante: ningún gravamen que trabe el libre comercio.

Tampoco el atraso es sólo debido al frustrante plan de convertibilidad que ni él ni su padrino intelectual (hoy circunstancial contestatario del modelo productivo), Javier González Fraga, criticaron cuando aquélla gozaba de aparente buena salud, pero cocinaba a fuego lento el desastre de 2001/2002. Aquél fue sólo un punto en el desgraciado tiempo del país. La decadencia argentina se debe justamente a la sucesión, durante décadas, de medidas como las adoptadas por Lousteau el martes pasado. Palos a los exportables para desarrollar una industria protegida por altos aranceles a la importación de bienes finales e insumos baratos (bajos aranceles a la importación de bienes de capital y precios máximos para agro y petróleo) y que ahora ya vuelve a pedir una banca de fomento como si el regalo del BANADE no les hubiera alcanzado.

Finalmente, aunque sin demasiada relevancia, durante algunos años Lousteau ejerció la profesión de consultor macroeconómico. Por lo tanto, sabe perfectamente lo esencial que es contar con estadísticas oficiales creíbles como condición necesaria para ejercer la profesión de manera adecuada. Entonces, es penoso que defienda la «cocina» abominable que se hace en el INDEC de todas las cifras sobre la economía del país.

Lousteau, en el mejor de los casos, es el último responsable de los dibujos sobre la deuda pública, las cifras de resultado fiscal, la inflación, el desempleo, los salarios reales, la pobreza, la indigencia, el consumo de servicios públicos, las ventas en supermercados y shopping y de cómo se distribuye el ingreso.

(*) Nota publicada en Ambito Financiero el 18/03/08, Páginas 1 y 2.

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José Luis Espert

Doctor en Economía

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