La estrategia de devaluar para inflar

Es usual que las personas llegando a fin de año reflexionen y hagan un balance. Para el caso de un gobierno, el fin de la gestión es un momento comparable. ¿Habrá cambiado algo el modelo productivo del doctor K o es solo un refrito de la misma historia de siempre? Los resultados parecen ser poco prometedores para una economía que desea industrializarse cerrándose al comercio por renegar de sus atributos naturales.

Durante el último medio siglo Argentina ha tratado (inútilmente) de cambiar su ventaja comparativa. La misma es un concepto que introdujo el economista clásico inglés David Ricardo, por el cual explica por qué los países tienden a especializar su producción y exportaciones en los bienes que son más eficientes produciendo en términos relativos.

La economía argentina está dominada principalmente por una ventaja comparativa en el sector de agroalimentos y combustibles por sobre las manufacturas. Dicha ventaja se apoya en la dotación de factores que posee Argentina, es decir, nada ha hecho para conseguirla (y poco por explotarla). Este dominio de los factores está patentado por la teoría de Heckscher-Ohlin por la cual este último recibió el premio Nobel en 1977, una forma de norma ISO 9001.

La formulación simplemente explica el porqué los países tienen una ventaja comparativa en aquellos bienes que utilizan intensivamente como insumo aquel factor del cual están dotados de forma abundante.

Así, por más que le pese a Argentina, su ventaja comparativa se encuentra en los sectores agropecuarios y de hidrocarburos. Sin embargo, no conforme con sus dotes ha realizado insistentemente esfuerzos para reorientar su comercio hacia las manufacturas, tanto agropecuarias como industriales. Esto no es necesariamente equivocado, lo que sí resulta erróneo es la forma en que ha decidido hacerlo.

Para el gobierno actual, como para la mayoría en los últimos cincuenta años, el campo existe para darle combustible y comida baratos a los grandes centros urbanos (sacrificando su rentabilidad) de forma que la industria pueda producir a bajo costo. Así el campo sufre de retenciones a la exportación de sus productos para disociar el precio interno del internacional, de esta forma el gobierno redistribuye recursos abaratando los insumos de la industria (políticas de subsidio, crédito laxo esponsoreado oficialmente) y bombeando su demanda (el gobierno se hace de fondos para inflar la demanda por bienes manufacturados). A su vez, esto hace que los incentivos se encuentren en los lugares inadecuados y resulten en las decisiones de política económica erradas. El empresariado en vez de invertir en tecnologías de producción novedosas que aumenten su productividad tiene casi una "invitación" a hacer lobby y pedir que el gobierno aumente las retenciones al agro y a los hidrocarburos, puesto que de lo contrario se pone en riesgo la industria y los puestos de trabajo que esta soporta. Es fácil divisar el círculo vicioso en todo esto.

SIN FUNDAMENTO. Estos esfuerzos no son ninguna novedad, lo ha intentado casi todo gobierno argentino desde la primer presidencia de Perón (1946) donde se instauraron las juntas reguladoras de carne y de granos, aún así eso no da ningún derecho a seguir como perro que se quiere morder la cola. La realidad es que Argentina ha mostrado en los últimos quince años un superávit comercial sistemático en los bienes de consumo, más particularmente en los agroalimentos; mientras que muestra un déficit creciente en su balance de productos manufacturados.

Lo que es más, los discursos proselitistas que han anunciado y vanagloriado el cambio hacia un nuevo modelo productivo no se condicen para nada con los números. Si consideramos el período de acción de este modelo (2002-2006) la performance exportadora en términos de cantidades es bastante pobre, dado que a pesar de instrumentar todo un set de políticas (supuestamente) destinadas a promover un crecimiento por exportaciones (incluyendo una devaluación real del 65%), la misma no resulta significativamente distinta de la década 1996-2007.

¿Qué nos dice el consenso mundial acerca del comercio? Ante todo que es bueno y en particular para los países pequeños, donde sirve como sustento de su tasa de crecimiento. En segunda instancia, nos explica que aún si uno desea cambiar su ventaja comparativa, lo adecuado es hacerlo explotando la ventaja existente que uno posee, es decir, redoblar la apuesta al comercio, de forma tal que el ingreso por el mismo sea tal que se derrame por el resto de las actividades y genere inversión en los otros sectores.

¿Que decidió hacer Argentina en cambio? Cerrarse al comercio imponiendo retenciones a sus exportaciones tradicionales y protegiéndose nominalmente de las importaciones (tipo de cambio). El pasado 7 de noviembre el gobierno anunció un aumento a las exportaciones de soja, maíz, trigo y girasol, que van desde el 5% hasta el 10%, esto implica que el arancel se ubica dependiendo el caso entre 25% al 35%. Esto provee al fisco derrochador de unos $ 4.916 M que necesita recaudar por esta vía para financiar su fiestita dado que no puede acceder a los mercados internacionales al defaultear tres veces en cinco años (2002, 2005 al dar de baja a los hold-outs de las estadísticas oficiales y 2007 al dibujar la inflación y por ende el índice CER al cual el 40,6% de la deuda pública está atada).

Es irónico para un país que reclama a la Unión Europea y a Estados Unidos que bajen los subsidios a los productos agrícolas cuando el mismo gobierno impide, traba y hasta en casos prohíbe la exportación de las mercancías nacionales.

Por otra parte, el 15 de noviembre el saliente ministro de Economía Miguel Peirano "tiró una bomba" al establecer un régimen de retenciones a la exportación de petróleo crudo y sus derivados que es básicamente prohibitivo de forma tal de asegurar un suministro interno bien barato.

En la lógica oficialista, estas medidas se justifican en la necesidad de redistribuir la riqueza y de mantener márgenes de rentabilidad "de mercado" a lo largo de la economía, no permitiendo sobre-rentas a los mencionados sectores, ahora bien… lo que no se reconoce desde el gobierno es el tratamiento asimétrico respecto de la rentabilidad, puesto que no enfrenta de igual manera los fenómenos similares observados en los rubros manufactureros.

Si bien el discurso oficial promete un cambio de las ventajas comparativas hacia una economía industrial, de a poco parece repetir la misma historia de cerrar la economía, inflar la demanda e incentivar al sector industrial sustitutivo de importaciones a hacer lobby frente al gobierno para pedir protección respecto de la competencia externa.

PERFORMANCE PAUPÉRRIMA. Una medida de la paupérrima performance del comercio internacional de Argentina se deriva del análisis del último reporte de la Organización Mundial del Comercio, donde se dio a conocer las estadísticas de exportaciones e importaciones de 185 países del mundo, abarcando el período 1996-2006.

A partir de este informe se genera un ranking de la importancia de cada país en el comercio mundial. Cabe destacar que las primeras diez naciones explican el 54% del comercio de todo el mundo y las primeras 25 el 80%, por lo que el puesto 49 ocupado por Argentina aunque en principio optimista, se ve opacado en su insignificancia.

Resulta más adecuado utilizar la participación en el comercio mundial (bajo sus distintas acepciones: exportaciones, importaciones, exportaciones+importaciones) en relación a sus pares latinoamericanos a lo largo del tiempo como medida de performance (considerando a ellos como: Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, México, Paraguay, Perú, Venezuela). En este sentido, han sido tomamos dos períodos de comparación, lo que sucedió entre 1996-2006 y entre 2002-2006. De esta manera, ranqueando las posiciones de la mejor evolución a la peor, vemos resultados preocupantes para Argentina. Tomando como definición del comercio la suma de exportaciones e importaciones, hallamos que Argentina se ubicó quinta. en el ranking latinoamericano entre 2002 y 2006, hacer una comparación contra un período inusualmente bajo de comercio tiende a inflar los resultados (después de haber tocado fondo, todo resultado es positivo). Sin embargo, al mirar este indicador respecto de 1996 el resultado es pavoroso, anteúltima entre las once naciones.

A su vez, si comparamos la participación de las exportaciones del país en el mundo entre 1996 y 2006 o entre 2002 y 2006, vemos que para ambos períodos, Argentina se mantiene anteúltima, indicando que el momentum actual de recuperación en el ranking latinoamericano proviene del crecimiento de las importaciones. En efecto, Argentina ha sido el país cuyas importaciones más crecieron respecto de las importaciones mundiales dentro de Latinoamérica desde 2002. Más aún, es la cuarta nación en todo el mundo bajo esta medida y para dicho período. Esto es completamente consistente con el modelo de crecimiento por consumo interno que genera importaciones crecientes con una pobre performance en las exportaciones que por si fuera poco están gravadas.

Luchar contra una teoría de premio Nobel es como luchar contra Goliat, de por sí es casi imposible, más aún cuando el David oficialista en vez de tomar una honda pretende derribarlo soplando medidas proteccionistas a puro pulmón.