Tres años de Kirchner

El 25 de mayo, Néstor Kirchner cumplió tres años como Presidente de Argentina. Asumió con apenas el 22% de los votos; en octubre de 2005 obtuvo el 40% en las elecciones legislativas y su popularidad no para de crecer. El extraordinario desempeño de la economía es sin duda su principal activo. Entre 2003 y 2005 el PBI creció a un promedio de 9% y este año la cifra podría repetirse. Sin embargo, en materia económica el balance tiene puntos muy antitéticos y de mantener el actual rumbo el crecimiento irá languideciendo.

La política económica del Presidente Kirchner tiene grandes claros y grandes oscuros.
El gran claro es el importante cambio que el país ha hecho, al menos hasta ahora -y para bien- en sus cuentas públicas. Argentina perdió casi medio siglo por su pésimo manejo fiscal. A partir del ajuste de impuestos que comenzó en 2003, hoy tiene superávit fiscal, después del pago de intereses e incluyendo a las provincias, por cuarto año consecutivo. Ese cambio, junto con una política monetaria prudente en la segunda mitad de 2002, evitó la hiperinflación cuando gran parte de la sociedad la esperaba. Este shock favorable fue central a la ahora de explicar la espectacular recuperación de Argentina. Pocas veces en la historia se han logrado recuperaciones similares. Algo parecido ocurrió a fines del siglo XIX, poco después del fin de la segunda guerra mundial y en los primeros cuatro años del Plan de Convertibilidad.

Para fines de 2006, el PBI per capita superará el máximo histórico de mediados de 1998. La inversión bruta será 22% del PBI luego de un piso de sólo 11% en 2002; la pobreza habrá bajado de 57,5% a menos del 30%; el desempleo, de 25% a menos de 10%, igual que la indigencia.

Sin embargo, los oscuros son tan fuertes como los claros. La mejora en las cuentas públicas se ha logrado en base a exprimir a impuestos al sector privado, en vez de controlar el gasto público, el que hoy, si se excluyera la baja en los intereses por la renegociación de la deuda, se acerca (en términos reales) peligrosamente a los máximos históricos y pone en jaque la solidez fiscal de los próximos años. Además, los mayores ingresos provienen principalmente de dos impuestos sumamente distorsivos, como el impuesto a las transacciones financieras y las retenciones a las exportaciones.

La discrecionalidad en la fijación de reglas de juego es permanente. La obsesión por redistribuir ingresos llevó al Gobierno a abordar la inflación (superior a 12% en 2005) desde la más arcaica heterodoxia económica. Hoy, las empresas sólo pueden aumentar sus precios mediante la justificación previa de incremento en sus costos. Es una locura contener la inflación metiéndose a controlar los márgenes empresarios con gestualidad stalinista. Este tipo de medidas son una pésima señal para atraer las tan necesarias inversiones extranjeras.

Por otro lado, la economía se ha cerrado tanto que ni siquiera existe comercio libre con Brasil, como mandaba el Mercosur. Las exportaciones argentinas apenas alcanzan el 20% del PBI a pesar de tener un tipo real de cambio muy depreciado. La sustitución de importaciones ha vuelto a ser uno de los pilares del programa económico como lo fue de tantos otros en la historia argentina, siempre basados en la protección de sectores poco competitivos y de baja importancia en la generación de empleo. Para colmo, se comete el absurdo de transformar un sector eficiente como el agro (uno de los pocos que tienen ventajas comparativas en la Argentina respecto del mundo), en un parásito al servicio de la provisión de alimento barato para la industria.

El crédito público externo ha sido destrozado por la manera en la cual se reestructuró la deuda pública. Se ha golpeado muy duro al espíritu inversor en el exterior con el desastre que el Gobierno ha hecho con las privatizadas. Además, ha obligado a los privados argentinos a defaultear los contratos con privados del exterior, como es el caso de la suspensión de exportaciones de energía a Chile y Uruguay, junto con la suspensión de las exportaciones de carne y la presión para autorregular las exportaciones de trigo. Una verdadera aberración para un país cuya única alternativa de crecimiento es el comercio y las inversiones extranjeras.

Los cambios positivos a nivel macro están siendo opacados por una infinidad de distorsiones a nivel micro, orientadas a obtener resultados en el corto plazo. La miopía imperante en el Gobierno tendrá consecuencias adversas en el mediano y largo plazo. Además, Argentina ha reñido prácticamente con todo el mundo civilizado, salvo con Chávez, Evo Morales y Fidel Castro.

Más allá de esto, 2006 seguramente será el cuarto año de crecimiento consecutivo al 9%. Pero es imposible que la economía crezca durante 25 años al 9% por ciento como China. En el mejor de los casos, si se bajan impuestos, y más todavía el gasto público, se abre la economía y se regenera el estado de derecho, el país puede aspirar a crecer al 4,5% anual como Chile lo hace desde hace más de dos décadas.

El gobierno de Kirchner está haciendo la inversa.