La Argentina retrógrada

A partir de las reformas promercado y las renovadas promesas de ajuste fiscal, en los 90, el país atrajo capitales del exterior para financiar el exceso de inversión privada respecto de su ahorro y los déficits fiscales de un Estado siempre adicto a tensar la cuerda al límite (veníamos de la hiperinflación).

Liderada por las privatizaciones, la Inversión Extranjera Directa (IED) promedió los u$s 5.000 millones anuales en el período 1991-1995 y subió a u$s 12.000 millones en el lapso 1996-2000, llegando a acaparar casi el 20% de la IED con destino a América Latina (CEPAL). Hoy, no llegamos al 6% y ya hemos sido superados por Chile. Además, durante la década pasada, recibimos desembolsos netos de deuda externa por la enormidad de u$s 80.000 millones. Así fue como la defaulteamos también.

Entrada de capitales, déficit en cuenta corriente, déficit comercial, deterioro de los activos externos netos, son maneras diferentes para denotar el mismo fenómeno: que Argentina después de décadas de expulsar capitales extranjeros, los había vuelto a seducir a partir del lanzamiento de la convertibilidad en abril de 1991.

El desastre en el cual termina la convertibilidad por la venenosa combinación de tipo de cambio fijo y déficit fiscal financiado externamente más los aderezos puestos por las luminarias del modelo productivo, como la pesificación asimétrica de depósitos y los payasos defaults de la deuda pública y los contratos con las privatizadas, transformaron los déficits en superávits de mercaderías, servicios reales y renta de la inversión (base caja). O sea, volvía la fuga de capitales.

Independientemente de si el resultado comercial agregado es superavitario o deficitario, o sea, sin importar si hay salida o entradas globales netas de capitales del exterior, siempre tendremos superávits en algunos productos y con ciertos países y déficits en otros bienes y frente a otras naciones. No existe que tengamos superávits o déficits en todos los productos y con todos los países. Siempre el resultado agregado es una secuencia de combinaciones de superávits y déficits por productos y por países.

Luego, siguiendo el principio de la ventaja comparativa, habrá una tendencia a superávits comerciales en lo que somos relativamente más competitivos y déficits en lo menos. Argentina entonces tiene una tendencia a superávits en el comercio de productos agropecuarios (y hasta ahora en energía) y déficits en el comercio de bienes industriales. Y según la simetría de Lerner, el volumen de lo exportado dependerá del volumen de lo importado (y viceversa), o sea, cuanto más bajos sean los aranceles de importación y las retenciones a las exportaciones, mayores importaciones y exportaciones tendremos.

Es ridícula la pretensión mercantilista (a la que los argentinos miramos en babia) de inundar al mundo con nuestros productos pero no comprar nada al exterior (sustitución de importaciones). Mucho más absurdo es nuestra intento, desde hace más de medio siglo, de ser exportadores de bienes industriales sin haber explotado primero al máximo nuestras naturales ventajas comparativas en el agro (y el turismo) mediante la apertura económica. Hemos puesto al agro al servicio del desarrollo industrial a través de retenciones y prohibiciones para exportar en vez de ponerle todas las pilas al libre comercio.

Esto no significa avalar las suicidas desprotecciones de Martínez de Hoz y de Menem (no sólo a la industria sino también al campo y al turismo) a través de tan grosero atraso del tipo de cambio (por la política fiscal deficitaria) que íbamos a pulverizar una teoría, como la de las ventajas comparativas de David Ricardo, con más de 200 años de vida.

El nivel agregado de superávit/déficit externo viene determinado por la salida/entada de capitales y el tipo real de cambio (política fiscal mediante) afecta decisivamente la asignación del gasto interno entre bienes comerciados y no comerciados y la magnitud de los superávits/déficits por tipos de bienes y países.

Durante la convertibilidad, cuando merced al atraso cambiario era barato vacacionar en Miami, también era accesible importar desde EE.UU. y Europa bienes de capital y exportarle a Brasil productos primarios y manufacturas de origen agropecuario para pagar aquellas importaciones. Los resultados no se hicieron esperar, tuvimos grandes déficits comerciales con el occidente desarrollado e importantes superávits comerciales con Brasil. Con Chile hay una marcada tendencia en los últimos 20 años a tener cada vez más excedente de divisas (nadie se queja ahí de la invasión de productos argentinos).

Hoy con un dólar a 3 pesos, todo el mundo nos resulta caro, pero mucho menos el principal socio del Mercosur. Es así que tenemos un déficit comercial récord histórico con Brasil y cuidado que tiende a convertirse en sustituto, en vez de complementario, de nuestras exportaciones porque ha expandido de manera notable su frontera de posibilidades de producción agropecuaria. Pero el saldo comercial superavitario con Chile más que compensa el déficit con el país carioca.

Si el resultado comercial agregado es superavitario, quiere decir que nuestros odiados yanquis y los descendientes de nuestros colonizadores europeos explican con creces el gran cambio de signo (de negativo a positivo) de nuestra balanza. Aunque es probable que, según nuestra picapiedra manera de razonar, pensemos que a los gringos, a la UE y a los chilenos, todos juntos, les estamos dando un baile comercial que deja enana a la goleada argentina frente a Serbia y Montenegro en el mundial de Alemania.

Nadie habla de ello. Sólo cuenta la supuesta invasión de productos brasileños que compiten con nuestra industria, así como hace 10 años no importaba que por el atraso cambiario estuvieran en colapso el agro y el turismo también. Lo único relevante eran los problemas de nuestra industria sustitutiva de importaciones y la avalancha china.

Por eso ahora le hemos servido en bandeja el programa económico: proteccionismos a la carta (o a la caja), pesificación de deudas, dólar a 3 pesos, programas de subsidios a troche y moche, libre comercio con Brasil postergado sin fecha y funcionarios educados en las filas de la UIA ocupando importantes cargos en el Ministerio de Economía. Al campo y a la industria petrolera también le dieron el dólar a 3 pesos, pero le pusieron retenciones, fijaciones de precios y prohibiciones para exportar. Todo al servicio de un industrialismo más que trucho.

¿Será que todavía nos duele haber sido invadidos por los españoles hace más de 450 años? ¿O por los ingleses en 1806? ¿Acaso seguirán abiertas las heridas provocadas por las sanguinarias invasiones a territorios indígenas durante la Campaña del Desierto de Julio A. Roca a finales de la década del 70 en el siglo XIX? ¿Nos dolerá todavía la permanente intromisión americana dando apoyo a tantos gobiernos de facto para conjurar el terror comunista que coqueteaba en muchos países de América Latina en los 60 y 70? ¿O directamente será que el gen xenófobo del populismo mercantilista se apoderó de nuestras vísceras hace más de tres cuartos de siglo cuando la primera guerra mundial y la crisis del 30 transformaron al mundo en un enorme conjunto de países en autarquía que devaluaban sus monedas y levantaban barreras arancelarias por doquier?