¿La nueva Coca-Cola?

En la década del ochenta, una fábrica de gaseosas se convirtió en el símbolo del imperialismo capitalista. En diciembre de 2001, durante las manifestaciones que inauguraron una de las mayores crisis sociopolíticas del país, se amortiguó parte de la ira destrozando la sede de Repsol. Desde entonces, las marchas a la sede de la firma española integran el tour de piqueteros y partidos de izquierda. ¿Repsol YPF es la nueva Coca-Cola del progresismo local?

“Existe la posibilidad de que Repsol se convierta en un símbolo de aquello que la izquierda llama capitalismo salvaje”, opina el analista Ricardo Rouvier: “En Sudamérica se instaló la visión de un petróleo bueno y un petróleo malo: el petróleo bueno es aquel que pertenece al Estado, como el caso de Hugo Cháves en Venezuela, mientras que el petróleo en manos de empresas privadas que sólo quieren ganar dinero es considerado malo” argumenta.

En cambio, para el politólogo Rosendo Fraga, Repsol está lejos de convertirse en un ícono del capitalismo concentrado: “El uso de Coca-Cola como símbolo del imperialismo no afectó su consumo en la región, pero con Repsol el discurso político sí puede tener consecuencias económicas”.

El rechazo a Repsol surge porque hubo un cambio político en toda la región contra el modelo neoliberal, y la petrolera española es un símbolo de ese modelo”, apunta Artemio López, un asiduo consulto K. Para el economista José Luis Espert, la clave está en la similitud política de las épocas: “Se ataca a una de las empresas más importantes de la región porque aún hay un alto grado de ignorancia y una gran dosis de populismo”. El politólogo Atilio Borón apunta al fluido: “El imaginario colectivo vincula siempre el petróleo con los negocios sucios y la sangre. Es casi natural que la empresa que lo explota genere rechazo”.