La farsa distributiva de Kirchner (*)

Una de las primeras frases que pronunciara el pintoresco matrimonio Kirchner apenas Don Néstor resultara triunfante en las elecciones de abril de 2003 fue “Hay que igualar ingresos. Para arriba o para abajo, pero hay que igualar”. Desde entonces, el programa económico del Frente para la Victoria ha consistido, en los hechos, en un megaplan de redistribución del ingreso.

Siendo amplios en la definición (literalmente no existe manera de igualar hacia abajo o hacia arriba; igualar es sacarle a unos para darles a otros y punto), el comunismo ha sido una magistral maquinaria de igualar ingresos hacia abajo porque consiguió tanta redistribución como caída en los niveles de vida de los países que lo aplicaban. Se verificaría una igualación hacia arriba si la mejora en la participación del 20% de la población más pobre respecto del 20% más rico se produjera en un contexto en el que crece el ingreso promedio de toda la sociedad.

En la obsesiva búsqueda de la igualación de ingresos dentro del capitalismo, Kirchner ha tomado infinidad de medidas que apuntan a ella de manera directa e indirecta. En primer lugar ya hay más planes sociales que gente en condiciones de recibirlos y con montos crecientes. Se han aumentado tanto los salarios por decreto y a través de las convenciones colectivas de trabajo que los costos laborales de las empresas se han más que duplicado desde la devaluación de principios de 2002. La ocupación ilegal de empresas quebradas por parte de sus trabajadores ya se apresta a recibir su marco legal con el “tomador” de comisarías Luis D´Elía ascendido por Kirchner a funcionario de gobierno con varios cientos de millones anuales de presupuesto.

En segundo lugar a los sectores de la producción que emplean la mano de obra que percibe los salarios más bajos como la industria y la construcción, por poco se les ha dado un ministerio paralelo en cada organismo oficial. Para comerciar con el resto del mundo tenemos los prohibitivos aranceles de importación del Mercosur pero además hemos limitado el comercio con Brasil con cuotas a la importación de heladeras, lavarropas, termotanques, baterías, textiles, juguetes y zapatos. Al libre comercio de autos lo hemos postergado sin fecha y recientemente hemos impuesto las Cláusulas de Acción Competitiva.

Hay retenciones a las exportaciones agropecuarias para que los alimentos sean baratos y la industria haga el menor esfuerzo posible en pagar el mismo salario real. Hay subsidios a la tasa de interés para las PYMES industriales, el Banco Nación acaba de anunciar los suyos y el Ministerio de Economía se la pasa licitando subsidios a la incorporación de mano de obra y capital. El gasto en obra pública ya es uno de los más altos de la historia si tenemos en cuenta que recién ahora comienzan a reaparecer las empresas públicas luego de más de una década de privatizaciones. Y falta agregar las tarifas congeladas de los servicios públicos y los controles de precios.

En fin, menos sentarse en el sillón de Rivadavia, el “cuartetazo” compuesto por D´Elía, Moyano, la UIA y la Cámaras de la Construcción, lo tienen todo. Si embargo, de acuerdo con los propios datos del gobierno (el INDEC) y luego de más de dos años y medio de gestión de Kirchner, el 20% de la población con los ingresos más bajos no sólo ha perdido participación en la renta nacional sino que por sufrir una caída más fuerte que la del 20% más rico, la inequidad ha subido de manera significativa. Antes del comienzo del mandato del santacruceño la diferencia de ingresos entre los quintiles extremos era de 13,5 veces y hoy es de 15,2. Es más, en la última medición del INDEC (tercer trimestre de 2005) las cosas fueron peores todavía porque los más pobres continuaron cediendo participación mientras los más ricos ganaron, con lo que la desigualdad ha seguido empeorado. Por su parte, los claros ganadores de las políticas activas del gobierno de Kirchner fueron los estratos medios de ingresos (que casualidad que ahí está la masa crítica de votantes).


¿Hipocresía o ignorancia?

Es probable que haya un poco de las dos. Kirchner hoy se desgarra la vestiduras por el horror que fue la convertibilidad pero cuando ésta gozaba de buena salud lo comparó a Menem con el extraordinario navegante portugués Hernando de Magallanes. Y como buen peronista rancio también cree en la sustitución de importaciones, la obra pública, las retenciones al campo y en hablar de lo “social” hasta empastarse la boca aunque probablemente no tenga muy en claro lo que significa.
El fracaso distributivo de Kirchner es totalmente lógico y seguiremos encapsulados en él (a pesar de su buena racha en la lucha contra la pobreza y la indigencia) porque la lista de medidas de los párrafos anteriores son las que le dan sustancia al capitalismo trucho, corporativo y decadente que más allá de sus variantes de derecha (Menem y los militares) o de izquierda (Perón, Alfonsín, Duhalde, Kirchner), Argentina viene aplicando en el último medio siglo perdido.

Los argumentos morales en favor de reducir la pobreza son mucho más fuertes que los que sustentan la equidad. Además, cualquier política de redistribución del ingreso enfrenta una primera gran limitación de hecho a escala mundial con China e India produciendo de casi todo a precios regalados (o “dumping social” como barrocamente nuestro telúrico progresismo gusta de hablar de futuras potencias mundiales). En segundo lugar, en un mundo de capitales móviles, a medida que la presión impositiva sobre el capital crece para redistribuir, más probable es que los que terminen pagando los impuestos (empobreciéndose) sean los asalariados ante la salida de fondos hacia el exterior (o menor entrada).

Tercero, si encima aplicamos, como lo hace Kirchner, un capitalismo de Estado socio de los que tienen poder de lobby y que encima son absolutamente decadentes, estamos fritos con el objetivo de redistribución progresiva del ingreso. Puede haber alguna chance de ganar la batalla en la medida que apliquemos un capitalismo competitivo al servicio de la gente donde el Estado sólo tenga funciones indelegables como la defensa exterior, la seguridad interior, la diplomacia y la justicia y una injerencia mínima en la educación (centrada en la básica) y en la salud (esencialmente a los pobres).

En Argentina el logro de un capitalismo competitivo requiere que el Estado fije reglas que garanticen la competencia y el libre funcionamiento de los mercados y que no salga en defensa de aquellos perjudicados por la libre competencia, que defienda el bien común cuando existan prácticas monopólicas o mafiosas y que abra la economía al comercio mundial sin atraso cambiario, para lo cual es esencial el equilibrio fiscal (lo único que tenemos de todo este credo).

Chile, Australia, Irlanda, Canadá lo han aplicado y tienen brechas, entre los que más y menos tienen, de 5 veces en vez de 15 como nosotros ¿Por qué no los copiamos en vez de pretender ser parecidos al dictador venezolano Hugo Chávez pero girado un poco a la derecha?

(*) Nota publicada en La Nación el 26/02/06 en página 6, Sección Economía & Negocios