Lavagna malgasta tanto como Cavallo (*)

La política de alto superávit fiscal del modelo productivo terminó, en el corto plazo, con casi medio siglo de desastres fiscales, evitó la hiperinflación y de esa manera logró una recuperación económica espectacular. Pero como está basada en mucho gasto público y mayor presión impositiva todavía, también es una amenaza para el crecimiento sostenido a tasas altas que la Argentina necesita.

En el año del lanzamiento del uno por uno (1991), el gasto público primario aumentó la friolera del 173 por ciento. Entre 1992 y el tequila a principios de 1995, lo hizo al 23% anual y posteriormente, desde 1996 hasta la devaluación de principios de 2001, aumentó al 3,3% por año para acumular una suba de $ 56.400 millones en la década. Por lo anterior queda claro que es una burda mentira la afirmación permanente de Cavallo de que el descontrol fiscal ocurrió después que él se fue a mediados de 1996. La verdad es que Cavallo fue el que destruyó la convertibilidad por haber hecho la política fiscal más irresponsable que los argentinos tengamos memoria. Llevar al país a la peor crisis de la historia por el default (y la devaluación) de la deuda luego de haber eliminado los déficit de las empresas públicas y con el boom de recaudación que disfrutó, no tiene perdón.

Esto no quita que Lavagna también esté incurriendo en una gran falta de tino a la hora de gastar, similar a la de su calvo e histriónico antecesor en la poltrona de Economía. Hay tres hechos contundentes que demuestran que en materia de gasto público, la diferencia entre un desastroso proceso como la convertibilidad y el supuesto nuevo paraíso del modelo productivo, es inexistente. Desde que la Argentina devaluó su moneda en enero de 2002, el gasto público ya subió casi $ 60.000 millones, viene creciendo a una tasa del 23% anual (o el 1% del PBI por año) y ya está en un nivel del 24,8% del PBI a sólo el 0,8% del PBI de diciembre de 2001, máximo desde la Segunda Guerra Mundial (excluyendo las empresas públicas).

Entonces, si tanto la velocidad a la que crece el gasto público como el nivel al que ya casi ha llegado son los mismos de la convertibilidad, este gobierno no tiene demasiado derecho a señalar con el dedo a ninguno de sus predecesores y tildarlos de irresponsables fiscales porque la diferencia es en realidad que hoy, para financiar el mismo gasto público que se llevó "puesta" la convertibilidad, en vez de endeudarnos externamente US$ 10.000 millones por año, se viola a impuestos a los que están en blanco.

El Gobierno debería ser mucho más cuidadoso. Un gasto público que tiende rápido a un récord histórico del 25,6% del PBI, algo de malo deber tener porque cuando llegó a ese nivel en diciembre de 2001, la convertibilidad voló en pedazos por el atraso cambiario que trajo aparejado el endeudamiento externo para financiarlo y hoy que se paga con una imposición de niveles expropiatorios y muy distorsiva, estamos viendo que la economía ya no crece como antes y que la informalidad ya ha alcanzado niveles dantescos.

Los ingresos fiscales ya están también, junto con el gasto público, en niveles record históricos desde la Segunda Guerra Mundial del 29% del PBI. Pero como son pagados por dos tercios de los que trabajan y producen porque el tercio restante los evade, los impuestos que pagan los que realmente cumplen con sus obligaciones representan el 45% del PBI, nivel que supera en el 10% del PBI a la media de países emergentes como nosotros y en el 5% del PBI al promedio de los países más desarrollados del planeta que tienen casi 10 veces más de ingreso per cápita que la Argentina. Esto ya de por sí es grave, pero lo es más aún si tenemos en cuenta que la contrapartida de esa presión fiscal expropiatoria para los que están en regla es un gasto público destinado a financiar a los piqueteros oficialistas que rompen empresas a instancias de "sabias palabras" presidenciales o que toman comisarías y no les pasa nada porque son legisladores o también sirve para pagar la famosa Banelco de senadores aceitados para sacar por ley del Congreso una reforma laboral.

Desde enero de 2002 el aumento de la recaudación en términos reales ha sido del 25% (el 6% del PBI) debido a la reaparición de las retenciones a las exportaciones como impuesto indirecto a las ganancias de los productores de exportables (el 2,3% del PBI), el impuesto al cheque (el 1,7% del PBI), el no ajuste por inflación de los balances de las empresas y el no ajuste de los mínimos no imponibles de la cuarta categoría (flor de aumento del impuesto a las ganancias) ni del impuesto a los bienes personales (los tres suman el 1% del PBI) y sólo en último lugar un aumento neto del resto de los impuestos (IVA incluido) por el 1% del PBI.

O sea, toda una reforma impositiva "progre" bien disimulada, porque el mandato divino de este gobierno es redistribuir desde todo lugar y en todo momento.

Hay que agregar que entre las retenciones a las exportaciones (distorsivo de aquí a la China según los textos más elementales de economía que seguramente Lavagna hace rato que no lee) y los aranceles a la importación, la Argentina es el país que más grava su comercio en el mundo, siendo éste último la clave para el crecimiento sostenido a tasas altas como lo demuestran las experiencias internacionales de países emergentes exitosos. Es más: el productor de exportables adicionalmente a la imposición distorsiva que paga debido a las retenciones, también soporta el resto de la presión impositiva "neutra" (pero a tasas salvajes) de todos los que están en blanco.


Un gran Frankenstein

De modo que el sistema impositivo argentino es un gran Frankenstein que exprime al sector privado en general quitándole productividad y crecimiento a la economía, perjudica a los que están en el circuito formal respecto de los informales al someterlos a una competencia desleal por menores costos al evadir impuestos y dentro del sector blanco los más perjudicados relativamente son los que viven de la producción para la exportación (distorsión exportadores versus resto de la economía blanca).

Todo esto conspira contra el crecimiento sostenido a tasas altas que la Argentina necesita para no seguir cayendo en el ranking de países por PBI per cápita y que ya nos tiene como campeones mundiales de inflación aunque las suba de precios no sobrepase el 12% en 2005, lo que demuestra que de "viveza criolla" ya no nos queda nada. Hasta los países de Europa central que hace poco fracasaban en manos comunistas, hoy ya se han avispado de cuestiones básicas que a los argentinos nos costó un proceso hiperinflacionario de dos años aprender.

La salida correcta de estos esquemas corporativos, corruptos, prebendarios y decadentes como los de Argentina, es hacia presiones impositivas muy bajas y neutras, gasto público no clientelista, apertura de la economía, educación, meritocracia en la elite que gobierna y estado de derecho.

(*) Nota publicada en La Nación el 04/09/05 en página 8, Sección Economía & Negocios