Apertura y Equilibrio

Los casi 25 años que transcurrieron entre el fin de la Primera Guerra Mundial y la Segunda fue un período en el que el mundo vivió en autarquía comercial. Alemania, la gran derrotada, albergaba un profundo resentimiento por la pérdida de grandes áreas geográficas y por las indemnizaciones que debía pagar en función de las reparaciones de guerra impuestas por el Tratado de Versalles. Italia, una de las vencedoras, no recibió suficientes concesiones territoriales para compensar el coste de la guerra ni para ver cumplidas sus ambiciones. Japón, que se encontraba también en el bando aliado vencedor, vio frustrado su deseo de obtener mayores posesiones en Asia oriental. Los desacuerdos políticos entre Francia y Gran Bretaña durante el periodo de entreguerras (1918-1939) fueron frecuentes, y ambos países desconfiaban de su capacidad para mantener la paz. Estados Unidos, desengañado con sus aliados europeos, que no pagaron las deudas contraídas en la guerra, inició una política aislacionista.

Pero después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, en general, las democracias ganadoras del conflicto bélico y todos aquellos países asociados a ellas en el mundo en desarrollo (ejemplo: los países del Commonwealth), comenzaron a basar su crecimiento en la apertura de sus economías al comercio internacional. Si embargo, América Latina estuvo más cerca de imitar el tipo de capitalismo de los derrotados en la Segunda Guerra como Alemania e Italia que basaban su crecimiento en el cierre de sus economías al comercio, en una asociación muy fuerte entre el Estado y las empresas del sector privado y déficits fiscales financiados con emisión monetaria. Las consecuencias están a la vista. Luego de transcurrido casi medio siglo de finalizada la Segunda Guerra, las consecuencias están a la vista. El PIB per cápita de países como Australia, Nueva Zelanda e Irlanda ya están cerca de los US$ 20.000 (acercándose cada vez más al de los países desarrollados) y América Latina roza los US$ 6.000.

En nuestro continente, en los últimos 20 años, Chile es la experiencia más cercana de aplicación de una exitosa estrategia (en términos de crecimiento económico) de fuerte apertura al comercio con equilibrio fiscal que ahora además le ha dado la posibilidad de firmar un acuerdo de libre comercio con los EE.UU. No en vano Chile, en el mismo período, ha logrado duplicar a precios constante su PIB per cápita mientras que Argentina y Brasil con una bizantina discusión acerca de los costos de la apertura económica y del equilibrio fiscal hoy tienen el mismo PIB per cápita a precios constantes que a principios de los ´70.

De todas maneras, soplan vientos cada vez más favorables en cuanto al avance de las economías del Mercosur hacia una profundización de la apertura comercial con equilibrio en las cuentas públicas. Ya no se discute de manera permanente como antes de las exitosas experiencias chilena y mexicana acerca de si es necesario aumentar las barreras al comercio para desarrollar equilibradamente una industria naciente sino que las conversaciones giran en el sentido de si se negocia en bloque directamente el ALCA o si previamente se desarrollan acuerdos de 4+1 (los 4 países del Mercosur más EE.UU.).

Este es un positivo avance hacia modelos de crecimiento que tengan mayores grados de sustentabilidad. El equilibrio fiscal y el comercio con todo el mundo, son dos condiciones necesarias para el crecimiento sostenido (condiciones suficientes para un objetivo tan demandante, no existen). Este es un aprendizaje que no está resultando lineal pero no es menos cierto que resultados en el sentido correcto se producen día a día. Pruebas al canto: era difícil, por no decir imposible, predecir antes de la asunción de Lula en Brasil, que un sindicalista de izquierda iba a ser capaz de realizar un ajuste fiscal tan grande, para evitar el default de la deuda, que llevaría al país al borde de una recesión económica, como está cerca hoy el principal socio del Mercosur. El fracaso (a la luz de la sucesión interminable de crisis desde el Tequila hasta aquí) de la globalización sólo financiera de dinero fácil y barato para los países emergentes de la década de los ´90, está dando paso a una etapa donde a pesar de que las tasas de interés en el primer mundo son las más bajas del último medio siglo, los países en desarrollo no se ven, como en los albores de la última década, atiborrados de fondos externos.

Por eso, muchos países de América Latina (afortunadamente) tienen que pensar en otra forma de crecer que no dependa ya de fondos frescos fáciles de obtener. Y claramente la apertura económica con equilibrio fiscal, o sea, una globalización financiera y comercial con Estados que gastan sólo lo que recaudan, aparece, al menos hoy, como la única manera de acceder a estándares de vida mucho más razonables que los que por décadas nos ha dado el capitalismo prebendario de Estado socio.