La Nueva Centro Izquerda

Constituye un hecho muy nítido que América Latina ha cambiado de modelo económico. La mutación de orientación política que se inició con Chávez en Venezuela se ha diseminado ahora a Ecuador, Perú, Brasil y se ha consolidado en Argentina en las últimas elecciones. Las políticas de los 90, identificadas con el Consenso de Washington, están muy desprestigiadas. Luego de los fracasos acumulados, hay una oleada ideológica que parece retornarnos irreversiblemente hacia modelos más heterodoxos, intervencionistas y hasta populistas.

Frente a esta realidad, muchos se preguntan si no hay algo esencialmente equivocado con las recomendaciones del Consenso de Washington. Si no fuera así, ¿cómo se explica el colapso de la economía Argentina?. ¿No fue acaso Argentina el alumno ejemplar del FMI?. ¿Por qué se cayó entonces?

Si escuchamos al premio Nobel Stiglitz, Argentina se cayó por seguir las recomendaciones ortodoxas y fiscalistas del FMI, que le habrían exigido bajar el gasto público en el medio de un proceso recesivo. Según Stiglitz, lo que ha fracasado es el fundamentalismo de mercado, basado en la apertura económica irrestricta y en un ajuste fiscal que no deja lugar para las políticas compensadoras.

Este diagnóstico es música para los oídos de la izquierda y el populismo latinoamericanos, siempre tan propensos a caer en el facilismo de la demagogia. Avala su visión de que los 90 fueron producto de un capitalismo salvaje y corrupto que concentró ingresos en pocos y excluyó a la mayoría. La evidencia les sobra. Argentina, por ejemplo, tiene hoy un desempleo superior al 20% y una pobreza que alcanza a más del 50% de la población. Consideran lo que pasó razón suficiente para cambiar el modelo.

La alternativa que proponen es la vieja idea cepalina que hay que comenzar por redistribuir ingresos por una razón de justicia, pero también para fortalecer el mercado interno y, así, reactivar. Es la vieja utopía que hace complementarias la redistribución de ingresos y el crecimiento económico, aun cuando para redistribuir sea necesario violar groseramente los derechos de propiedad.

Esta idea está totalmente equivocada. Argentina no fue un alumno ejemplar sino un pésimo estudiante consentido por un maestro totalmente equivocado como el FMI. En primer lugar, violó la regla básica de la disciplina fiscal, acumulando una deuda impagable que la condujo al default. En segundo lugar, intentó una inserción equivocada en la globalización basada en el endeudamiento externo, el atraso cambiario y una apertura timorata limitada al Mercosur. Por último, lejos de practicar un capitalismo competitivo, se decidió por un capitalismo prebendario, que consagró monopolios artificiales y protecciones especiales a través del proceso de privatizaciones y de la misma política comercial externa.

Así es que llegamos a que en América Latina, luego del desprestigio en el que había caído a fines de los 80, vuelva a renacer la centroizquierda en las preferencias ideológicas de los ciudadanos. Pero a diferencia de los 70, el progresismo Latinoamérica no parecería haber comenzado a valorar algunos principios sumamente saludables para nuestras naciones y para su propia supervivencia política, como la no violencia para dirimir disensos ideológico políticos y la importancia crucial, desde el punto de vista macroeconómico, de respetar el equilibrio de las cuentas fiscales del Estado.

Néstor Kirchner en Argentina y Lula en Brasil han puesto especial énfasis en este último punto, aunque ambos mantienen una vocación muy fuerte hacia cerrar el comercio regional dentro del Mercosur. La excepción es Chile que, desde hace 20 años, basa su crecimiento en una fuerte apertura al comercio
internacional.

No habría que descartar que la alternancia entre izquierda y derecha en América Latina se produzca cada vez menos a partir de los desastres macroeconómicos que cada extremo del arco ideológico haya producido, sino que se dé en función de cuál ha sido el diferencial de tasas de crecimiento económico que hayan generado en el período en el cual les toque manejar los más importantes asuntos del país.

En ese sentido, el ejemplo del camino a seguir parece ser claro: en los últimos 20 años, Chile ha multiplicado casi 2,5 veces su producto per capita a precios constantes, mientras que en Brasil creció
sólo 15% y en Argentina ha caído 14%.