-¡Andá, Liberal!
-¡Liberal serás vos!

El debate político padece confusión terminológica. Se entiende al liberalismo y al keynesianismo con significados distintos del que tenían originalmente.

Usted es un neoliberal!". "¡Y usted un estatista nostálgico!". Pocos países son tan pródigos como la Argentina a la hora de crear insultos originados en la teoría económica. Categorías que en otros lugares no salen del mundo académico, aquí son usadas para descalificar en política.

Pero ya lo dijo el viejo, y no siempre bien entendido, John Maynard Keynes: "El problema no está en adquirir nuevas ideas, sino en desprenderse de las viejas". Y en la Argentina, es triste comprobar, las ideas viejas vuelven todo el tiempo, a veces maquilladas con nuevo nombre. Lo que sí cambia es la cotización de las palabras, que fluctúa por temporadas. Hacia 1989, cuando la moda era privatizar, lo peor que se le podía decir a alguien es que fuera un estatista. Hoy se asiste a un fenómeno inverso: ya no es mala palabra "subsidio", ni "sustitución de importaciones". En cambio, "neoliberal" bate los récords de connotación negativa. Tanto que se inventó un sinónimo aceptable: "promercado".

Lo raro es que, en un momento en que el debate se plantea como confrontación de "modelos", hay una confusión terminológica. Se llama liberal a gente que en otros países sería conservadora. Políticos que piden la apertura admiran a países proteccionistas. Se confunde keynesianismo con desarrollismo, liberalismo con populismo, competencia con lobby, Estado de bienestar con corporativismo, en un cambalache donde Adam Smith y Keynes conviven con Domingo Cavallo y José de Mendiguren.


Modelo en desgracia

Desde 2001, la preocupación fue cuál sistema de creencias oficiaría de reemplazo. Ya era difícil ponerse de acuerdo sobre la ideología subyacente a los años de Menem, así que pronosticar lo que vendría era temerario. Las encuestas que indicaban una predisposición de la gente a reestatizar las privatizadas hicieron temer una pesadillesca vuelta a los ’80.

El analista Rosendo Fraga hace su diagnóstico: "Hay una revalorización del rol del Estado y no es sólo un fenómeno local. Los organismos financieros internacionales buscan conciliar la estabilidad macroeconómica y la agenda social en América latina. En el caso argentino, se da este giro en la opinión pública, aunque pareciera poner más énfasis en el rol del Estado como regulador".

El sociólogo Torcuato Di Tella relativiza el revisionismo estatizador: "Hay una percepción de que hubo políticas equivocadas en la privatización, aunque no creo que exista una mayoría a favor del predominio de la propiedad pública".

Lo cierto es que el debate gira en torno a la adhesión o rechazo a los modelos: uno con etiqueta "neoliberal", otra "productivista". Pero quienes se consideran liberales, rechazan que las políticas de los ’90 puedan ser calificadas de ese modo. Dicen que la confusión le hace daño a los postulados del liberalismo.

Tal es el caso de José Luis Espert, uno de los economistas más "combativos" del ala liberal. Ácido crítico de Cavallo, considera que el mal recuerdo que la población tiene respecto de la era de la convertibilidad está justificado. Pero dice que el error no fue, como alegan los "productivistas", la desprotección de la industra ante la importación, sino la inconsistencia técnica: "La combinación del atraso cambiario más feroz de la historia, impuestos al trabajo extravagantes, una mala apertura comercial con cero por ciento para bienes de capital y más de 100 para bienes de consumo, eso provocó la explosión de desempleo".

Espert tiene un particular punto de vista sobre la ideología predominante: dice que siempre hubo populismo, uno de matiz estatista y distribucionista; otro basado en el dólar barato: "¿Por qué se identifica a Menem con lo liberal? En parte, por la apertura comercial, y porque medio mundo académico formado en universidades norteamericanas participa de esos experimentos; se hacen reformas con olor a liberalismo, porque la cuenta de capital se libera. Pero es liberalismo a medias. El Mercosur no es liberalismo. Ni el gasto público que creció 40.000 millones, ni tampoco los subsidios cruzados. El supuesto liberalismo en la Argentina siempre terminó en desastres, por eso la gente lo rechaza".

En la campaña, Menem hizo su mea culpa por haber expandido el gasto público. Dijo que fue un error, aunque lo justificó en la necesidad de crear una infraestructura que permitiera el desarrollo. Quien desde una óptica liberal analice la disculpa, verá una concepción keynesiana respecto de la función del gasto.

Para Rosendo Fraga, "Menem fue populista con orientación económica liberal. Ideológicamente puede definirse como un populismo conservador".

Para Di Tella, puede tildarse de neoliberal, si bien no aplicó la política con pureza teórica: "Adoptó el liberalismo como herramienta para obtener apoyo del establishment económico nacional y, sobre todo, internacional. En ningún país se lo aplica realmente, empezando por los Estados Unidos, y aquí tampoco. Nos hubiera ido peor si se lo aplicaba."

Pero la confusión no termina en llamar liberal a quien, desde una actitud dirigista, fija el tipo de cambio. Hay más ejemplos: los políticos liberales y que mencionan, como países modelo, a España, Italia o Francia. ¿Bajo qué punto de vista son liberales estas naciones, donde impera un sentido del Estado de bienestar, hay altos impuestos, servicios públicos de propiedad estatal, proteccionismo, subsidios a áreas poco competitivas como la agrícola y hasta participación en industrias, como Francia en Renault?

Otra confusión recurrente es de quienes, diciéndose liberales, enarbolan banderas que en otros países son propiedad de los conservadores. La prescindencia estatal y la desregulación son más cercanas a la corriente de Milton Friedman.

"Ronald Reagan se habría sentido insultado si le hubiesen dicho liberal", dice Tomás Várnagy, director de la carrera Ciencias Políticas de la Universidad de Buenos Aires. "En los Estados Unidos, se llama liberals a quienes están a la izquierda del espectro político, a los que apoyan la intervención estatal, como Roosevelt en los " un liberal es alguien que quiere que el Estado gaste en salud y en planes de protección a los pobres. Cuando Reagan quería insultar a los demócratas, les llamaba liberales".

Entonces, ¿qué son los economistas argentinos? El país parece tener una conducta esquizoide: mientras think tanks, como FIEL, y los gurúes más escuchados, como Miguel Angel Broda, tienen un discurso disciplinador de las cuentas públicas y contraria a los subsidios, los mismos empresarios que los contratan hacen lobby por causas opuestas. Y los políticos rara vez siguen su consejo.


"Aquí lo que hay es liberales de café. Vaya a preguntarle si quiere una caída de aranceles con tasa uniforme, y le van a decir que prefieren el Mercosur. ¿Y qué hicieron los bancos, supuestamente los más ortodoxos? Aplaudieron el déficit para poder prestarle al Estado bobo al 20 por ciento anual", castiga Espert.

¿Y los empresarios? La corriente que se autodenomina productivista, liderada por el grupo Techint y por los bancos de capital nacional, han explicitado su objetivo: la recreación de una "burguesía nacional". ¿Cómo debe interpretarse esto? Dicho así, suena a subsidios, proteccionismo comercial, dólar alto, en fin, pasto para las clásicas acusaciones de que los empresarios argentinos odian la competencia y son afectos a la prebenda. Pero ellos niegan que estén promoviendo un cierre, aducen que demostraron que pueden competir en el mercado internacional y que, si hay que subsidiar a alguien, es mejor que sea explícitamente. Jorge Brito, titular de la Asociación de Bancos Argentinos, dice que peor son los regímenes especiales, cuyo costo se estima en $ 7.000 millones al año.

Pero, más allá de que nombres como Macri, Fortabat, Soldati o Clarín difícilmente puedan ser identificados como adalides de la competencia, no sería justo decir que el empresariado argentino sólo sabe crecer a la sombra de un Estado protector. En definitiva, los empresarios no han hecho más que adaptarse a las políticas. Y no es poca cosa haber sobrevivido a la hiperinflación.


La hora del "productivismo"

Sea cual fuere el nombre de la política aplicada en los ’90, es claro que viene algo de signo opuesto. ¿Neokeynesianismo? ¿Populismo? ¿Desarrollismo? El análisis remite al viejo tema de cuál es la verdadera raíz ideológica del peronismo. El liberal Espert no tienen dudas: la inspiración fue el corporativismo de la Italia fascista, que no se limitó a los años ’40. "La Argentina se ha modernizado poco, y ha seguido aplicando un capitalismo corporativo y corrupto, que premia a los que tienen poder de lobby."

Otras interpretaciones ven al peronismo como una tentativa de adaptar el Estado de bienestar europeo, y de aplicar las políticas de Keynes. Várnagy dice que, en sintonía con la ideología de la época, se concibió al aparato estatal como promotor del desarrollo. "Pero los estados benefactores, sobre todo a partir de la crisis petrolera del ’73, pierden recursos para mantenerse", resume.

Claro que el peronismo no sólo apelaba al Estado, sino a una fuerte concepción distribucionista. El mismo criterio que en aquella época llevó a gravar al agro para financiar la industria, hoy se adivina cuando se les "recrimina" a las privatizadas sus ganancias de los ’90. Por otra parte, el discurso de Kirchner tiene reminiscencias del desarrollismo de los ’50, más que del keynesianismo. Lo que Keynes promovía no era que el Estado eligiera cuáles industrias debían desarrollarse, sino que pedía un rol contracíclico, para atenuar la recesión.

El analista Manuel Mora y Araujo dice que no hay nostalgia del pasado: "La gente tiene miedo cuando se dice que el Estado va a intervenir; quiere que controle pero no que diseñe políticas. No hay rechazo a las privatizaciones ni a la entrada de capitales. Un discurso productivista tiene eco, pero llamarlo keynesiano me parece un agravio a Keynes".

Mientras el debate sigue, es innegable que la administración Duhalde logró un módico éxito en reactivar la economía. Los críticos suelen denostar los logros, por considerarlos una mera "sustitución de importaciones", lo cual en la óptica liberal es comparar una bicicleta con un Rolls Royce. Pero cuidado, ahí puede radicar otra confusión. La sustitución de importaciones tal como se la promovía en los ’60 implicaba que el país produjera, para consumo interno, los artefactos de alto valor agregado. Y nadie ha visto que la Argentina haya empezado a fabricar computadoras gracias a una suba de aranceles, sino que la recuperación ha venido de la mano de productos como textiles. ¿Hay realmente sustitución de importaciones, o más bien en los ’90 hubo sustitución de producción local, con un peso sobrevaluado?


Ideas de moda

Un análisis simplificador concluiría que la Argentina adopte modas ideológicas, alternando cada década una de corte aperturista con otra estatista. Pero los analistas creen que, a nivel de opinión pública, no hay grandes cambios.

Mora y Araujo dice que la gente no percibe diferencias sustanciales entre Lavagna, Cavallo y Machinea. "Quieren es estabilidad y que el Estado controle".

Para Fraga, un análisis histórico permite ver cuáles fueron los cambios de tendencia. Cree que el ideario keynesiano fue el más influyente durante medio siglo. "El gobierno conservador del general Agustín P. Justo, con ministros como Pinedo, aplicó políticas dirigistas para salir de la crisis de los años ’30. Esta influencia fue dominante hasta los ’80. La impronta liberal, si bien fue importante en las políticas de algunos gobiernos militares, recién influyó plenamente en los ’90 y en particular con Cavallo, quien en términos históricos siempre había sido un pragmático’.

Várnagy resume el sentir de la intelectualidad progresista: "Más allá de las ideologías, lo que falta es un proyecto de país, como sí lo hay en Brasil, por ejemplo, donde, desde la burguesía industrial paulista hasta Lula y los militares, todos coinciden en lo básico".

En fin, el vaivén nacional indica que ahora viene el "productivismo" y que el liberalismo pierde puntos. Mientras tanto, el pobre Adam Smith se revuelve en su tumba.