Atrapados sin salida

La crisis Argentina parece haber tocado fondo. Es el momento para sentar las bases de la recuperación. Pero sin liderazgo ni propuestas nuevas, la oportunidad está pasando de largo.

En la planta de Dayco, una autopartista ítalo-argentina que fabrica correas de transmisión, acaba de terminar el turno de la tarde. Son las 12 de la noche de un viernes de noviembre y por cada operario que abandona la fábrica, en el Parque Industrial Fiat, en las afueras de Córdoba, está marcando tarjeta uno nuevo. Comienza el turno de la noche, que dejará su trabajo a las 8 de la mañana del sábado.

Dayco vive un momento sublime. Tras la devaluación trabaja en tres turnos sin pausa. Está por inaugurar una segunda planta de producción en los primeros días de 2003 y sus ejecutivos ya informaron a la matriz de Italia que toda la producción del año próximo está vendida. Los argentinos han dejado de comprar autos nuevos, pero no de reemplazar sus correas gastadas. Y las exportaciones, ayudadas por la disminución del costo local en dólares, marchan viento en popa. Dayco facturó US$ 6 millones este año. Venderá el doble en 2003.

Dayco no es la única en hallar un vergel en medio del páramo argentino. Los agroexportadores, que venden a manos llenas, están oxigenando la venta de camionetas 4×4 en todo el país.
Hace un mes, directivos de Telefónica dijeron en Buenos Aires a los ejecutivos de sus canales de TV del interior que la empresa esperaba un "piso de crecimiento del 5%" para sus negocios en 2003. La reunión terminó al borde de la euforia.

En Argentina, las cacerolas ya no retumban. Las espontáneas manifestaciones de protesta callejera de fines de 2001 que desalojaron de la Casa Rosada a dos presidentes en 10 días son el pasado lejano. Los bancos, destinatarios de la furia de los ahorristas tras la implantación del corralito a los depósitos, ya no reciben sólo huevazos contra sus fachadas: los depósitos de libre disponibilidad crecieron más del 30% en los últimos dos meses. Al cierre de esta edición, el gobierno había levantado el corralito que limitaba los retiros sobre las cuentas a la vista y, en principio, no se había producido una corrida de depósitos.

Los argentinos, escépticos por naturaleza y con la queja del tango corriendo por sus venas, esperan con algún optimismo el futuro. Según una encuesta de Ibope, hacia fines de octubre el 57,2% de los argentinos consideró que la situación del país mejorará a corto plazo. En mayo, cuando se disparaban el dólar y la inflación, los optimistas eran apenas el 16,3%. Es más, economistas de distintas tendencias aseguran que 2003 será un año relativamente estable. Y está la fortaleza del agro. Este año el país gozará de una nueva cosecha récord de soja, que aún disfruta de buenos precios internacionales.

¿Quiere decir esto que Argentina tocó fondo y está ad portas de iniciar su recuperación? La oportunidad está pintada, pero la respuesta, desgraciadamente, es negativa. ¿Las razones? Con el mayor default de la historia de las finanzas mundiales(US$150.000 millones), tasas estratosféricas de desempleo, niveles de pobreza nunca antes vistos, un sistema financiero jibarizado y una tremenda crisis de credibilidad, el camino de la recuperación de Argentina será largo y tortuoso. Y ningún político parece dispuesto a embarcarse "y embarcar a los argentinos" en él.

El gobierno del presidente Eduardo Duhalde es provisional y está de salida y los candidatos presidenciales que encabezan las encuestas para las elecciones de abril están en campaña armados de propuestas populistas. "Todos ofrecen como solución distribuir la riqueza", dice Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, uno de los principales centros de estudios políticos de Argentina. "Ninguno tiene una propuesta centrada en la creación de riqueza".

La falta de alternativas queda más que clara en los resultados de las encuestas. Según un estudio del centro de estudios de Fraga, dos tercios de los argentinos están a favor de que renuncien a sus cargos todos los dirigentes que empujaron al país a esta fenomenal crisis. Pero, al mismo tiempo, el 61% votaría por dirigentes tradicionales en las elecciones presidenciales de abril próximo.

"El resultado de las elecciones presidenciales de abril es el más incierto de los últimos cien años en Argentina", dice Fraga. El bipartidismo, que dominó el escenario político desde 1946, se está diluyendo, sin que emerjan liderazgos nuevos. Ningún candidato presidencial "los peronistas Adolfo Rodríguez Saá, Néstor Kirchner y Carlos Menem, y la ex radical de centroizquierda Elisa Carrió" supera el 20% de intención de voto.

Esta atomización tiene un costo alto para el país. "Argentina no está acostumbrada a la falta de liderazgos fuertes", dice la analista política Graciela Romer. "Sin una acumulación política importante, hay una evidente incapacidad para tejer acuerdos mínimos".

Otro frente que traba la recuperación de Argentina es el empresarial. Para muchos, la actual crisis podría significar el ocaso de los grandes grupos tradicionales, los holdings de Francisco Macri y Amalia Lacroze de Fortabat, acostumbrados a crecer a la sombra del Estado y que hoy están ahogados por deudas. En su reemplazo, es lógico esperar el surgimiento de una nueva casta empresarial, abierta a la competencia y al mundo.

El nuevo modelo lo encarna Luis Pagani, el presidente de la alimentaria Arcor y exponente de un empresariado competitivo y abierto al mundo. La empresa creció apostando a la competitividad y a los mercados globales. Tiene plantas en Brasil, Chile y Perú, y exporta a más de cien países. Hoy, la empresa de Pagani es el líder mundial en producción de caramelos y el principal exportador de golosinas del Mercosur. La clave de su éxito está en la reinversión permanente de utilidades. En los últimos ocho años, Arcor ha invertido más de US$ 900 millones en la construcción de plantas y la incorporación de tecnología. En muchos casos se modernizó a contraciclo, invirtiendo durante crisis y recesiones.

Casos como el de Arcor son todavía la excepción a la regla en el mundo corporativo argentino. "Nómbreme otro", desafía Fraga cuando se le plantea el nombre de Pagani como ejemplo de una nueva casta de empresarios argentinos. El propio Pagani reconoce que queda mucho camino por andar. "La cultura rentista anidada en buena parte de los empresarios argentinos es, quizás, más fuerte que la de aquellos que apostamos a la producción", dice.

La gran esperanza del recambio empresarial debería venir por el lado exportador, donde hay empresas que han sabido ver la oportunidad de la actual crisis y están atacando, aprovechando sus ventajas naturales. La mayoría están en el sector agroindustrial, en el que las buenas cosechas, los buenos precios y la devaluación forman un potente cóctel.
Empresas como Aceitera General Deheza (AGD), el mayor exportador de aceite de soja, están aprovechando este impulso para convertirse además en exportadores de productos procesados, desde mayonesa a aceites de alta refinación. O los Grobo, una empresa que ofrece servicios de explotación agrícola y ganadera a terratenientes de países vecinos.

Otro activo que los argentinos están comenzando a explotar es su elevado nivel de formación, que con la devaluación se convirtió en una mano de obra calificada competitiva internacionalmente. La industria tecnológica está sacando lustre a esa ventaja. "Este año nuestras operaciones crecieron un 10% en volumen gracias a que, con costos menores, pudimos ganar nuevos clientes en Venezuela, Costa Rica, Chile, Bolivia y Perú", dice Roberto Wagmaister, presidente de Grupo Assa, una empresa argentina proveedora de soluciones informáticas con oficinas en Brasil y México.

En esa misma línea se están moviendo los desarrolladores de software. Sólo en programas, Argentina exportará este año cerca de US$ 100 millones y, según los analistas, podría duplicar ese monto en poco tiempo. "Argentina puede convertirse en uno de los líderes mundiales en software", dice Derek Boughton, director del centro que Motorola abrió en Córdoba en 2001. "Además del abaratamiento de su mano de obra calificada, la infraestructura en telecomunicaciones es buena y el huso horario [a la par con el de EE.UU., a diferencia de India]es un punto a favor".

La Pesadilla Financiera

Pero el gran potencial exportador descubierto por Argentina tiene un cruel límite marcado por la realidad financiera del país. Sin financiamiento interno y sin crédito externo, el desarrollo de una vigorosa industria exportadora, a la mexicana o a la chilena, o incluso como la brasileña recientemente, es azaroso. De hecho, entre enero y octubre de este año, las exportaciones sumaron US$ 21.226 millones, un 6% menos que en idéntico período de 2001, cuando todavía regía la convertibilidad.

"Tendremos que esperar mucho tiempo para que la banca capte depósitos y preste a largo plazo", dice Miguel Kiguel, presidente del Banco Hipotecario. "Vamos a un sistema de generación de capitales propios o de esquemas financieros muy primitivos".

Eso hace la alimenticia Molinos, propiedad de la familia Perez Companc, que pidió a sus 4.000 empleados que ahorraran su salario en la empresa. Como persiste la desconfianza en los bancos, Molinos recibe pesos de sus trabajadores, los registra en dólares y los devuelve al tipo de cambio del día más una buena tasa de interés. Con eso está prefinanciando exportaciones que, devaluación mediante, ya representan más de la mitad de sus ventas.

El panorama financiero es quizás el más difícil de componer. Argentina está a punto de entrar en default también con los organismos multilaterales de crédito, por lo que tras Duhalde el país deberá asumir atrasos de unos US$ 10.000 millones. "El problema bancario y de la deuda externa están
intrínsecamente ligados", dice Ricardo Haussman, profesor en gobernabilidad y economía de la Kennedy School of Government, en la Universidad de Harvard. "Será muy difícil una solución a esos problemas sin ayuda internacional. Frente a una disposición del nuevo gobierno de enfrentar esos dos problemas, la comunidad internacional debiera trata de buscar una solución aportando más dinero".

Para Carlos Pérez, director ejecutivo de la Fundación Capital, en Buenos Aires, sólo la disciplina puede traer solvencia a largo plazo y hacer sostenible la deuda de Argentina. "Gane quien gane, deberá aceptar el realismo fiscal", dice Richard Segal, director de investigaciones de la consultora británica Exotic Limited, en Londres.

Será una tarea muy difícil para el próximo gobierno, que será débil, carecerá de consensos estructurales y deberá tomar medidas drásticas e impopulares. Al frente tendrá una sociedad menos tolerante y deseosa de grandes resultados a cambio de renovar su confianza por unos minutos.

Quo Vadis

Nada de eso devolverá la confianza ni los capitales. Según analistas, los ricos argentinos tienen más de US$ 100.000 millones en el exterior y buena parte de la clase media conserva US$ 25.000 millones fuera de los bancos, bajo sus colchones. Sin un sector que articule y marque un rumbo al conjunto de la sociedad ni reglas de juego estables y claras, ese dinero no volverá al mercado y Argentina seguirá sin funcionar.

Con todos estos antecedentes, la pregunta final es hacia dónde va Argentina. Tanto pesimistas como optimistas coinciden en varias cosas. Primero, que el veranito económico actual se extenderá al 2003, aunque sin transformarse en una recuperación. Segundo, que el gobierno que surja de las elecciones del 27 de abril será, otra vez, transicional y endeble. Y tercero, que el camino hacia la transformación y recuperación del país será largo y demandará grandes sacrificios a los argentinos.

¿En qué difieren los optimistas de los pesimistas? Los primeros confían en que el próximo gobierno será capaz de reconstruir la confianza que el país necesita para iniciar su reconstrucción. Los pesimistas no lo creen así y apuestan a que el país caerá todavía más bajo antes que la sociedad argentina alcance el punto de quiebre. Desgraciadamente, estos últimos parecen estar más cerca de la realidad

Un poco de historia

El fondo de la crisis argentina no está en la caída del presidente Fernando De la Rúa ni en los 10 años de convertibilidad, sino en la incapacidad del país para adaptarse al mundo del último siglo. En los últimos 80 años, Argentina ha sufrido seis golpes de Estado militares y apenas dos presidentes constitucionales culminaron sus mandatos: Juan Perón y Carlos Menem. Sin una industria liviana que terminara de afianzarse y siempre dependiendo de sus recursos naturales, en 1910 Argentina representaba el 50% del PIB latinoamericano. Hoy, es menos del 10%.

"Argentina es una sociedad disfuncional", dice el analista político Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría. "Tiene individualidades brillantes, pero puestas en conjunto terminan la mayoría de las veces en una gran frustración". Esa disfuncionalidad explica, en parte, por qué el país con más doctorados, maestrías y posgrados per cápita de la región tiene, al mismo tiempo, el peor resultado en materia de gestión.

Claro que no existe tradición de austeridad fiscal en Argentina. Todo lo contrario. El denominador común de los gobiernos en las últimas décadas ha sido la redistribución sin preocuparse por la generación de riqueza: los populistas, gastando a manos llenas; los conservadores, tomando deuda.Y no hay señales que esto vaya a cambiar "La decadencia argentina es una larga historia de expropiaciones", dice José Luis Espert, uno de los economistas más respetados de Argentina. "En la década del 40 expropiamos la renta de la tierra; hicimos lo mismo con los tenedores de dinero gracias a la hiperinflación de 1989 y 1990 y ahora, con el default de la deuda, a quienes nos dieron créditos. La próxima expropiación es a la renta de los que más tienen vía impuestos".

La mano brasileña

Como todo país en crisis, Argentina ofrece algunas oportunidades muy atractivas para los inversionistas de fuera, siempre y cuando tengan un estómago fuerte. "Habrá oportunidades limitadas a proyectos muy específicos", dice Kiguel, del Banco Hipotecario. "Y claramente los inversionistas van a pedir una rentabilidad muy alta". Eso ya se ve en el sector inmobiliario.
Las órdenes de compra de viviendas de lujo y palacetes en Buenos Aires vuelan desde el exterior. Inversionistas australianos están gastando mucho dinero para comprar campos de algodón y maderas en el Chaco y de soja en Córdoba y Santa Fe.

Pero quienes más fichas ponen son los brasileños. Y son los empresarios de ese país los que pueden ayudar a impulsar un sector exportador que Argentina necesita a gritos. El gobierno argentino asegura estar trabajando con su par de Brasil en la creación de cadenas de valor en los mercados de aserraderos, maderas y muebles, en cuero y calzado, y en el sector automotor. "Quedó atrás el tiempo de la competencia: las economías de Brasil y Argentina pueden ser complementarias", dice Martín Redrado, secretario de Comercio y Relaciones Económicas Internacionales de Argentina.

Mientras, casi a la par que el presidente brasileño Luiz Inácio "Lula" da Silva ofrece crear una moneda única en el Mercosur, las empresas de su país están aprovechando la ocasión. En plena tormenta, Brasil pasó de ser el mayor socio comercial a ser el principal inversionista en Argentina. Con los US$ 3.528 millones que pagará Petrobras por Pecom Energía y Ambev por la cervecera Quilmes, las inversiones brasileñas en Argentina durante 2002 duplicaron las registradas en los últimos ocho años juntos.

"Los empresarios brasileños tenemos la gimnasia suficiente para movernos en épocas de turbulencia
como las que atraviesa Argentina", dice Elói Rodrigues de Almeida, presidente de Grupo Brasil, entidad que agrupa a los empresarios brasileños afincados en Argentina.