Las apariencias engañan

Si hay una persona confiable para Eduardo Duhalde (60) en este momento (además de su esposa por supuesto), esa es el ministro de Economía.
Apenas asumió, Jorge Remes Lenicov (53) escuchó la consigna presidencial: "Avanzá si estás seguro de no retroceder al otro día. Yo me juego la vida y vos te jugás el prestigio. Consultá con los mejores y hacé lo que te parezca mejor, pero no nos vayamos por las ramas y que todo esto termine en una híper…". Lo otro que recita Duhalde es una instrucción: "Del modelo sólo hablo yo".

El Presidente, sin embargo, asumió que es de transición, resignó sus cargos partidarios y prometió no ser candidato en el 2003. Intenta hacerse confiable: "Un servidor público al que le basta con apagar el incendio", ensayó uno de sus voceros.
Ergo: que el dólar paralelo no se dispare a 2 pesos (100% de devaluación), o a 2,70 como estima el JP Morgan para fines del 2002, o que la inflación se dispare de un mínimo, "controlable" según Remes, de 8% a un 50 o un 60. Del modelo "productivista", ni señales. Aunque el ministro de Economía, autodefinido como "heterodoxo" e "industrialista", piense que puede serlo aun concentrándose solamente en el manejo de la política monetaria y fiscal, las dos principales obsesiones de sus primeros 15 días de gestión.

La ansiedad, para peor, suele ser intolerante en medio de una crisis como la argentina. Hay varios aspectos del Plan Remes que no cierran.
Sobre todo si las medidas de emergencia no integran una mirada global sobre los conflictos en curso: el dichoso "corralito" enloqueció a la clase media, pero, si se levanta el cepo, peligran los bancos y el sistema financiero y, por otro lado, si no se pesifican las deudas, las empresas se derrumban.
La ecuación que se debe resolver es compleja y, hasta ahora, arroja resultados negativos en cuanto al consenso.

Por ejemplo, pesificar las deudas de hasta 100.000 dólares para vivienda y dolarizar los depósitos en el "corralito" (un mal con diagnóstico de incurable), entraña, a priori, un contrasentido. Es cierto que, como dijo Jorge Remes Lenicov, así se favorece al 94% de los ahorristas, familias y pymes endeudados con el sistema financiero.
El problema es que el 6% del crédito restante, otorgado a grandes empresas como Pecom, el Grupo Bapro, YPF, Loma Negra, Telecom, Arcor, Wolkswagen, Aguas Argentinas, Disco, Sideco, Sancor, Yoma, Pescarmona o Acindar (y 20 empresas más), representa el 75% de los pasivos de los bancos.
Esa deuda, con la devaluación, ya trepó de 56.000 millones a casi 80.000. Se perjudican, claro, los bancos y los empresarios.

Funcionaría, teóricamente (para el discurso político, en realidad), un principio del Plan Remes: que, por una vez, paguen los ricos del sistema. En ese sentido, aparenta ser una devaluación distinta. En general, perdían los ahorristas y ganaban las empresas que podían licuar sus deudas.
En este caso, si la devaluación termina siendo de un 40% (y la tasa anual, como se estima, llegara sólo a un 8%), los pequeños ahorristas dolarizados tendrán un 20% más de poder de compra.
Así las cosas, los dolarizados se revalúan en el "corralito" mientras que los pesificados se conforman devolviendo a menor valor sus acreencias. Pero los "cacerolazos", empuñados por los supuestos protegidos de la devaluación en curso, van justamente contra el "corralito".

Las dudas que surgen son evidentes. ¿No se refuerza así la tendencia dolarizadora del ahorrista, quien, apenas vea un resquicio, buscará de todos modos reapropiarse de sus divisas y más aún, destinará ahora mayor cantidad de los pesos que ingresa para comprar más dólares? (sólo un dato: los bancos uruguayos ganaron en los primeros nueve meses del 2000 un 233% más que el año anterior, justificado en un 35% por el alza abrupta de depósitos de argentinos). Otra: ¿hacerle pagar el costo a las grandes empresas (cuyo argumento de cabecera es que se endeudaron para invertir y producir), no resulta nocivo para una posterior política de reactivación industrial?. Probablemente, los 4 o 5 puntos de pérdidas que tenga que asentar en sus balances Coca-Cola de Argentina, o las decenas de millones que admitirá caer el Citigroup de América latina (apenas 1.200 de los 62.000 millones que registrará como ingresos del grupo en todo el mundo), despierten una confusa sensación de "justicia distributiva". Pero, sin medidas complementarias como bajas de tasas o estiramientos de plazos, más bien induce a la desinversión y a la eternización de la anomia económica.

Otro aspecto controvertido de las disposiciones del nuevo equipo tiene que ver con la virtual indisponibilidad de fondos para las cuentas corrientes en moneda extranjera superiores a 10.000 dólares y las cajas de ahorro en dólares superiores a los 3.000: serán reprogramadas "forzosamente" como plazo fijo.
El economista Orlando Ferreres califica la medida de "grave" e interpreta que obedece al pánico oficial por "secar" la plaza y frenar así una posible disparada del dólar libre:

"La devaluación -explica- se venía anunciando hace meses y, como es lógico, muchas empresas habían depositado en la caja de ahorro en dólares el dinero para diversas transacciones.
Ese dinero es capital de trabajo de la empresa y puede provocar una caída tremenda en la cadena de pagos. Creo que tendrán que corregirlo porque es un impacto peligroso. Una solución sería que permitieran transferir el saldo superior a los 3.000 dólares a una cuenta corriente para que al menos se puedan emitir cheques. Las medidas tienen que cuidar a los ahorristas, pero no se puede acorralar el sistema de pagos".

El ultraortodoxo José Luis Espert es, como siempre, más radical en su juicio y pone la política fiscal como condición sine qua non de un dólar estabilizado:

* "Para que este tipo de cambio desdoblado no explote, el ajuste fiscal en el 2002 tiene que ser de un 6% del PBI. Obviamente, se necesita una reforma del Estado que reduzca a un cuarto la cantidad de políticos que pululan.
Es una locura entonces pasar las cuentas corrientes y las cajas de ahorro en dólares, superiores a 10.000 y 3.000 pesos, a plazo fijo, porque vamos a seguir sin dinero transaccional.
Así, la recesión no va a parar; ya mismo el PBI en el primer trimestre está cayendo entre 8 y 10%".

La composición y movimientos del "corralito" arrojan datos reveladores, según un trabajo del Estudio Alpha:

* De las 3,7 millones de cajas de ahorro en dólares existentes en el sistema financiero, el 11% (unas 410.000 personas) tienen más de 3.000 dólares. Y el 60% de esas 410.000 personas supera esa cantidad porque se les venció el plazo fijo y se les transfirió sus depósitos a caja de ahorro en dólares.

* El monto total de divisas en cajas de ahorro pasó, de noviembre a diciembre, de 5.700 millones a 13.600 millones, debido a la transferencia de plazos fijos vencidos. En cambio, los plazos fijos en dólares cayeron, en el mismo periodo, de 36.000 a 23.000 millones. Los plazos fijos en pesos también se redujeron de 6.700 a 3.600 millones.

La tendencia es obvia: dolarizarse. Y el final anunciado, también: huir del sistema financiero. El economista Marcelo Lascano (66) insiste que la falta de credibilidad amenaza la estrategia esbozada por el gobierno:

* "Hay que abreviar los plazos del "corralito" porque estamos en un modelo de economía monetaria sin dinero, lo cual es un contrasentido, y sostendríamos la caja de conversión (como se deduce de las normas que atan la expansión de pesos al ingreso neto de dólares al Banco Central) pero sin Convertibilidad, en el sentido de que no disponemos ni de pesos, ni de dólares, lo cual es otro contrasentido.
Por eso, pasar a plazo fijo las cuentas corrientes y cajas de ahorro en dólares es una arbitrariedad que puede herir de nuevo muy seriamente la confianza en el país".

Es llamativo, a la vez, el súbito cambio de humor entre los principales industriales productivistas. Fueron los voceros más fervorosos de la devaluación, discretos en público, desenfadados en privado. Ahora están asustados. Dicen que el fin de la Convertibilidad debió hacerse antes y que sus efectos tardíos pueden ser licuados por la hiperrecesión.
Incluso los amigos del ministro José Ignacio de Mendiguren ya se quejan por la "inestabilidad política" que podría descontrolar el duro proceso devaluatorio. En la Asociación de Fábricas de Automotores, Adefa, se ven venir la suba de las autopartes importadas, elementos que pueden influir en el 50 o 60% del valor de la unidad. Las pymes endeudadas con sus proveedores todavía no se ven interpretadas con las medidas: no alcanzan, según ellos, frente a la reducción del capital del trabajo, la dolarización del endeudamiento, el derrumbe del consumo y el alza de precios de los grandes proveedores de las industrias metalúrgica, química o del papel. ¿Alcanza acaso con lo que siempre pidió De Mendiguren, la baja de las tasas de interés, la pesificación de las tarifas de los servicios públicos y los créditos a la producción, en un contexto recesivo y de absoluta falta de credibilidad política? ¿Cómo hace Acindar, por caso, para exportar 200 millones de dólares cuando deberá pagar un 40% de aumento en sus insumos?

Compensaciones.

Los propietarios extranjeros de las compañías de servicios públicos, las petroleras y los bancos, están que trinan.
De entrada, no les suena bien en sus oídos las apelaciones duhaldistas a la producción nacional, pero las entienden.
Si bien aceptan la pesificación de las tarifas de ahora en más, requieren un proceso negociado de "compensaciones" (por el deterioro de sus activos y sus créditos). Y afrontan problemas más cotidianos: "No pueden sacar las remesas al exterior por el "corralito"; o deberán llevarlas a un tipo de cambio de 1,40 peso por dólar, pese a la cotización del tipo de cambio flotante en el mercado", los comprendió un funcionario de Economía.

La maraña de adaptaciones al nuevo sistema es infernal. La afectación del derecho de propiedad, vía "corralito", no da certidumbre cambiaria. Y sin tal confianza, el control de la política monetaria que pretende Remes Lenicov es un albur.
Si ahora sube el dólar libre, por ejemplo, el Banco Central no podría vender divisas para moderar su disparada. El Gobierno, con pocos recursos, trata de ganar tiempo. Su estrategia es progresiva, por etapas. Fase uno: no rompe el "corralito" y seca la plaza de pesos y dólares para que su circulación no presione sobre el mercado paralelo y dispare los precios.

Fase dos: un Presupuesto 2002 con déficit cero e insinuación de recorte del gasto político. Fase tres: negociación en Washington con el FMI (la contraprestación a la que se aspira es sumar los 9.100 millones de dólares que restan del "blindaje" acordado con el ex José Luis Machinea (55), unos 4.000 millones del Banco Interamericano de Desarrollo y el BIRF para respaldar las exhaustas reservas del Central y el producido de la refinanciación de las deudas de la Argentina con el Fondo).
Fase cuatro: estabilización del cambio flotante (la influyente Anne Krueger pidió ya el fin del régimen de cambio desdoblado y acelerar "la flotación del peso de acuerdo con las fuerzas del mercado"). Semejante ordenamiento gradual, diseñado por Remes Lenicov y consentido por Duhalde, no parece contar con estos tiempos. Y tampoco con la coherencia necesaria: el Gobierno admite su debilidad política para mostrarse como un poder pleno, y parece no animarse en primera instancia a admitir una fuerte, e inevitable, reducción del gasto público, pero se arriesga a reducir los salarios por la vía de la devaluación.

Lo que no puede ignorar es que, como México en el ’95, el sudeste asiático en el ’97, Rusia en el ’98, Brasil en el ’99 y Ecuador en el 2000, hace falta justamente una fuerte intervención del poder político para decidir cada día los precios, las tarifas, los salarios, las deudas internas y externas, los activos, las deudas, absolutamente todo.
Asumido el compromiso, no le convendría a Duhalde actuar a medias ni solitariamente.