Los liberales quieren alertar al Gobierno

Hay quienes gustan de descalificar a los liberales que critican el rumbo económico del Gobierno y ridiculizan sus posiciones para que aparezcan como insensibles e insensatas. Y lo que es mucho peor y de mala fe, se ha establecido una suerte de relación casi causal entre ser liberal en la Argentina y al mismo tiempo defender a militares fascistas y asesinos.

Lo que molesta, en realidad, es que se llame la atención y se advierta que el Gobierno está haciendo lo mismo que condujo al fracaso de múltiples programas económicos, en particular el Plan Austral de Alfonsín y la convertibilidad de Menem, esta última sostenida caprichosamente por De la Rúa hasta su explosión. El gradualismo del Gobierno está manteniendo la economía cerrada al comercio, ha convalidado un sector público sobredimensionado, financiado por una presión tributaria asfixiante de la actividad privada y está recurriendo groseramente al endeudamiento externo para financiar un déficit público fenomenal. Con este cóctel no puede sorprender que haya atraso cambiario y la Argentina esté carísima, que el déficit externo aumente cada día, que la actividad privada más competitiva esté asfixiada, que todavía estemos con la inflación que dejó Cristina, sólo para mencionar algunos de los problemas críticos que no han tenido solución.

Pregunta para los partidarios de Cambiemos: ¿no reconocen que lo que los liberales temen, con razón, es que las groseras inconsistencias económicas terminen apedreando este nuevo intento de restaurar la república? La verdad, es que no son conscientes, pues su visión es puramente política. Desconocen y desprecian los límites de las leyes de la economía.

Creen como Alfonsín que con la democracia se come, se sana y se educa. Y que cuando la política económica fracasa estrepitosamente (como en la híper del 89), la culpa es de los sindicalistas y de los empresarios que dan un golpe de mercado. No se les ocurre pensar que la causalidad fue la inversa: que la inconsistente política económica de Alfonsín llevó al fracaso económico y que ese fracaso económico generó las condiciones políticas para el retorno del peronismo.

No se les ocurre pensar tampoco que la causa fundamental de la caída de De la Rúa fue el caos económico derivado del empecinamiento en mantener una insostenible convertibilidad. Los saqueos y los golpes civiles nunca nacen de un repollo o se producen en Suiza: siempre hay un fracaso económico en el cual prosperan. Los radicales han dado la razón al dicho de Perón: “No es que nosotros seamos buenos, sino que los otros son peores”.

Los liberales tememos de buena fe que la historia se repita, más allá de Macri. Y tratamos de despertar conciencia para evitar un nuevo fracaso económico que genere las condiciones políticas para el retorno de un populismo aún más extremo que el que tuvimos hasta 2015.

El Gobierno cree que los liberales somos ciegos a las restricciones políticas y que no vemos que es imposible ajustar cuando no se tienen mayorías parlamentarias y que no se puede hacer otra cosa que gradualismo. Obviamente los márgenes son escasos, particularmente porque se ganaron las elecciones de 2015 reivindicando a Perón, prometiendo mantener todas las políticas sociales de Cristina y ni siquiera se hizo un inventario de la herencia. Es difícil hacer correcciones si luego de amenazar, en plena campaña de elecciones legislativas, con “grandes cambios”, una vez conocidos los resultados electorales, el sector privado sin poder de lobby se desayuna, sorprendido, con un impuestazo (Renta Financiera, Internos y eliminación del tope de 82.000 pesos para los aportes personales).

La pregunta entonces es: ¿el gradualismo, o lo que sería muchísimo peor, un rumbo equivocado, están explicados por las restricciones políticas? ¿U obedecen a que desde el comienzo se creyó que la economía protegida y el estatismo distribucionista eran políticas razonables y sólo era cuestión de gestionarlas bien reemplazando a la asociación ilícita que fue el kirchnerismo gobernante por un populismo, igualmente inviable, pero de “buenos modales”?

Si el gradualismo, o una brújula equivocada, obedecieran sólo a razones políticas, ¿se ha hecho todo lo posible hasta ahora? Pensemos, ¿cuánto se abrió la economía al comercio internacional? ¿Cuánto bajó el gasto público? ¿Cuánto bajó el déficit fiscal? La manera más favorable para el Gobierno de contestar estas preguntas es decir “poco y nada”. A la vista de la conducción política, ¿estarán dadas alguna vez las condiciones para modificar sustantivamente la política económica? ¿O el desgaste natural de la política ratificará la idea de que los ajustes que no se hacen de entrada no se hacen nunca?

Si esta última es la realidad que se impone, en algún momento volveremos a tener los problemas en los que de manera recurrente hemos caído en los últimos 70 años de decadencia: ¿cómo bajar la inflación?; ¿cómo crecer?; ¿cómo pagar la deuda pública? Y en este caso la función de los liberales habrá sido generar conciencia de que los problemas por venir no serán consecuencia de golpes civiles o de mercado nacidos de la nada, sino culpa de los políticos que no respetan las leyes económicas básicas y no imitan las políticas de los países exitosos. Lo único que falta es que los que se dicen campeones de la república terminen por impedirnos cumplir con esta función.

Publicado en La Nación el 2 de diciembre de 2017