JOSÉ LUIS ESPERT

“Parte de la decadencia argentina es haber transformado a la Economía, que es una ciencia, en un chamuyo tercermundista”

Hace dos décadas que frecuenta los medios, pero su primer libro, La Argentina Devorada, se ubicó en pocas semanas como uno de los más vendidos del país. Se convirtió en un texto de culto para una feligresía devota, cuantificada en sus más de 95 mil seguidores de Twitter que lo veneran como al profeta del liberalismo. El costado menos conocido de uno de los economistas más reconocidos del medio local.

Txt: Juan Manuel Compte
Phs: Antonio Pinta
Nota publicada en la revista Clase, el 28 de abril de 2017.

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La Argentina debería ser un país desarrollado, pero no lo es. ¿Por qué? Porque tres corporaciones se la fuman en pipa”. Así es la primera línea de La Argentina Devorada. Todo un resumen, también, acerca de quién es su autor. El libro, lanzado el 20 de marzo, se posicionó, en 10 días, segundo en el ranking de ventas de no ficción, detrás de Fueron por todo (Nicolás Wiñazki, Sudamericana). Tras una tirada inicial de 10 mil ejemplares, su sello, Galerna, ya planifica una segunda edición para después de la Feria del Libro, donde el título se ganó un lugar en la agenda de presentaciones (viernes 5 de mayo, 18.30 horas) de la muestra.

“La verdad, no esperaba este nivel de ventas”, se sorprende José Luis Espert. Economista, 55 años, está sentado en el living de su casa de Martínez, una tarde por demás lluviosa demediados de abril. El ambiente, de mucho blanco y luz baja, está decorado con pinturas de su mujer, Mercedes, y fotos de sus dos hijos. Es lunes y Espert, todavía, viste traje y corbata. Viene de hacer presentaciones para clientes en el Centro. “Intento ir lo menos posible porque es caótico. Es más: hice un primer paso, intermedio, que fue mudar la consultora a Palermo. Y, ahora, estoy pensando en trabajar directamente desde acá”, comentará luego, con manifiesto fastidio, por los frecuentes cortes de calles, provocados por piquetes o interminables obras públicas que vuelven anárquico el tránsito porteño. Consecuencias cotidianas de la mano, siempre visible, de su tan denostado Estado presente.

Hace ya dos décadas que Espert alterna su labor profesional con una no menos intensa agenda mediática. Pero, en los últimos días, su trajín en los medios se potenció por la aparición –y repercusión– de su ópera prima. “Me impactó”, se sincera, acerca del frenético rush por estudios de televisión, radio y páginas –tanto de papel como digitales– que precedieron (y sucedieron) a esta entrevista. El texto “permite entender el fuego pasional, el vigor, la energía y el coraje con el que José Luis Espert defiende sus puntos de vista, a veces, contra viento y marea”, definió Ricardo López Murphy en el prólogo. Vehemente, dueño de un discurso riguroso, provocador y consistente –por parafrasear a otros dos de sus comentaristas, el economista Juan Carlos de Pablo y el politólogo Sergio Berensztein–, con La Argentina Devorada, Espert ratificó su condición de rockstar entre la comunidad vernácula de economistas. Esa que, convertido en una suerte de profeta del apocalipsis económico que se desató sobre el país por haberse apartado del buen camino del liberalismo –auténtico hereje para una sociedad como la argentina–, le valió una feligresía de devotos, cuantificados en los 95 mil seguidores de su cuenta de Twitter. Audiencia que justifica las invitaciones frecuentes a estudios de televisión por su contribución a levantar promedios de
rating. Casi tanta, como la que también hacen aquellos a quienes irrita con sus frases lacónicas y sentencias feroces.

“En 25 años que soy una persona más o menos conocida, nunca tuve sucesos desagradables en la calle. Evidentemente, lo que digo le cae a la gente mucho mejor que a las corporaciones a las que siempre ataco”, sonríe, en el confort de su hogar. El tono de su voz es tranquilo, a veces, imperturbable. Habla con el mismo registro calmo que ostenta en cámara, que puede llevar a que la seguridad y serenidad que aplauden sus fans sea superación o soberbia para sus detractores.

Implacable sicario intelectual de “cavernícolas, progres y peronchos” –como les dice, con ternura–, cuenta que lo que más lo sorprendió fueron las personas –por cantidad y calidad, distingue– que, una vez que terminó la primera versión de su libro, a fines del año pasado, se ofreció a leerla. También, todos los que colaboraron en los 9 meses que le llevó la redacción. Además del prólogo de López Murphy y los comentarios de De Pablo y de Berensztein, el libro pasó por los ojos de Joaquín Morales Solá (periodista), Fernando Iglesias (escritor y diputado nacional con mandato cumplido), Juan José Sebreli (sociólogo y ensayista) y Roberto Cortés Conde  (economista), entre muchas otras mentes que hicieron sus aportes. Y, después de publicado, ¿cómo lo recibieron sus colegas? “Los del palo, fascinados. Realmente, fascinados”, responde, acerca de la acogida entre lo que llama “el ambiente liberal” en el que se mueve. “Los académicos, también. El resto, no tengo la menor idea. Mi profesión es muy complicada. Probablemente, un poco menos que el periodismo en tema de celos”, dice, con genuina intención de no chicanear. “Pero soy muy definido: polarizo mucho. El que me quiere, ama este libro. Y el que no me quiere, lo enciende fuego”, concluye, con relativo desdén.

AUTÉNTICOS DECADENTES

“Sabía que, si iba a escribir, lo haría sobre la decadencia argentina y cómo salir de ella. Y, también, que hacer eso implicaba escribir una enciclopedia por la enorme cantidad de temas a abordar. Porque nuestra decadencia no es sólo económica: es de instituciones, cultural, moral, educativa”, introduce. Por capacidad material y expertise, prefirió enfocarse en las raíces económicas. El resultado, 460 páginas de análisis que basculan entre la claridad conceptual, el rigor metodológico y las definiciones ácidas y polémicas con las que su pluma replicó el filo de su lengua. “Quise hacer un libro de divulgación. Escrito en un idioma bastante llano pero no mucho, no de cancha de fútbol. Tiene algunas partes fáciles de leer y otras no tanto, con algún guiño a la profesión.
Podría haber bajado mucho en el idioma. Pero no quise. Busqué escribir algo en el medio”, alega.

Descartó títulos: Argentina 360, por los giros permanentes en 360 grados que, sostiene, el país hace; Tres mafias, Trigarcas, Tres corporaciones, enumera. “Al final, salió La Argentina inviable. Pero era demasiado desesperanzador. Si la Argentina sigue haciendo lo que hace, sin duda, es inviable. Aunque no hay nada que diga que no puede cambiar y ser viable, como hicieron otros países. La Argentina devorada, en cambio, es esa suerte de tránsito entre un país que es inviable haciendo lo que hace pero que puede ser viable, tranquilamente, si cambia. A la Argentina, se la están devorando. Pero no hay ningún motivo para que no deje de ser devorada”, explica.

Según Espert, la decadencia argentina tiene dos vigas maestras. Una, la sustitución de importaciones y, en consecuencia, la otra cara de esa moneda: el proteccionismo industrial. Dos, el Estado presente y deficitario. “Y hay tres corporaciones, tres oligarquías (algunas, con toques mafiosos), que se benefician de esta Argentina decadente: los empresarios prebendarios, los sindicatos y los políticos”, amplía.

Entre 1930 y 1945, el país osciló entre lospuestos 10 y 15 del ranking de ingreso per cápita. “Hoy, es el número 53. Perdió 40 lugares en 70 años”, subraya. “Hay pocos casos de desdesarrollo en el mundo después de la Segunda Guerra. La Argentina es uno. Pero el punto es que no es sólo algo estadístico. Unos 30 años después de iniciada esa decadencia, el país ya empezó a tener niveles de pobreza del 30 por ciento. Estamos acercándonos a 2020. Así que, en cualquier momento, vamos a tener cuatro décadas de pobreza estructural del 30 %”, alerta.

El problema, apunta, es profundo. Y excede al gobierno de turno. “La Argentina inició su decadencia hacia la crisis del ‘30. Pero la firma, definitivamente, a partir del siglo XX”, asevera. No obstante, no cae en el gorilismo fácil, tan celebrado hoy en día en algunos círculos. “¿Es el peronismo? Inicialmente, sí. Pero, después, toda la Argentina terminó siendo peronista: militares, radicales, hasta el macrismo mismo. A María Eugenia Vidal, el argentino pacato promedio quiere verla como una heroína, como una Thatcher. Pero, en campaña, ella dijo que estaba de acuerdo con los ideales de Perón y de Evita. Por eso, al macrismo, un poco para mojarle la oreja, le digo que es kirchnerismo de buenos modales”, se explaya.

En su libro, ubicó un punto de inflexión en la línea de tiempo: 1980. “Poco después del Rodrigazo, la Argentina pasa ya a tener pobreza del 30 %”, describe. Se le sugiere, entonces, que hasta el progresista más rudimentario podría enrostrarle que eso es consecuencia del modelo de José Martínez de Hoz, villano favorito de quienes demonizan al neoliberalismo que él tanto predica.

Sonriente, Espert infla pecho y recoge el guante. “¿Me quieren hacer creer que, desde 1976 para acá, tuvimos una sola política económica, ergo, eso es lo que explica que la pobreza haya saltado de 6 a 30 % y quedado así las cuatro décadas siguientes?”, replica. “Primero, los militares no fueron los mismos de 1976 que de la tablita al final dela tablita. La de Alfonsín fue una política económica populista. La de Menem, una con toques liberales. No así la de Duhalde ni la de Kirchner. Así que, en 30 años, tuvimos, por lo menos, tres cambios de política económica de 180 grados… En apariencia. Porque hay dos vigas maestras que nunca cambiaron: la sustitución de importaciones y el Estado presente y deficitario”, argumenta.

Tampoco acepta la idea de que sea el costo pagado por la fiesta de los dorados ‘90. “Ajá, sí. ¿Y antes? ¿La pobreza de los ‘80, con Alfonsín, que ya estaba en el 30 %, cómo se explica? En parte, la Argentina es decadente por culpa de etiquetar las cosas y no discutir el contenido. Escribí este libro en 9 meses. Pero, en realidad, hace 20 años que pienso estas cosas. Por eso, me tomé el trabajo de armar un banco de datos gigantesco, que subí a la web. Así que el que quiera discutir mi diagnóstico, que agarre esa información y llegue a una conclusión diferente”, contraataca. “Esto –dice y señala con su índice derecho un ejemplar del libro– está basado en lo que ocurrió en concreto con la economía. Esto no es chamuyo: es todo lo científico que puede ser”.

Embiste contra lo que llama explicaciones interesadas y parciales. “Son perfectamente consistentes con mi diagnóstico: es un sistema, que funciona así y, por eso, es tan difícil de romper la decadencia. Porque este sistema está muy arraigado”, subraya. Observa que las raíces penetraron no sólo en los beneficiarios; también, en la sociedad. “Acá, Marx se hizo realidad: hay una explotación, no del hombre por el hombre, pero sí de todo un pueblo por parte de tres corporaciones. La gente se queja de que las cosas son caras. Pero, al mismo tiempo, le gusta que haya protección a la industria nacional.

No hay una cosa sin la otra. A la gente, le encanta el Estado presente, pero no le gusta no llegar a fin de mes por la cantidad de impuestos que tiene que pagar. Bueno: no hay una cosa sin la otra –repite, eleva la voz, como si sermoneara desde el púlpito-. A la gente, le encantan los sindicatos que defienden sus derechos, pero no le gusta cobrar una miseria en el bolsillo. Bueno, los impuestos al trabajo son eso. Hay una connivencia, una sincronía total entre la sociedad y estas tres corporaciones. Por eso cuesta tanto romper el sistema. Porque ni siquiera el explotado se rebela”.

UN MUCHACHO COMO YO

Espert nació en Pergamino el 21 de noviembre de 1961. Su padre, José, es un inmigrante catalán que, a los 5 años, llegó a ese rincón del interior bonaerense. Industrial de artículos para el hogar, con el tiempo terminó volcándose de lleno a su actividad paralela, la producción agropecuaria. Su primogénito, el mayor de tres, estudió en el colegio marista San José, de su ciudad, al que ingresó en el jardín de infantes.

Adolescente con afición por los deportes –jugaba al fútbol, al rugby y al tenis–, cerca del final del secundario, le nació una inquietud intelectual por, en sus palabras, “entender el todo de las cosas”, cuenta. “Y la Economía permite comprender las cuestiones globalmente: por qué la gente, económicamente, se comporta como se comporta; por qué, si la gente se comporta como se comporta, después, los países hacen lo que hacen. No quería perderme el bosque por mirar el árbol. Si a eso se le agregan números, para mí significó la Economía”.

Eligió la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo licenciatura y doctorado. “La UBA a la que fui, fue excelente, extraordinaria. En ese momento, fines de los ‘70, era el mejor lugar para estudiar Economía en la Argentina. Tuve profesores de primera: Julio Olivera, Ernesto Gaba, María Teresa Casparri, Rolff Mantel, Ana Martirena de Mantel…”, evoca. Pagó costo de oportunidad, por supuesto. En este caso, el desarraigo. A los 18, cortó el cordón umbilical y migró los 250 kilómetros que distanciaban al pago chico –en ese entonces, un pueblo de 30 mil habitantes–de la jungla de cemento. “Fue complicado”, recuerda. Espert anidó en un departamento de tres ambientes alquilado, en Ecuador y Arenales, con algunos amigos de Pergamino que, al poco tiempo, se volvieron porque, encandilados con las luces de la gran ciudad, los habían bochado en el examen de ingreso. “Como fui el único que aprobó, me quedé solo a los 19”. Otra experiencia ingrata de esos años fue la colimba: le tocó Fuerza Aérea. Corrió, limpió y barrió en la base de El Palomar. “Duro. Nos trataban mal. Por eso me causa gracia cuando, por ser liberal, me asocian con los militares. Porque los milicos me hicieron ver las estrellas. Los sufrí. Ni en figuritas puedo verlos. O no podía: ya me reconcilié”, comenta, al pasar. Ni el fútbol le deparaba alegrías: hincha de San Lorenzo de Almagro, sufrió con el descenso de 1981 y, también, durante el vía crucis del ascenso, en 1982. “Iba a la cancha los sábados, con un amigo, a verlo en Primera B. ¡Qué sufrimiento!”. Su memoria futbolística de ese calvario santifica a Rubén Darío Insúa, jugador emblema de la resurrección del Ciclón.

Hubo un antes y después en su vida profesional: el entonces Centro de Estudios Macroeconómicos de la Argentina –actual Universidad del CEMA–, donde estudió su maestría en Economía. En la City, la entidad es reconocida como la embajada local de la Escuela de Chicago, faro intelectual del liberalismo económico más acérrimo. Sin embargo, Espert dice que su decisión no tuvo motivos ideológicos. Simplemente, su intención de hacer un posgrado “en el mejor lugar donde se podía estudiar Economía en ese momento en el país”.

Completó su formación con dos años en la Universidad Nacional de Tucumán, donde hizo una maestría en Estadística. Ese fuego interno lo llevó, una vez recibido, a aplicar en Miguel Ángel Broda & Asociados. “Era el mejor estudio para trabajar como economista en esos años”, dice. De ese bautismo profesional, valora el grupo humano. ¿Qué es lo que más aprendió de Broda? “El amor por la precisión en los números. Al menos, en el Broda que conocí. Después, me desconecté”. En cambio, reconoce a Mario Teijeiro (Universidad de Chicago, Ucema) como la persona que más influyó en su carrera: “El hombre clave en mi forma de pararme como economista”. Su rotación laboral continuó por el estudio de Ricardo Arriazu, Econométrica y el Centro de Estudios Públicos. En 2000, fundó su propia consultora, José Luis Espert & Asociados. Ya era una celebrity en ascenso.

En 1995, una columna suya, publicada en Ámbito Financiero, lo catapultó a la fama. El ajuste económico se habría podido evitar, se tituló. Y cometía el sacrilegio de criticar a Domingo Cavallo en su momento de gloria. La novedad fue que alguien se animaba a correr al Padre del Modelo por derecha. Desde entonces, tanto con textos propios, como en entrevistas, sus crudas definiciones fueron pan diario de infinidad de productores y periodistas. “Los ‘90 incendiaron las ideas liberales en la Argentina. Por mucho tiempo”, asegura hoy acerca de la década dorada o maldita, según quién la juzgue.

“Menem y Cavallo fueron siniestros para el país. Destruyeron las ideas liberales que, en el mundo, generaron prosperidad y no miseria, como acá. El de los ‘90 no fue un programa económico liberal. Tuvo decisiones liberales pero no fue un programa económico. Por eso terminó muy mal. Cuando los países fueron hacia programas liberales, prosperaron, no se fundieron o incendiaron”, agrega. “Los ‘90 fueron letales para la Argentina. Por eso el giro de 180 grados con los Kirchner. Y, a lo mejor, por eso, el macrismo no se anima a dar un volantazo.

Quizás es mucho pedirle a Macri: viene de un hogar que se enriqueció de los negocios con el Estado. Entonces, tal vez, es difícil que le vibre la víscera liberal”, ironiza. Kirchnerismo de buenos modales, la definición que acuñó para describir al gobierno de Cambiemos. “Económicamente hablando, por supuesto”, aclara, rápido. “Más allá de que pueda haber algún hecho de corrupción, ésta es gente que vino a gobernar, equivocada o no. Los otros nos vinieron a saquear: directamente, una banda de delincuentes. Son cosas diferentes”, distingue.

Describe el hostigamiento que padeció durante los 12K. “Con el kirchnerismo, sufrí a la AFIP con cama adentro. Vivía con inspecciones. También me escracharon con carteles en el Ministerio de Economía, porque decía que había que pagar el fallo de Griesa y salir del default. Allá por 2007, 2008, 2009, de la mano de (Guillermo) Moreno, el Gobierno hizo una campaña muy fuerte para que me descontrataran muchas empresas. Algunas, las menos, lo hicieron; después, volvieron. El kirchnerismo se encargó de que no tuviera clientes, digamos. O la menor cantidad posible. También, me pincharon los teléfonos. Fui espiado por la SIDE. Esto está denunciado en sede judicial por la hoy ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Ya no sufro nada de eso. Por eso aclaro que el macrismo es kirchnerismo económicamente hablando”.

Repasa las razones que sustentan su definición: “Los planes sociales siguieron aumentando y la relación causal entre planes sociales y pobreza es al revés: por más planes que pusimos en los últimos 12 años, la pobreza no bajó, sigue en 30 %. La ley de Emergencia Social: acá, la gente de a pie, por ley empujada por el macrismo, paga impuestos para que los piqueteros corten la calle y le hagan el día insufrible.

Precios Cuidados, Ahora 12, Ahora 18, programa especial de protección para la industria textil…”. Tras la enumeración, la madre de todas las bombas: “Fiscalmente, el Gobierno de Macri no sólo no bajó el gasto. Además, fruto de la baja de impuestos, tiene más déficit fiscal que Cristina. ¿Cómo no le voy a decir kirchnerismo de buenos modales?”.

Reconoce que, a veces, en el Presidente ve “pequeños destellitos” de intención de cambio. “Por ejemplo, cuando lo veo tratando de exportar autos a Colombia. El deseo de abrirse un poquito al mundo, de relacionarse de otra manera con el mundo civilizado. O su reciente confrontación con el sindicalismo. A eso le doy la bienvenida. Le veo esa buena intención. Pero es muy superficial. No lo veo atacando las raíces. Ni siquiera, sugiriéndolas. Acá, hay que dinamitar el sistema. Cambiarlo por otro”.

Recuerda que, de los últimos 60 años, la Argentina tuvo 56 de déficit fiscal. “Sólo cuatro con superávit: los de Néstor Kirchner, sin pagar deuda y con retenciones recién colocadas por Duhalde, en 2002. Fiscalmente, Macri no es ningún cambio en este derrotero”, apunta. ¿Producto de falta de voluntad? ¿O porque está entrampado en su idea de que el gradualismo es el único camino posible? “Hablo por lo que veo hasta ahora. Creo que el escenario más probable es que sólo se intente normalizar. Es lo mostrado de momento. Adivino no soy”, contesta. Es escéptico con que, después de las elecciones de medio término, Macri dé un giro de 180 grados. “Que haga la chilena de los ‘80 no sé si ocurrirá. No tengo la menor idea. Pero lo hecho hasta ahora sugiere más que esto es una normalización, quitarle los elementos más bizarros y escatológicos que los Kirchner le habían agregado al populismo de siempre”, amplía.

Su temor es que esto conduzca a problemas que aborten el intento de normalización o cambio gradual. “Ahí, ya, la discusión va a pasar a ser otra. Por ejemplo, la deuda. ¿Hasta cuándo seguirán acumulando deuda? La Argentina se está endeudando a una velocidad realmente muy preocupante. O la inflación: el programa monetario del Gobierno es completamente incoherente con el fiscal. ¿Hasta cuándo mantendrán la inflación ahí, encorsetada, sin que se les escape? Esta normalización o cambio gradual, que no sabemos qué es (yo creo que normalización) puede quedar abortada por las inconsistencias técnicas del plan”. Se supone que en el Gobierno hay gente que sabe, se le sugiere. “Se suponía que, en los ‘90, también había gente que sabía. O con la tablita de Martínez de Hoz. Había mucha gente de Chicago alrededor. Y no terminaron bien los planes. Con mala formación técnica, como la que tenían los kirchneristas, seguro que terminás mal. Pero, con buena formación técnica, si no tenés las cosas claras, también podés terminar mal”, responde.

No ve conducción económica en el Gobierno. “En la Argentina, tener un ministro de Economía fuerte, más que un tema de celos del presidente de turno o de no generar un monstruo que después te devora, es una necesidad. Primero, porque la economía es equilibrio general, no es un ministerio por tema. Es más: ni siquiera estoy de acuerdo con los bancos centrales independientes, mucho menos, en un país como éste”. Ejemplifica. Observa que la meta de inflación, de entre 12 y 17 %, que se fijó Federico Sturzenegger es muy baja para el actual nivel de déficit fiscal.

“Sumando, además, que hay ajuste de tarifas y algo de devaluación. Entonces, se está mandando a la economía a la recesión. A que el consumo, todavía, no se recupere”, diagnostica. “Como la economía es un equilibrio general, tendría un ministro con todas las áreas por debajo suyo. Y a un presidente de Banco Central en estrecho trabajo con él”, retoma el hilo de su respuesta.

¿Cuál es la segunda razón? “Éste es un país de una decadencia tan flagrante que requiere que haya una unidad de mando. La pobreza estructural arrancó en 1980. Pero, en los ‘90, vinculado a ella, apareció el fenómeno de la droga. Con lo cual, ya tenemos un problema de inseguridad. Nuestra decadencia cuesta sangre. Es una decadencia sangrienta”.

SOBREDOSIS DE TV

“Lo uso para no tener un juicio por calumnias e injurias. O para no ser tan escatológico. Bah, es una sublimación de una puteada”. Es su definición de la palabra ‘tierno‘ que se viralizó como un grito de guerra para su legión de seguidores en Twitter (había superado los 95.000 al cierre de esta edición). Espert abrió su cuenta en esa red social en agosto de 2011, tres meses antes de cumplir 50 años. “Me agarró de grande”, se justifica, con sonrisa adolescente, acerca de su estilo para tuitear, que oscila entre el rigor profesional, el humor corrosivo y frases “escatológicas”, como las llama.

Hace un par de años, Laura Clark, concejala de Nuevo Encuentro de Pergamino, lo denunció penalmente por haber llamado “hija de puta literal” a Florencia Kirchner en un tuit. La edil de su pueblo lo acusó de “emitir comentarios misóginos, despectivos, insultantes, degradantes hacia nuestra Presidenta de la Nación. Este tipo de comentarios terminan justificando actos de femicidio”, remató.

Reconoce que los 140 caracteres invitan al impulso. “Pero en Twitter soy muy auténtico. Soy éste. No hay otra cosa. Sin dudas, soy yo el que escribe”, matiza. La web también amplió sus horizontes. El año pasado, a través de YouTube, se emitió Tiernópolis: fueron cortos en los que, a puro sarcasmo, explicó temas económicos de actualidad. Lo gestó con dos amigos “que son como hermanos”. Uno es Pablo Racioppi, alias @juancristonomo en Twitter, cineasta que dirigió los documentales El diálogo (entre Graciela Fernández Meijide y el exmontonero Héctor Ricardo Leis) y El Olimpo vacío, sobre Sebreli. El otro, @MrBugman, tuitero con 36.900 seguidores, ocasional candidato a diputado nacional –perdido, cerca del trigésimo lugar de la lista– del audaz Partido Liberal Libertario, con pasado de actor de teatro. “Che, Tordo, con lo freakie que sos, hagamos algo”, cuenta Espert que le dijeron. “Y decidimos hacer algo que tuviera una bajada de línea para la gente, acerca de ideas económicas sensatas, que tienen que ver con la realidad, sin chamuyo, y, de paso, contarle un poco cómo están las cosas. De una manera lo más divertida posible, dentro de cierto límite”, explica. “Soy divertido. Tengo mi parte freakie y medio payasesca, pero no soy freak ni payaso”, aclara. Al 18 de abril, el primer episodio de Tiernópolis había acumulado 30 mil vistas y el segundo (y, hasta ahora, último), 23 mil. Su incursión actoral marcó un contraste fuerte con la imagen de economista serio, duro, de gesto ceñudo, mirada fría, quijada granítica y verbo contundente que había cultivado durante dos décadas de exposición en los medios. ¿Cómo lo tomaron sus clientes? “Genial, fascinados. Les encantó casi a todos. A algunos, no. Pero no sufrí pérdida de clientes. Y, si los perdiera, allá ellos…”.

De grande, practicó boxeo y hasta lucha grecorromana. Sintonía fina con el papel que, a veces, desempeña en los medios, siempre listo para el pugilato dialéctico. “Me gusta el debate. Soy adicto a aprender. Y la capacidad de aprendizaje tiene mucho que ver con el debatir con quien piensa distinto. Pero, si alguien quiere pelear, peleamos”, se ríe. Entre sus adversarios favoritos, elige a la gente de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). “No piensan como yo pero son muy formados, muy preparados. Y, por lo general, honestos para debatir”.

Una de sus frases más recientes es “Macri al Gobierno, la Di Tella al poder”, por la cantidad de funcionarios forjados intelectualmente en esa casa. “Hasta ahora, la Di Tella no es la usina del cambio de 180 grados que necesita la Argentina, sino la que le da la riqueza académica al kirchnerismo económico de buenos modales que es el macrismo”, define.

¿Hay algo en lo que le digan: “Tenés razón, pero no podemos”? “Sí. Y el argumento de todos es que las restricciones con las que trabajan les impide hacer las cosas que yo creo o ir más rápido en las que ellos creen. Mi respuesta siempre es la misma: acá, hay que imponer las condiciones antes de asumir. Si no, no participar. Porque, una vez que estás, vas a tocar la melodía que quiere el presidente de turno. Como corresponde, obviamente”. ¿Con quiénes, en cambio, ni siquiera hace el esfuerzo de discutir? “Con el kirchnerismo y con muchos peronistas no kirchneristas. Con gente que no tiene ningún rigor científico no me interesa debatir.

Parte de la decadencia argentina tiene que ver con haber transformado a la Economía, que es una ciencia, en un chamuyo tercer-mundista. La Economía integra el Olimpo del Nobel. Entonces, está mucho más cerca de las ciencias duras que este chamuyo de la justicia social y la redistribución del ingreso. Por eso, en parte, al país le va mal. Con gente que considera que la Economía no es una ciencia sino el campo de batalla entre burgueses y no burgueses, entre proletarios y explotadores, no debato. El peronismo (ni hablar su versión kirchnerista) está muy cerca de esas cosas. No me interesa ese debate: es discutir peras con manzanas”.

¿Hasta qué punto es buena la exposición mediática para un economista profesional? “Depende de lo que uno diga. Cómo lo hace, con qué lo sostiene… Para un (Aldo) Pignanelli, que dijo que viviría borracho varios días si el blanqueo superaba los u$s 100 mil millones, es un pelotazo en contra”, analiza.

Sin embargo, asegura que, pese a su frecuencia de aparición en pantallas, auriculares y páginas, lo invitan a muchos más programas de a los que va. “Elijo. El estilo circo romano no me gusta. Quiero poder expresarme, debatir. No el show. Probablemente, esa manera de enfocar mi aparición en televisión, a mi cliente no le signifique una molestia. En cambio, si me metiera en el circo
romano, o fuera a C5N y CN23 a pelearme con todo el mundo, habría tenido problemas”, dice.

“Sé que tengo una imagen de seriedad. Alguno creerá que es dureza. Me gusta esa postura personal que puede tener toques divertidos, freakies, frases salvajes. Pero, ante todo, hay un estudio muy serio de todo lo que hago. El libro es una prueba: son 20 años de pensar cosas y, además, con un banco de datos gigantesco que se aporta. Profesionalmente, soy ése. Ergo, todo lo que hago, equivocado o no, tiene ese tinte”, se define, para justificar por qué, antes de aceptar una invitación a un programa, pregunta todo: cuándo participará, cuánto tiempo, con quiénes, sobre qué hablará.

“Me cuido mucho. No me gusta ir a parar a lugares donde terminás a los gritos. Lo experimenté una sola vez y dije: nunca más”. Fue en agosto de 2014, en el set de C5N. Terminó cruzado con Agustín D‘Attelis, referente económico K, en un territorio hostil. “Hubiera venido Piñón Fijo y era exactamente lo mismo”, lo chicaneó el entonces asesor de Axel Kicillof y varios senadores del Frente para la Victoria, quien calificó a la intervención de Espert como “show y payasada”. “Che, zángano, ¿cuál es el show?”, replicó él. “No sabés sumar ni restar. Vivís hablando pavadas”, agregó. “Imbécil”, “descerebrado”, “cagador”, algunas de las municiones con las que completó su descarga, que incluyó amenazas de pelea con uno de los anfitriones del programa. “¿Vos trabajás para los fondos buitre?”, lo inquirió D‘Attelis. “¿Vos sos violador de menores?”, contraatacó, rápido, Espert.

“Ese programa me llevó a decir: ‘Esto no es lo que quiero para mí’”, reflexiona hoy, sobre el ingrato episodio.

DURO POR FUERA

Se había resistido, durante años, a escribir. Un amigo íntimo suyo, actual ejecutivo de Unilever en Colombia, le insistía con la idea. Campaña a la que, más recientemente, se había sumado Mercedes, su mujer. “Tiendo a no subestimar ninguna tarea. Probablemente, al contrario: las sobrestimo. Sabía que escribir un libro era un esfuerzo ciclópeo. No era que no tuviera ganas de hacerlo porque siempre fui un animal de trabajo y estudio. Pero le tenía demasiado respeto”, expone las razones de su renuencia. Había, además, otra restricción.

Durante 20 años, por mi participación en los medios, me acostumbré a responder o escribir corto y rápido. Y me preguntaba: ‘¿Cómo le doy volumen a mis ideas, que, en el fondo, son muy simples?”, señala. Sin embargo, hubo un factor que detonó la decisión. “Vos tenés que escribir un libro”, lo abordó Gonzalo Garcés, director de Galerna, el año pasado, durante el cumpleaños de Fernando Iglesias. “Lo dejé pasar. Mucha importancia no le di. Pero me dejó la inquietud: ya no era un amigo el que me lo pedía, sino un editor. Algunos días después, terminé juntándome con él”, recuerda Espert. Después le contó a Mercedes que había tenido esa reunión. “Jose, tenés que hacerlo. A mí no me podés decir que no”, lo condicionó ella, sabedora de que, para él, sus deseos eran órdenes. Fue un punto de no retorno. “Al pedírmelo ella, ya no hubo marcha atrás… Tengo adoración por Mercedes. Si me pidiera la Luna, algo haría para bajársela”, confiesa, despreocupado de que se resquebraje su coraza de aguerrido paladín de la apertura económica y el libre comercio. Tierno… ◆