Cristina y Pedro Picapiedras (*)

Otra vez Argentina vuelve a cerrar su economía a la competencia importada y como pocas veces en el pasado, hay una gran preocupación en los demás sectores, hasta de la propia industria que exporta, por los faltantes de insumos que puede haber, las adicionales subas de precios que podrían desencadenarse y las potenciales represalias de los países afectados por nuestras medidas de limitación a las importaciones.

Lo increíble de este nuevo "apriete" sobre el comercio exterior es que se produce en un momento en el cual la industria que compite con las importaciones, única beneficiada por la medida, experimentará su noveno año consecutivo de crecimiento a tasas chinas del 10%, no hay ninguna amenaza sobre los pocos puestos de trabajo que genera (es muy capital intensiva), sus ganancias empresariales de hoy jamás fueron vistas en décadas, no hay ningún estrangulamiento de nuestro comercio exterior, no hay escasez de divisas y si bien el tipo de cambio se está atrasando, es por culpa de la alta inflación en dólares. Esta es la otra cara de la moneda del inflador que el gobierno le mete a la demanda interna (de consumo e inversión) por hacer volar el gasto público y porque el BCRA aplica una política monetaria tan laxa, que lleva a que los bancos paguen bajísimas tasas de interés por los depósitos a plazo fijo que captan de la gente. Y por si lo anterior fuera poco, en el pasado, la industria sustitutiva de importaciones fue la principal beneficiaria de décadas de promoción industrial y un banco de desarrollo como el BANADE (bastante mal utilizado por cierto) ¿Cuándo va a estar en condiciones de competir con el mundo sin prebendas?

Puede ser que esta vez, el móvil oficial no confesado, es que nuestra balanza comercial en 2011 podría caer a la mitad de los u$s 12.000 millones de 2010, llevándonos muy cerca del déficit de cuenta corriente de balanza de pagos (adiós a los gemelos porque ya hay déficit fiscal). Pero esto es consecuencia de la propia política kirchnerista de "vivir con lo nuestro", no hay nada más (ni nada menos) que eso y además, de ninguna manera la situación de divisas derivada de la política oficial de inflar sin pausa la demanda interna (por más absurdo que sea), es crítica.

En realidad, una aproximación más de fondo a la verdaderas motivaciones de la medida, es que en Argentina, desde hace casi un siglo (Primera Guerra Mundial) y a pesar que sus consecuencias han sido muy negativas (en el período, hay pocos ejemplos en el mundo de tanto deterioro económico relativo como el nuestro) ha elegido el camino de comerciar lo menos posible con el mundo y en el límite, vivir en autarquía (por ejemplo, en el último medio siglo son excepciones la Tablita de Martínez de Hoz y la convertibilidad, juntas no suman más de 12 años). La idea es industrializarnos pero no como lo han hecho correctamente otros países como Chile y México, en base al comercio libre, sino en función de la sustitución de importaciones, o sea, comprar afuera, lo menos posible, sólo lo que no se produzca fronteras adentro. Cualquier circunstancia es propicia para redoblar la apuesta sobre ese camino. Si la excusa no se da en la realidad, se la inventa, como hoy, de manera de seguir cebando la bomba de algo arcaico, decadente y retrógrado, como tratar de industrializarnos y desarrollarnos en base a la sustitución de importaciones.

La idea del industrialismo "a la argentina" consiste en cerrar todo lo que se pueda la economía a la competencia importada y que el agro tenga una rentabilidad mínima para que haya alimentos baratos que aumenten el salario real y las masas urbanas tengan mayor capacidad de comprar bienes industriales. También exige que se graven las exportaciones de energía y otros insumos industriales, para que la industria tenga costos bajos y pueda "agregar valor". Y demanda que se controle el sector financiero, para que haya tasas de interés que permitan el financiamiento barato de la industria o el financiamiento del consumo de bienes industriales. También controla las tarifas de servicios esenciales para evitar la reducción del salario. Total, los subsidios que hay que pagar para que no haya que vivir con velas, lo financian la recaudación récord que generan los términos del intercambio (también hoy en récord histórico) y el impuesto inflacionario que genera el gobierno.

Si la gente, a la cual el gobierno dice defender del deterioro distributivo, tiene que pagar fortunas por una remera de algodón, un par de zapatos, una batería, una computadora portátil o los artículos para el hogar en general, debido al mayor proteccionismo comercial, no importa, se está defendiendo lo que es "nacional y popular". Al oficialismo no le importa las ganancias rentísticas (por la falta de competencia) que genera el cierre de la economía a la competencia importada. Sí le importa que ni el campo ni la industria exportadora las tengan (debido a la suba de los precios internacionales de nuestros productos de exportación). Por eso la parafernalia de derechos de exportación, cierres de registros de exportación y prohibiciones para exportar. Para quedarse con esa renta y administrarla "a piacere". En el mundo K hay hijos y entenados: la mesa tiene que estar servida sólo para la industria que compite con importaciones.

Por eso también el gobierno argentino ha levantado su voz este fin de semana contra el intento (absurdo) de las grandes potencias mundiales de poner límite a la suba de los precios de los alimentos (generaría más escasez). A la Rosada no le preocupa el empobrecimiento de millones de personas que trae aparejada la supuesta "timba alimentaria" (término utilizado por la Presidenta en 2008). Quiere seguir quedándose con el aumento de los precios de los alimentos vía impuestos para gastarla domésticamente como le plazca. Si le importara algo la pobreza en el mundo, más allá de lo discursivo, no dificultaría la producción de alimentos fronteras adentro como ocurre desde hace 8 años, cuando somos un país que podría ser potencia alimentaria mundial. Debería dejar en paz a la producción agropecuaria y luego, para evitar más pobres en el país por la supuesta especulación mundial sobre los alimentos, tendría que gastar en subsidios a los pobres (o regalarles los alimentos) parte de los más de $500.000 millones que recauda por año que, dicho sea de paso, el común de los mortales no los ve (bueno sí, en La Plata tenemos el único estadio de fútbol techado de Sudamérica). Hoy, aún con la guerra contra el campo que el gobierno ha hecho (en particular desde 2008), para servir a precios razonables la mesa de los argentinos, los alimentos está recontracaros ¿Por qué no prueba una estrategia distinta?

El rechazo hacia el proteccionismo industrial que surge de estas líneas por el atraso que nos ha traído, no implica de ninguna manera, validar por descarte, las desastrosas aventuras de endeudamiento externo como fueron el plan de Martínez de Hoz y la convertibilidad que atrasaron tanto el tipo de cambio que no sólo desapareció la industria que sustituye importaciones (la única que cuenta para el kirchnerismo gobernante) sino que también entraron en crisis la industria que exporta, el campo y el turismo. Las aperturas de las economías hay que hacerlas de manera consistente. Si bajamos algo los aranceles a la importación como fue la aparición del Mercosur, no se puede atrasar el tipo de cambio como lo hicieron Menem y Cavallo durante los ´90 porque después la apertura al comercio va a durar lo que un suspiro. Justamente es lo que pasa hoy, momento en el que ni siquiera tenemos libre comercio con Brasil (cosa que debería de haber ocurrido en 2005) en una clara violación del espíritu del Tratado de Asunción de 1991 y nos peleamos con China porque no paramos de ponerle medidas antidumping luego que la declaramos economía de mercado a fines de 2004 cuando Néstor Kirchner alucinaba con recibir más de u$s 20.000 millones de "chinodólares".

Obvio que hay países industriales con altos niveles de vida que se protegen de algunas exportaciones que son sensibles para nosotros (no para el gobierno de Cristina Kirchner), pero siguen siendo economías muy abiertas al comercio. Además, entre otras cosas, la experiencia internacional de los países emergentes exitosos, es contundente. Todos han apostado al libre comercio de manera unilateral (Chile en los ´80) o dentro de áreas comerciales (México con el NAFTA a mediados de los ´90), en vez de usar las herramientas proteccionistas que permite la OMC al máximo posible como nosotros hoy. Esto generará ganancias rentísticas extraordinarias en los sectores que el gobierno quiere proteger, cuando se las niega al campo, a la industria exportadora y al turismo. Nadie debería tenerlas, el libre comercio es la solución y una herramienta clave para el progreso.

(*) Publicada en lanacion.com el Lunes 21 de Febrero http://www.lanacion.com.ar/1351554-cristina-y-pedro-picapiedras