Hay que cambiar el modelo

11 Ene
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La Argentina del modelo productivo nacido en 2002 va rumbo a una nueva frustración. ¿Y van…? Ya se discute cuánto caerá la actividad económica este año, cuántas reservas perderá el BCRA, qué devaluación tendrá el peso, cuánto conflicto social habrá, y otra vez está en duda si pagamos la deuda a pesar de la tan mentada estrategia oficial de desendeudamiento.

Siendo la Argentina un país chico, que tiene todo para crecer y estando incluida la pobre Africa dentro de la economía planetaria, no puede ser que nuestra tasa de crecimiento, en los más de 60 años que van desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, haya sido de un paupérrimo 2,8% anual, mientras que el globo lo haya hecho al 4 por ciento.

¿Cuáles son las causas de una performance tan pobre? ¿Qué podemos hacer para cortar con este maleficio de auges y caídas con Norte en la decadencia?

En primer lugar, tenemos un rechazo de piel a la competencia comercial con el resto del mundo. Salvo por los atrasos cambiarios salvajes de Martínez de Hoz, entre 1979 y 1980, con la "tablita", y de la década menemista, entre 1989 y 1999, que "abrieron" tanto la economía que se fundió la industria y también el campo y el turismo, si hay algo que imperó entre nosotros en el último medio siglo es la autarquía comercial -a través de aranceles a la importación inauditos, mezclados con prohibiciones para importar- con el gastado argumento de la industria naciente. Proteger y encapsular para crecer. Casi todo un oxímoron.

La experiencia internacional de los países que han hecho correctas aperturas al mundo (baja de aranceles con devaluación) muestra que contar con una economía bien abierta es crucial para lograr las tan ansiadas ganancias de productividad que, a su vez, son claves para el crecimiento económico en el largo plazo. Es la competencia la que hace a los países más eficientes y concentrarse en lo que mejor hacen. No es a través del subsidio, la protección y la promoción que algún día seremos ricos.

Segundo, la educación colapsó. Cuando vemos los bochazos masivos en los exámenes de ingreso en las universidades y los cada vez más frecuentes problemas de comportamiento de los alumnos en la escuela, queda claro que estamos frente a un problema. Por otro lado, el Pisa ( Programe for International Student Assessment ), que es un examen internacional que se realiza cada tres años y evalúa en alumnos de 15 años los conocimientos y las habilidades necesarias para la vida adulta en ciencia, lectura y matemáticas, en su edición de 2007, arrojó resultados alarmantes.

En ciencia, quedamos en el 7º peor lugar entre un total de 57 países que participaron y también en el 7º peor lugar entre los 27 países emergentes. En lectura fuimos el 4º peor en ambos grupos, y en matemática 6º y 5º peor, respectivamente. Nada para festejar, salvo nuestra reinserción en estas pruebas de las cuales nos alejamos con la crisis de 2001. El camino debería ser continuado con la eliminación del estatuto docente, concentrar el financiamiento público en la educación básica y aumentar la exigencia a través de exámenes nacionales que sean determinantes de la promoción escolar.

Y sin desmerecer la importancia de tener buenas instituciones, el factor (tercero) explicativo más importante del paupérrimo crecimiento y del gran salto de nuestra volatilidad macro (grandes caídas seguidas de abruptas recuperaciones), desde el Rodrigazo del 1975 hasta ahora, es un gasto público que al crecer casi sin pausa provocó hiperinflaciones, confiscaciones de depósitos, rupturas de contratos y varios defaults de la deuda pública.

De 1961 a 1973 promedió el 20,5% del PBI. Saltó al 26,2% del PBI entre 1974 y 1989. En el cenit de la convertibilidad en 1999 llegó al 28,5%. Bajó al 24,7% del PBI en 2002 y luego los Kirchner lo pusieron sobre un avión a chorro y lo llevaron hasta el récord histórico del 32% del PBI. Para que quede más claro el desastre fiscal del matrimonio santacruceño: en 2002 las erogaciones del Estado eran de $ 77.000 millones y, en 2008, fueron 330% superiores para situarse en 330.000 millones de pesos, todo un récord.

Las economías emergentes de alto y sostenido crecimiento muestran estados pequeños, con baja participación de los impuestos y del gasto público en términos del PBI y exiguos déficit fiscales y, a veces, hasta superávits. Acá, hasta la hiperinflación de los 80, tuvimos déficit fiscales promedio de casi un 6% del PBI (más que EE.UU. en ese período) y desde 1990 hasta ahora fueron de menos del 1%. En parte por eso es que desde la convertibilidad hasta hoy hemos crecido al 3,6% en promedio anual, por encima del 2,3% del período 1950-1990.

Aún queda mucho por hacer. La hiperinflación de fines de los 80 puso de manifiesto la dificultad para continuar dándole a la maquinita de la emisión para financiar el gasto público y los desaguisados fiscales. El default de 2001, la pesificación de 2002, la reestructuración de la deuda de 2005 y el nuevo default desde enero de 2007 por las mentiras que Moreno comete desde el "Indek" con la inflación eliminaron por mucho tiempo la posibilidad de emitir deuda con alto seniority en el mercado mundial de capitales para aumentar el tamaño del Estado.

Luego los Kirchner aprovecharon el fenomenal shock favorable de términos del intercambio de los últimos seis años para aumentar el gasto público financiado con más impuestos: la presión impositiva sobre los que están en blanco hoy es un récord histórico de 48% del PBI, similar a Europa. Pero baja a 33% del PBI si incluimos el valor que agrega la economía informal, o sea, los que no pagan impuestos.

Pero como ya no alcanzaba ni con una presión impositiva salvaje, el gobierno de Cristina Kirchner inauguró en 2008 la etapa confiscatoria. La idea fija es la de siempre: gastar más, más y más. Ya sabemos que la primera estación recorrida fue un fracaso. Las retenciones móviles fueron bochadas por el Congreso en julio pasado, pero el Gobierno, ni lerdo ni perezoso, el Día de la Madre les robó a millones de argentinos los ahorros que estaban haciendo para su vejez en el sistema de capitalización, al eliminar las AFJP.

Achicar el peso del sector público (bajando el gasto nominal) en la economía es un imperativo que debería hacerse sin demora. Es muy difícil crecer cuando la burocracia, el clientelismo, el amiguismo, la vagancia y la corrupción política se llevan casi la mitad del valor agregado del sector eficiente de la economía que es el que está en blanco.

En resumen, el camino por tomar debería ser el de Chile, Australia, Irlanda, en vez de tratar de ser una "Venezuelita" al insistir en la misma cicuta que hemos probado durante tantas décadas: autarquía comercial, subeducación y gasto público e intervencionismo estatal destructivos del sector privado no clientelista o eficiente.