Nuevos flujos

El inicio de los noventa estuvo marcado por un contexto internacional sin precedentes para las economías emergentes. La tasa de interés en Estados Unidos (Fed Funds) pasó de 9,8% en mayo de 1989 a menos de 3% hacia fines de 1992, que en términos reales equivalían a un 4,6% y -0,2% respectivamente. La economía mundial comenzaba a crecer luego de la recesión de 1991 y los precios de los commodities iniciaban una tendencia alcista que se prolongaría hasta fines de 1996. Fue una época de gran liquidez mundial, en que los inversionistas internacionales buscaban nuevos mercados, luego de que la crisis de los Save and Loans pusiera en jaque al sistema financiero estadounidense.

Al mismo tiempo, en América Latina se llevarían a cabo una serie de reformas promercado que surgieron como la única “cura” a la situación de crisis económica permanente que muchos de estos países sufrieron durante las décadas del 70 y 80: liberalización de las restricciones a los movimientos de capitales, de las tasas de interés, apertura de la economía, privatizaciones, desregulaciones en las transacciones internas y la firme promesa de dejar de emitir moneda para financiar los déficits fiscales. No que olvidarse que Argentina, Brasil y Perú venían de sufrir largos procesos de inflaciones siderales.

Este cambio en casi toda la región provocó un exagerado optimismo en los capitales foráneos que hizo posible el buen desempeño económico durante el primer lustro de los noventa. Sin embargo, no todo había cambiado para bien. Existían todavía muchos indicadores macroeconómicos que sugerían debilidad y serios problemas en el futuro: grandes déficits en cuenta corriente, elevado endeudamiento externo, bajas reservas internacionales en comparación con sus pasivos externos de corto plazo y déficit fiscales. La seguidilla de crisis latinoamericanas desde el Tequila en adelante fueron una clara demostración de ello y causa también de una nueva frustración en nuestras golpeadas sociedades.

El presente es un mundo emergente post globalización financiera de los ´90. Y nuevamente el contexto internacional que enfrenta es extremadamente favorable, incluso, mejor que a inicios de los noventa. La economía mundial no para de crecer a tasas de más del 4% y viene de tocar en 2004 un récord de 5.1% en los últimos 30 años. Lo mismo para los commodities que, aún excluyendo petróleo, han subido más del 70% desde principios de 2002 tocando máximos en los últimos 20 años. Por su parte, la tasa de interés americana, si bien está subiendo, viene de 3 años de ser negativa en términos reales y todavía no supera el 1%.

Además, las bajas tasas de interés internacionales permitieron que los flujos de capitales hacia los emergentes aumentaran significativamente mientras los precios de los commodities (excluyendo el petróleo) alcanzaban máximos histórico gracias a la creciente demanda de China e India. Sin embargo, América Latina no recuperó la afluencia de capitales de la década anterior y continúa perdiendo participación en las corrientes mundiales de inversión extranjera directa. Los ingresos que recibirá este año son la tercera parte de los que recibió en 1998. Las dos principales razones para explicar esto están en la mayor competencia de otros países emergentes, principalmente Europa del Este y en el viraje hacia la izquierda y el creciente número de gobiernos populistas en nuestra región.

La mayoría de los países emergentes mejoró sus indicadores de liquidez y de solvencia respecto de un año benchmark en la etapa de globalización financiera como fue 1996. Los déficit en cuenta corriente han sido reemplazados por superávit, las deudas externas han bajado, la solidez de los bancos centrales ha mejorado notablemente y las cuentas públicas están menos desequilibradas. Con esto, no debería sorprender que los ingresos de capitales a emergentes ya alcancen los u$s 320.000 millones de 1997, récord en la década pasada según datos del IIF (Institute of International Finance).

Si durante los ´90 América Latina pudo captar muchos capitales extranjeros no sólo fue porque tenía una menor competencia por parte de otros países en desarrollo sino también porque las reformas estructurales implementadas generaron un optimismo desmedido. Luego de las crisis emergentes de fines de la década pasada, la mejora en los fundamentals macroeconómicos se volvió una condición necesaria pero no suficiente para atraer capitales. Muchos países de nuestra región iniciaron una contrareforma noventista y están yendo hacia atrás con los logros alcanzado hace diez años de mercados con alguna libertad, privatizaciones y un poco de apertura al comercio.

El error es atribuirle a éstos la culpa de nuestros males y no a los grandes desequilibrios macroeconómicos, sobre todo fiscales, que persistieron en lo ´90. Hoy, a pesar de tener mejores indicadores macro, estamos perdiendo importancia como destino de los capitales mundiales. Desafortunadamente para nuestros gobernantes, para crecer sostenidamente no basta con hacer algo bien, hay que hacer todo bien. O sea, buenos fundamentos macro, reformas promercado y dotar de instituciones a países que todavía, a veces, parece que viven en estado salvaje.