El Precio del éxito

La exitosa presentación del canje de deuda disparó la carrera política del ministro. Las internas del Gabinete y su competencia con el presidente Kirchner.

Él lo sabe. Su familia lo sabe. Sus colaboradores más cercanos lo saben. Roberto Lavagna quiere irse del Ministerio de Economía. Y su idea es salir hacia arriba. No hacia el techo del Palacio de Hacienda: hacia la Presidencia de la Nación. El 76,07 por ciento de aceptación del canje de deuda que consiguió entre los bonistas de la Argentina y del mundo es la nota que podrá exhibir en su boletín cuando decida enfrentar al presidente Néstor Kirchner, el rival que aparecerá como inevitable. Ese número y el logro de haber encaminado una economía que hace rato venía en caída alcanzaron a dar vuelo político al hombre menos kirchnerista del Gobierno y el único del Gabinete que compite con los índices de popularidad del sucesor de Eduardo Duhalde.

Lavagna pasó su fin de semana de gloria encerrado en su casa de Núñez. Allí se ocupó de recibir personalmente los informes que le llegaban desde los bancos extranjeros que implementaron el canje. El ministro quería tener en su mano los últimos datos sobre los intercambios de bonos para conocer en detalle las cifras que anunció el jueves 3, acompañado por Kirchner. Con ese encierro, rompió una costumbre familiar que había implementado desde que regresó de sus vacaciones en Cariló: visitar con su mujer Claudine la chacra que compró en Cañuelas y que están reformando con dedicación de propietarios recientes. El jefe del Palacio de Hacienda mantuvo su perfil bajo hasta el día del acto en la Casa Rosada. Su estrategia fue presentarse como un hacedor sereno y no como un defensor histérico de las políticas oficialistas. Esa fue la marca de diferenciación que eligió para posicionarse en el Gabinete desde la llegada de Kirchner a la Casa Rosada: un administrador preocupado por balancear las necesidades del empresariado y de la política.

Aunque mucho tienen que ver sus características personales, la elección de Lavagna no es desinteresada. Los ministros de Economía poderosos siempre tendrán que lidiar el modelo que impuso en los 90 Domingo Cavallo, quien terminó disputando uno a uno los espacios de poder con Carlos Menem, el presidente de entonces. Los choques entre Menem y Cavallo comenzaron cuando la Convertibilidad transitaba por sus mejores momentos. Ese es el síndrome Cavallo: el éxito de un plan económico fortalece al presidente y a su ministro, pero a la vez genera disputas por el copyright de la idea. Kirchner y Lavagna reproducen con fidelidad ese esquema, y los dos lo saben. Los experimentos de decolaje del ministro coinciden con los intentos del Presidente por minimizar los presuntos poderes mágicos del funcionario. Es casi un detalle estético, pero algo de eso sucedió en la presentación de los resultados del canje. Allí, en lugar de sentar a Lavagna a su lado, Kirchner prefirió rodearse de Daniel Scioli y de las autoridades del Poder Legislativo. Además de dejarlo en la punta de la mesa, el Presidente no resaltó los méritos de Lavagna y equiparó su contribución a la del jefe de Gabinete y los gobernadores.

LA PERCEPCIÓN de Roberto Lavagna por parte del ambiente económico y empresario reconoce dos etapas bien diferenciadas. Durante el primer año de gestión no gozó del respeto de aquello que se conoce como el establishment, hasta que los buenos resultados económicos fueron torciendo esa percepción. Desde el mercado financiero, donde está lejos de ser una persona querida, se había puesto en duda su aptitud y también la de su secretario de Finanzas, Guillermo Nielsen, al punto de que algunos periodistas quisieron imponer esa idea mientras alertaban sobre la vuelta de la hiperinflación. Pero Lavagna cambió esa percepción con gran cintura política y poniéndose firme en el control del gasto. “El gran mérito de Lavagna es ser el artífice de la recuperación 2003-2004. Además del apoyo político que seguramente ha recibido de Kirchner, porque ningún técnico hace nada sin el apoyo político de su presidente”, dice José Luis Espert, uno de los economistas anatematizados por el patagónico.

Según Espert, la ortodoxia fiscal que Lavagna llevó a cabo fue central a la hora de entender por qué la hiperinflación no vino cuando todo el mundo la estaba esperando, después de la devaluación de 2002. “Que eso no ocurriera, cambió las expectativas dramáticamente y provocó la recuperación. Los méritos de Lavagna son haber aprendido la lección de que en la Argentina con déficits fiscales no se puede discutir nada y haber revertido 50 años de desastre fiscal”, afirma el consultor.

Lo que sí se nota hoy es el resultado del canje, un proceso que terminó por consolidar la imagen positiva del ministro de Economía y su equipo.

“Nadie creía que iba a conseguir semejante éxito con el canje y ahora todo el mundo se saca el sombrero. Lavagna es el tipo que negoció la deuda como un patriota y nunca se bajó los pantalones”, dice un viejo analista del mercado. “Lavagna se plantó en las suyas. Fue muy duro pero muy habilidoso. Claramente ha hecho un trabajo sobresaliente y hasta creo que le tapó la boca a Prat Gay”, reconoce el especialista. La mención al ex presidente del Banco Central se refiere a la propuesta que el joven economista le había elevado al Presidente para hacer un pago en efectivo a los acreedores que facilitara la aceptación del canje. Ese proyecto le costó la cabeza a Alfonso Prat Gay y determinó su reemplazo por Martín Redrado.

Para el economista Eduardo Curia, a Lavagna le cabe la consideración de haber encaminado el nuevo modelo económico. “Lavagna tiene la virtud de encauzar y de que se percibieran bien las ventajas del cambio de modelo. Él fue el artífice de la recuperación, aunque puede ser que hayan existido shocks favorables, como los precios internacionales o las tasas, pero ahora tenemos una estructura más sana, que tiene más margen de maniobra para enfrentar los shocks.” Según el economista justicialista, “a partir de los resultados del canje de deuda, Lavagna es el mejor ministro de Economía de las últimas décadas y por varios cuerpos”.

Pero el proceso no fue un lecho de rosas para Lavagna, quien llegó a presentar su renuncia cuando en noviembre pasado el Bank of New York renunció como colocador de la deuda y adujo que necesitaba más plazo para encarar la negociación. El contratiempo enervó a Kirchner, quien pidió la cabeza del secretario de Finanzas, Guillermo Nielsen, el encargado de seguir el día a día de la propuesta argentina para salir de la cesación de pagos. Lavagna sintió que, al tocar a alguien de su equipo, lo estaban afectando a él y presentó su renuncia. Consciente del efecto negativo de una salida de Lavagna en pleno proceso de reestructuración, el Presidente decidió no cortar ninguna cabeza con tal de conservar al ministro.

La última crisis sucedió a fines de enero, cuando a Nielsen se le ocurrió pedir perdón a los bonistas italianos. “Quiero pedir disculpas en nombre del Gobierno y del pueblo argentino a las personas que en Italia están sufriendo por los bonos impagos”, declaró Nielsen el miércoles 19 de ese mes en Milán. Con esas declaraciones en la prensa, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, quien se encontraba de gira en París junto con Kirchner y Lavagna, salió a desautorizar al funcionario de Economía. Nielsen no dudó un instante. En secreto, el 20 se tomó un avión a París para desayunar con Lavagna. Bien lejos de los periodistas, Nielsen pidió aclaraciones a su jefe. ¿Es verdad que el Presidente se había enojado con él? ¿Debía renunciar? El ministro lo tranquilizó. “Quedate tranquilo. Esas son cosas que hace Alberto”, le dijo a su subordinado.
Esa combinación de conflictos internos y aplausos externos es lo que provoca en Lavagna unas ganas casi irresistibles de cerrar la puerta del Ministerio de Economía en la nariz de Kirchner. Con la cifra del canje de deuda dentro de los libros de récords, Lavagna se siente con el poder suficiente como para planificar su carrera política sin tener que pedir permiso a su jefe directo. Por si acaso, para que no queden dudas de que piensa cuidar con esmero la quintita que sembró en los últimos meses, el lunes se apuró a mandar una señal visible para todos sus colegas del Gobierno. Lavagna le negó un aumento a los empleados de la Anses, que reclamaban un incremento en sus salarios del 16 por ciento. “No hay nada”, dijo el ministro con la cara inexpresiva que pone cuando tiene que negarse a algo. El argumento que dio dejó al descubierto cuál es su principal preocupación para los meses que siguen al canje de deuda: la inflación. Lavagna sabe muy bien que los aumentos de 1 por ciento en cada uno de los meses de verano en los precios minoristas caen muy mal en el bolsillo de la clase media argentina, la franja en donde su figura recolecta la mayor cantidad de simpatías.

La salida del default hizo mucho por elevar el sex appeal de Lavagna. Según datos encargados por el Gobierno a la Consultora Equis, de Artemio López, la imagen positiva del ministro entre los habitantes de la Capital Federal llegaba al 51,7 por ciento antes del canje. Con los datos del operativo ya difundidos, esa misma cifra trepó a 63,6 por ciento, un número del que pudieron disfrutar muy pocos ministros de Economía en la historia nacional. El mismo estudio de Equis postula que si Lavagna decidiera presentarse como diputado nacional en las elecciones de octubre –algo que no pasa por su cabeza– conseguiría el 30,1 por ciento de los votos. A los ojos de López, la opositora Elisa Carrió, la segunda de la lista, conseguiría el 24,1 por ciento de las boletas con su nombre en la urna. Mauricio Macri, el hombre que en principio sería uno de los competidores más duros en el nicho electoral de Lavagna, conseguiría 17,6 de las adhesiones, casi la mitad de los del superministro.

SIN EMBARGO, la idea de irse ya mismo choca con dos obstáculos políticos. Uno es que de aquí a 2007 quedan más de dos años y que –además– en octubre de 2005 habrá elecciones legislativas. Nada le seduce menos al ministro que presentarse para un cargo legislativo, pero si renuncia antes de ese turno electoral es imposible que su salida se produzca sin ruido. La especulación más rápida será que Lavagna piensa en presentarse como candidato a diputado por la Capital Federal, un título que para cualquier ministro del Gabinete suena más a castigo que a premio. Lavagna tenía un plan que dejaría sin sustento a esa teoría. Su idea era irse uno o dos meses después del canje para recalar en algún organismo internacional.

Allí le surgió la segunda barrera. Poco antes del verano, al Ministerio de Economía habían llegado mensajes desde varios gobiernos de América latina, en los que prometían apoyar la candidatura de Lavagna para dirigir el Banco Interamericano de Desarrollo. En las últimas semanas, ese plan se cayó. Y Lavagna no fue quien lo tiró abajo. La señal que llegó decía que ese apoyo no es tan firme ahora.

Por eso, el ministro fantasea con dejar su cargo casi en silencio luego de las elecciones y comenzar a instalarse como candidato a presidente en 2006. Ese es el proyecto que deslizó entre sus íntimos en los últimos días, cuando se convenció de que los números de la operación del canje iban a provocar más festejos que condenas.

Mientras tanto, para alargar el placer que le otorgan sus horas de fama, ya tiene en mente que dedicará su Semana Santa al relax. Planea irse con su mujer bien lejos de Buenos Aires, aunque ya adelantó que prefiere no salir del país. Algo está claro: su casa en el bosque de Cariló quedará vacía esta vez. En su viaje, el ministro podrá dedicar tiempo a la lectura de los best sellers de misterio que lo apasionaron en el último año. Al tope de su lista de preferencias quedaron “El Código Da Vinci”, de Dan Brown –aunque no le gustó “Ángeles y demonios”, su nuevo libro– y Assassini, de Thomas Gifford. Allí, entre asesinatos e intrigas escondidos en rincones perdidos de la historia universal, el ministro encuentra su consuelo: los conflictos y las internas en la Casa Rosada aún no llegaron a tanto.


Enemigos íntimos

El eskrache a los gurúes

Sonrió realmente complacido. Las irónicas referencias que el presidente Kirchner acababa de hacer al grupo de economistas de extracción liberal que atacaron su gestión despertaron su única gran sonrisa en una jornada soñada para él. Aunque es probable que Lavagna haya sido uno de aquellos que aconsejaron al Presidente no mencionar los nombres de quienes habían presagiado problemas con el canje, no se privó de disfrutarlo. Tal cual lo había hecho tres días antes, y luego de una introducción muy moderada en la que el patagónico se enfocó en la importancia del resultado obtenido, pasó revista a los pronósticos –según él agoreros– de economistas como Jorge Ávila, Manuel Solanet, José Luis Espert, Pablo Guidotti, Miguel Kiguel, Julio Piekarz y Daniel Artana.
Todos estos economistas habían criticado la postergación del proceso de canje originalmente previsto para el 29 de noviembre y luego postergado para el 17 de enero, como consecuencia de la deserción del Bank of New York, más tarde recontratado. También objetaron el rumbo económico y el discurso oficial, pero ninguno de ellos pronosticó abiertamente el fracaso del proceso de reestructuración de deuda.
En declaraciones al diario “La Nación”, Daniel Artana, economista de FIEL, respondió a las acusaciones del Presidente y negó que hubiera augurado un fracaso de la operación de canje. Artana recordó que Fernando Navajas, otro de los economistas de la entidad, consideró en octubre de 2004 que el nivel de adhesión llegaría al 80%, mientras que él mismo había considerado que llegaría al 70%.

Otro de los que se sintió tocado por las declaraciones del Presidente fue Manuel Solanet, quien escribió una carta de lectores en la que negó responsabilidades en el aumento de la deuda y el default. Sin embargo, el economista aceptó que su pronóstico sobre el nivel de aceptación se había quedado corto. “El porcentaje ha sido más elevado de lo que yo preveía. Lo reconozco como una deficiencia de pronóstico, pero además con alivio. Sin embargo, no es para brindar y festejar. El récord Guinness al que aludió el Presidente no es de los que prestigian. Miles de inversores genuinos han sido afectados en la Argentina y en el exterior”, escribió.

De todos modos, Solanet no fue el único a quien sorprendió el alto nivel de aceptación. Hasta se podría decir que el propio Lavagna no previó semejante éxito cuando aseguró que se conformaba con un 50% de aceptación. La suba en las tasas de interés de corto plazo decretadas por Alan Greenspan hicieron pensar que las tasas de largo plazo también subirían.

Esto no solo no ocurrió sino que además las tasas bajaron con lo cual los intereses ofrecidos por la Argentina a quienes ingresaran en el canje se hicieron mucho más atractivos y algunos rendimientos mejoraron hasta un 50%. “Esto no lo entiende nadie, ni siquiera el propio Greenspan”, dijo José Luis Espert, refiriéndose a las declaraciones vertidas a mediados de febrero por el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos.

Mientras tanto, con el otro presidente, el pronóstico es que las acciones de estos economistas no acompañarán el boom bursátil que precedió a la salida del default.