El error del fracaso

Llama poderosamente la atención que estemos presenciando denuncias de invasiones de exportaciones brasileñas a Argentina en determinados sectores cuando la devaluación ha hecho que los costos laborales unitarios en dólares en la industria argentina hayan caído un 60% en relación a 1997, mientras que en Brasil cayeron sólo un 40%.

Parte de la explicación para el crecimiento vigoroso de algunas importaciones argentinas desde Brasil se puede hallar en el hecho de que han aumentado al triple del ritmo que se ha recuperado el PIB argentino desde el piso del segundo trimestre de 2002.

La otra, en el caso de los electrodomésticos, podría estar dada por alguna política industrial específica de Brasil, que todavía no ha sido suficientemente explicitada por quienes la denuncian desde Argentina. Lo importante en realidad no es mirar esta última escaramuza comercial, sino poner en perspectiva la performance del Mercosur desde su creación, y analizar cuánto de sus deficiencias son ajenas y cuantas atribuibles a propios desastres de política económica en los que incurre Argentina periódicamente.

Es llamativo que el valor del comercio bilateral entre Argentina y Brasil sea hoy apenas un 13% mayor al de 1996, crecimiento muy inferior al observado en el comercio de estos países con el resto del mundo. De todos modos, esta pobre performance dinámica no es simétrica entre los dos principales miembros del Mercosur. Mientras que en la actualidad la participación de las exportaciones argentinas en las importaciones totales de Brasil (15%) se ha reducido en más de un cuarto respecto a 1996 (27%), la importancia de las exportaciones brasileñas en las compras externas argentinas ha saltado de 22% en 1996 a 37% en 2004.

Es incorrecto achacar a supuestas asimetrías macroeconómicas actuales la totalidad de la pérdida de importancia de las exportaciones argentinas en las importaciones de Brasil (recordemos que la industria argentina es hoy en promedio más competitiva que la brasileña). Vale la pena recordar la paradoja de que el comercio bilateral fue superavitario para Argentina durante prácticamente todo el período de atraso cambiario de la convertibilidad argentina en los 90 mientras que hoy, luego de una fuerte reversión de esa apreciación real, estamos observando una balanza comercial bilateral deficitaria para Argentina.

Más bien tenemos que mirar qué ocurre con las exportaciones de ambos países a nivel global. Mientras que las exportaciones globales brasileñas prácticamente se han duplicado entre 1999 y el presente, las argentinas han aumentado sólo un 20%. Entonces, no hay que cuestionar tanto en qué “falla” el Mercosur. Lo que hay que preguntarse es porqué las exportaciones globales de Argentina han crecido tan poco y qué han hecho los brasileños para tener una performance externa tan superior.

Sin duda que la diferencia de performance inversora ha contribuido, pero además en Brasil hay una política de estado de apoyo a las exportaciones (promoción de exportaciones, apoyo crediticio, etc.) que ha tenido un gran peso, mostrando además una gran conducta para no caer en la tentación de imponer retenciones a las exportaciones en un contexto de precios externos favorables.

En cambio Argentina no logra armar un modelo exportador propio. Mientras que se espera que la eventual continuidad de la estabilidad macroeconómica y de la prudencia fiscal eventualmente genere inversiones proexportadoras, al mismo tiempo Argentina da señales microeconómicas para privilegiar el mercado interno (como la brecha entre tipos de cambio de importación y de exportación generadas por la combinación de aranceles y retenciones), y tiene cuestiones irresueltas en materia de financiamiento y de disponibilidad de insumos energéticos críticos. Todas estas consideraciones no implican que no se deba mirar qué puede estar fallando en la microeconomía del Mercosur.

El episodio actual de los electrodomésticos presenta aristas confusas, tanto en cuanto a la legalidad de la aplicación de licencias no automáticas (sólo son admisibles cuando se trate de resguardar la moralidad, la seguridad o el patrimonio artístico, y si el comercio involucra armas nucleares) como en cuanto a los eventuales beneficios de alcanzar acuerdos entre privados para administrar el comercio sectorial bilateral.

En el pasado, las asimetrías cambiarias y macroeconómicas solían llevar a introducir numerosas excepciones al libre comercio bilateral y al arancel externo común, agujeros éstos que han hecho que la unión aduanera sólo tenga de común con la Unión Europea el queso gruyere.

Hoy, en un contexto sin asimetrías cambiarias y macroeconómicas, estaríamos introduciendo una nueva excepción al libre comercio bilateral que sería otro paso más que nos aleja del perfeccionamiento del Mercosur como unión aduanera, perdiendo la poca apertura al comercio que hasta ahora significa nuestro Mercado Común, amén de generar eventuales pérdidas de bienestar a los consumidores argentinos. Así, cada nuevo acuerdo de integración que Argentina logre (con México, con India, con Sudáfrica o con China, si se diera) terminaría siendo visto como una amenaza antes que una oportunidad.