Desafíos para Rato (*)

El recientemente designado Director Gerente del FMI, Dr. Rodrigo Rato, encuentra al asumir una serie de desafíos pendientes, particularmente en Sudamérica, que hacen directamente a la supervivencia del FMI y al futuro de la región.

A la seguidilla de crisis que vimos desde el tequila en adelante (Sudeste de Asia, Rusia, Brasil, Ecuador, Turquía, Argentina) el FMI respondió con dos principios conceptuales: primero el “bail-in”, que significa no más mega-rescates (bail-outs), y segundo la teoría del “ownership” o propiedad que hace referencia a que cada país miembro del Fondo es dueño o autor de su propio programa.

El principio del bail-in llega de la mano de la administración republicana, que no desea destinar más dinero de los “plomeros y carpinteros americanos” vía aportes al FMI a salvar a los bancos e individuos que prestaron mal a países insolventes. La idea es que los acreedores acepten una pérdida y negocien con el deudor. Amparándose en este supuesto cambio de paradigma países como Argentina se van al extremo del ridículo y pretenden obtener quitas (o condiciones) del 75% cuando nunca en la historia reciente de defaults soberanos hubo ninguna superior al 40%. Esta pretensión de la Argentina obliga al FMI a mediar de alguna manera para no dejar totalmente desamparados a los acreedores.

Pero esta injerencia del FMI choca con el segundo principio de “ownership” o propiedad de los programas de los países miembros. En este marco el FMI sólo se limitaría a brindar financiamiento para desequilibrios de corto plazo y asistencia técnica sobre el cómo alcanzar los objetivos auto-propuestos por el país miembro. Sin embargo, en la práctica el FMI se convierte más en accionista que acreedor privilegiado. México y Rusia recibieron sendos paquetes de ayuda del FMI, pero en ambos casos devolvieron la totalidad o buena parte de los mismos en los años subsiguientes. En cambio, Brasil, Turquía, Argentina e Indonesia concentran hoy el 73% de la cartera crediticia del FMI (u$s 78.000 millones de u$s 106.000 millones en total) y ninguno de ellos da señales de querer reducir dicha exposición. No es casualidad que entre ambos grupos exista una diferencia altamente significativa en cuanto a la media del spread de riesgo país.

Aquí es donde se plantea un problema de moral hazard o riesgo moral: según el principio de ownership el FMI no debiera intervenir en la definición de los objetivos de política económica. Pero el hecho de tener una parte significativa de su cartera “hundida” en un país lo convierte más en socio en el largo plazo que prestamista de urgencia, con lo cual está en el propio interés del Fondo procurar el crecimiento sostenido del país en cuestión.

El problema reside, aunque suene duro, en que no todos los países están en condiciones de decidir por sí solos qué es bueno para ellos. Es como si le permitiéramos a un niño de 10 años decidir libremente qué quiere hacer con su vida. Ciertamente esta incapacidad para decidir por sí mismas pareciera ser la regla entre muchas economías emergentes, particularmente las latinoamericanas (con algunas honrosas excepciones como Chile y México). En sintonía con esta línea de pensamiento los economistas del M.I.T. Rudi Dornbusch y Ricardo Caballero proponían en una nota de febrero de 2002 que Argentina cediera su soberanía en materia fiscal y monetaria a algún organismo externo que pudiera garantizar su independencia de la puja redistribucionista entre diferentes sectores. De otro modo estos países tienen la tendencia a terminar en experimentos populistas, que luego terminan fracasando de manera más o menos estrepitosa.

El FMI no puede darse el lujo de apoyar cualquier plan económico, como si todos fuesen igualmente conducentes al crecimiento sostenido. La evidencia empírica señala claramente que algunas orientaciones de política económica conducen al desarrollo y otras no. Entre aquellos factores positivos encontramos: apertura comercial, bajas alícuotas impositivas, acotada participación del Estado en la economía, equilibrio fiscal, seguridad jurídica y un régimen monetario estable y previsible entre muchos otros.

Por eso es que lo mejor que puede hacer el Dr. Rato tanto por el FMI como por América Latina es ponerse firme y no aceptar los planteos regionales que se desvíen de los senderos que se ha demostrado conducen al crecimiento sostenido. Ceder a la presión populista y demagógica de gobernantes locales o al criterio de “no complicar todavía más las cosas” de la Administración americana sería un craso error cuyas consecuencias veríamos al cabo de años de pobre desempeño económica que nos pondrían fuera del mapa para 2050, quizá como África hoy en día.

(*) Nota publicada en América Economía (Chile), edición Nro. 277, 21 May., 2004 – 3 Jun., 2004