¿Una nueva Argentina?

La peor crisis de nuestra historia económica está precedida por 60 años de decadencia. Que nadie se engañe. No éramos Suiza. ¿La salida? Remover definitivamente las raíces del capitalismo prebendario y expropiador.

El mayor acierto de la política económica del presidente Eduardo Duhalde fue haber frenado la emisión de redescuentos hacia mediados del año pasado, lo que evitó la hiperinflación. Por este motivo, la Argentina empezó un proceso de recuperación importante. A ello hay que agregarle una política fiscal muy dura a partir del segundo semestre, mas allá de que los métodos son totalmente cuestionables, porque se hizo en base a impuestos distorsivos como las retenciones y el impuesto al cheque, y a un aumento de la presión impositiva formal inaceptable, como el no ajuste por inflación de los balances. Pero lo cierto es que, pese a todos estos condicionantes, se evitó la hiperinflación cuando, en rigor, toda la sociedad la esperaba.

El error más grave fue la pesificación de todos los contratos. Provocó un golpe al ánimo inversor de ahorristas y empresarios. La destrucción del derecho de propiedad que ocasionó la pecificación fue el mayor error económico de Duhalde.

Remes fue claramente el culpable de la pesificación. Y así como la sociedad esperaba una hiperinflación que no llegó, también se esperaba que Lavagna fuera peor de lo que fue. Calificaría su gestión con un simple aprobado. Esta lejos de buena, muy lejos de muy buena y a años luz de excelente, pero sí claramente se merece un aprobado.

A la hora de hablar de las prioridades para el próximo ministro de Economía, diría antes que entre muchos de los males que tiene la Argentina, existe uno en especial: que vive mirando fotos y se olvida de la película. Ahora todo el mundo está encantado con la recuperación económica de este año, que probablemente se extienda el año próximo, pero nos olvidamos de que a pesar del crecimiento que habrá este año, la Argentina estar en términos per cápita todavía por debajo del PBI que tenía hace un cuarto de siglo. Si la Argentina se concentra en las cuestiones de corto plazo -que son verdaderos incendios-, pero se olvida de la película nuevamente, no resolver los verdaderos problemas de fondo que son la causa de una decadencia que se inició hace más de 70 años.

Si la Argentina no remueve las raíces de su decadencia, que son un capitalismo corporativo, demagógico, de un Estado socio al servicio de los intereses espurios, pero resuelve bien los problemas de corto plazo, podrá crecer unos años, tal vez una década, pero a la larga habrá otra crisis.

Lo que hay que entender es que la peor crisis de la historia argentina, la del año pasado, está precedida por 60 años de decadencia y no por una Argentina que era Suiza, como creen algunos. Para salir de esa decadencia, hay que remover las raíces del capitalismo prebendario y expropiador, mediante una apertura de la economía con fuerte reducción de los aranceles para incentivar la competencia, equilibrio fiscal estricto, un Estado mínimo volcado a la atención de la pobreza extrema, la salud y la educación primarias, sin coparticipación federal para que cada gobernador gaste lo que recauda y sin promociones industriales. Si no se hace eso, sólo habrá que sentarse para esperar una nueva crisis. Pero si se remueven esas raíces, a la Argentina le esperar un cuarto de siglo de crecimiento, como le sucedió a Chile.

Lo que vendrá

Este año, aún cuando no se resolvieran bien las cuatro principales urgencias que tiene la Argentina, la economía crecerá un 5% y la inflación ser menor a 10%. Después de la debacle, el rebote técnico existe con solo evitar una catástrofe. Creo que ni siquiera resolviendo mal las urgencias la economía puede volver a caerse a pedazos. Pero la cuestión es que ese crecimiento duraría sólo unos pocos años.

Las cuatro urgencias para el próximo ministro de Economía son la reestructuración del sistema bancario, la readecuación de las tarifas, la renegociación de la deuda y la insolvencia fiscal. El sistema bancario tiene un 60% de su cartera activa en bonos del Estado, que está quebrado, por lo que el Banco Central debe tener mucho cuidado de que no se produzca una nacionalización del sistema. En el tema tarifas, la opción es clara: si no aumentan muy fuerte, el próximo gobierno también correr el riesgo de una reestatización.

En tercer lugar aparece la renegociación de la deuda, que ser extremadamente compleja. La quita que se requiere en términos de valor presente para evitar otro mamarracho como el default aplaudido por el Congreso es muy grande, del 50% como mínimo. Y más teniendo en cuenta que el superávit primario necesario para pagar la deuda proviene de una presión impositiva formal salvaje, y de impuestos distorsivos como las retenciones y el impuesto al cheque, que hay que eliminar. Esto nos lleva al cuarto punto, la debilidad fiscal. Por más que el Gobierno se ufane de decir que tiene 2,5% del PBI de superávit primario, la verdad es que las retenciones y el impuesto al cheque significan hoy el 4% del PBI. Si esos impuestos se eliminaran, en realidad habría un déficit primario del 1,5%. Y si tomáramos en cuenta una rebaja en la presión impositiva formal, que es terrible, el déficit crecería al 4 o 5%.

Hoy, la deuda pública devenga intereses equivalentes al 8% del PBI. Si pensamos que en realidad tenemos un déficit primario del 4%, y debemos pagar 8%, queda claro una cosa: la renegociación será larguísima y durísima.