¿Re-reccesión?

El síndrome Favaloro describirá, de ahora en más, la impotencia y la desesperanza extremas. Un sentimiento bastante argentino, si se tienen en cuenta las frustraciones acumuladas. Quizá por eso mismo surgió la espontánea identificación colectiva con un gesto tan macabro. Por allí se colaron los sentimientos: el malhumor por la economía, la corrupción multipartidaria, las promesas que no se cumplen, la falta de horizontes, el ninguneo al sacrificio, el oprobio de las deudas económicas, el crack final del Estado benefactor. La desconfianza. La confusión. La incertidumbre.

En medio de semejante reacción, efectivamente, el país puede volar por el aire", según la desmesurada expresión televisiva de José Luis Machinea. Pero no, como dijo el ministro, por la baja de Impuestos, el IVA principalmente o el presunto "descontrol fiscal" que sobrevendría. "El estallido puede ocurrir si en los próximos cinco meses el Gobierno y la economía no reaccionan": al menos ése es el pensamiento íntimo, y por supuesto cargado de intencionalidad política, de un ex ministro de Economía del menemismo.

Los modestos índices de julio hicieron recrudecer un debate hasta ahora encubierto. ¿Es verdad, como dice el equipo económico, que ya Ingresamos en una curva leve pero ascendente y sin retorno de la actividad económica, aunque recién va a percibiese en la próxima primavera? ¿O se le hace caso a los explosivos economistas del establishment que han empezado a batir el parche de la re-recesión? Es decir, que estaríamos a punto de una nueva fase de caída del producto y del consumo.

El cavallista Adolfo Sturzenegger, más prudente, lo llama "loop recesivo": curva ascendente en el semestre julio/ diciembre del ’99, caída en diciembre ’99/Junio del 2000 y seriales confusas sobre si estamos saliendo o no de un escenario profundamente negativo.

LA DIOSA MACRO

Los actuales hombres de Economía, según los coincidentes críticos que pululan por el liberalismo y el progresismo, ‘se aprendieron el Antiguo Testamento de memoria". Que reza: para bajar el riesgo-país y ganar la confianza de los acreedores, hay que ajustar el cinturón; para cumplir con la ley de convertibilidad y el FMI, se debe achicar el déficit de 10.000 millones de Menem a menos de la mitad; para recaudar más (y rápido) hay que subir impuestos; como no alcanza, tienen que bajar el gasto público y, como sigue sin alcanzar, es necesario reducir salarios.

Y se sentaron a esperar -acusan a Machinea y su gente- los números de la macroeconomía y sus efectos mágicos ("y siguen sentados", ironiza el ex ministro menemista). Todo lo demás se lograría con Fernando de la Rúa construyendo su perfil austero y amarrete. Y la Oficina Anticorrupción haciendo "prensa y propaganda" de la nueva ética oficialista.
La visión, exagerada por cierto, igual se comprobó un tanto estrecha. El impuestazo de diciembre demolió las expectativas positivas generadas por la Alianza y la leve curva reactivadora del último trimestre del ’99. La rebaja salarial de mayo terminó por paralizar el consumo. La fe ciega en el uno a uno terminó en una trampa: la Argentina se endeudó más y más caro por la suba de las tasas de interés en los Estados Unidos.

Un shock imprevisto por el flamante equipo económico. Es que la convertibilidad terminó atando el peso, inevitablemente, a un superdolar de economías capitalistas en plena expansión, con la contracara de la deflación interna. El autismo oficialista advirtió tarde que el mundo crecía a tasas superiores al 4 por ciento anual como no lo hacía en los últimos trece años.

Tanto que el primer trimestre del 2000 fue el mejor de los últimos 25 años en términos de crecimiento económico: 5,2 por ciento anual.
Varios errores en el camino, algunos casi reconocidos por el propio Machinea: la oportunidad del impuestazo, la evaluación del mundo global, la insólita demora en instrumentar políticas activas, la falta de convicción en el ajuste del sector público.

Creer ingenuamente que los modernos inversores sólo piensan en macro y en ajustes, más que en el consumo y el crecimiento, como indicios de la capacidad de pago de un país. En realidad, miden las posibilidades de hacer negocios para cobrar sus deudas.
Así fue que la obsesión fiscalista se devoró la confianza. No es un mero dato estadístico para los analistas económicos, ni se contrarresta con operaciones mediáticas. Fukuyama lo considera una forma de "capital social", vital para el funcionamiento del engranaje capitalista. El gobierno de la Alianza creyó, a1 revés, en la autoprofecía cumplida: de tantas buenas ondas y números positivos divulgados generosamente, se tendría que ingresar al círculo virtuoso de la reactivación. Lo que pasa es que la consigna inicial "shock fiscal = shock de confianza" apuntaba al frente externo y no impactó ni en el consumo ni en la inversión.

Por eso el primer desafío que debe afrontar hoy el gobierno es lograr que se le crea su voluntad de reactivación económica. Según una encuesta de la Fundación Mercado, en octubre del ´99, el 78% de la población esperaba que el gobierno de la Alianza bajara los impuestos y sólo un 25 % preveía un ajuste entre "fuerte" y "muy fuerte". El índice de confianza de las familias trepaba al 48%. A ocho meses de semejante expectativa, en junio del 2000, sólo el 19,7 de la población está de acuerdo con la actual política económica y el índice de confianza cayó a 17,7%. Al equipo económico le cayó encima la desilusión.

Y la ansiedad por salir de dos años de recesión y perspectivas sombrías.

GURÚES AL ACECHO

El economista Miguel Ángel Broda, un ortodoxo de pura cepa, advierte: "El problema es que ahora los inversores, primero, quieren ver signos reales de reactivación para avalar una baja del riesgo- país". O sea, no sólo fiscalismo.

Otro duro, el economista José Luis Espert, carga aún más las tintas. Directamente cree que el gasto público es malo en sí mismo y critica a Machinea por su falta de convicción. "Lo que se hizo con el gasto público en los últimos diez años fue una obra macabra -se exalta-, fue como entrar a una jaula y tirar la llave. Menem y Cavallo inflaron tanto la economía que algún día habrá que devaluar. Pero como no se puede técnicamente, la Argentina está devaluando aunque el tipo de cambio se mantenga uno a uno.

Se devaluaron los salarios, la calidad de vida, los precios, la seguridad, la educación, la justicia. La solución es devaluar nominalmente o bajar el gasto público 15. 000 millones de dólares." Se planta frente a Machinea con más de lo mismo.

Sturzenegger tampoco ve una salida al actual escenario recesivo: ‘La Argentina -coincide con Machinea- tiene un panorama fiscal de insolvencia y ése es un déficit estructural que está mal visto por los analistas de afuera y de adentro. Pero se equivoca el equipo económico si cree que el flagelo se acaba aumentando los impuestos y bajando el gasto".

Plantea hacer eficientes los 95.000 millones de gasto público (dice que, por lo menos, 40.000 millones están mal asignados), tratar de recaudar más (‘no es serio que el 50% de los que deben pagar no paguen’) y acordar una reforma federal fiscal consensuada con las provincias.
El gobernador Carlos Ruckauf, por supuesto, prefiere anteponer la política a la economía. "Machinea sigue aplicando los mismos Instrumentos económicos y no logra cambiar las expectativas -dice-. La gente se desilusiona porque sigue la recesión y piensa que algo debe cambiar ya. Ese comportamiento genera, a la vez, incertidumbre.

De la Rúa debe convocar ya a un gran acuerdo político, tipo La Moncloa, para reconquistar la confianza externa."

LA HISTORIA OFICIAL

El equipo de Machinea maneja otras proyecciones. Si bien el ministro bajó su cálculo de crecimiento del 4 o 5 por ciento de principios de año a un modestísimo 3 actual, confía en la lenta y casi imperceptible curva de recuperación de la recaudación tributario y del IVA y en el aumento de casi un 14 por ciento de las exportaciones, un rubro que apenas Incide en el 10% del PBI y no impacta, como cualquier número de la macroeconomía, en el humor colectivo. Pablo Gerchunoff, jefe del gabinete de asesores de Economía, se conforma:. "Entiendo la ansiedad de la gente y las expectativas negativas de las consultoras, pero vamos en el rumbo correcto.

Un crecimiento, modesto, del 2,5 por ciento, después del déficit de 11.000 millones del menemismo, del año y medio de recesión, la suba de Impuestos de diciembre y el ajuste de mayo, estaría bien. Nos asegura una tasa del 5 por ciento, estabilizada, para el año que viene. ¿Si tiene costos políticos? Qué sé yo, para las elecciones del 2001 falta mucho tiempo. Hicimos lo qué había que hacer, con toda responsabilidad".

Evidentemente, hay piedra libre para interpretar los números. La recaudación de impuestos de julio (incluyendo ingresos adicionales por el impuestazo y la moratoria) cayó prácticamente al mismo nivel del ’99, tiempos de aguda recesión y retirada menemista. Según Broda, el PBI ya cayó 2,4 por ciento en el primer semestre del 2000: la economía no estaría estancada, sino irremediablemente "achicada".

Calcula apenas un 1,4% de crecimiento, "o sea nada", el crecimiento vegetativo de la población. Una encuesta de la Cámara Argentina de Comercio confirma que lo peor no pasó aún: el 62 por ciento de los empresarios minoristas cree que su situación actual está "peor" o "mucho peor" que hace un año. Y un 43% estima que la tan ansiada reactivación se logrará recién entre el primer y cuarto trimestre del 2001. Bien lejos.

El gasto per cápita se redujo un 8 por ciento en dos años.
Los hombres del oficialismo todavía porfían con las consultoras privadas. Un analista del Banco Bilbao Viscaya (BBV) ve muy difícil redondear a fin de año el crecimiento del 3 por ciento estimado por el ministro. "Al objetivo fundamental del Gobierno de aminorar el riesgo-país, comenta, se contrapuso la falta de confianza interna, afectada primero por la suba de impuestos, luego por la deflación y recientemente por los mayores índices de desempleo.’ El abismo entre el mundo financiero y el mundo real es precisamente un punto angustiante para el staff de Machinea.

Porque la realidad que suele entusiasmar en Economía es muy difícil de asimilar cuando se trata de proyectar expectativas, credibilidad. En un reciente encuentro organizado por el Consejo de las Américas, en Nueva York, las proyecciones de los grandes bancos también fueron más que modestas. Según una analista del Chase Manhattan Bank, por ejemplo, la Argentina cerrará el año con un déficit 1.300 millones por encima de la meta acordada con el FMI, de 4.700 millones. Un informe del Banco de Inversiones Salomon Smith Barney sentencia: "La economía continúa débil". Aunque descarta, por ahora, el peor de todos los escenarios, "el colapso de la convertibilidad". El Banco Santander Central Hispano (BSCH) habla de la Argentina en estos términos: "Nuestra estimación de crecimiento bajó del 3,3 al 2,5 por ciento para el año, debido a un resultado peor de lo esperado durante el primer semestre y un panorama menos optimista para el segundo".

EL FACTOR POLÍTICO

No faltaron las definiciones categóricas. Milton Friedman (88), Premio Nobel de Economía, afirma desde su residencia de San Francisco: "La Argentina está ante una encrucijada porque, si produce una devaluación, corre el peligro de volver al pasado hiperinflacionario. Pero lo cierto es que la convertibilidad le quita la posibilidad de hacer cambios de fondo en el corto plazo". Friedman no sólo cree que hubiera sido más productivo realizar, de entrada, "una reducción de impuestos". Auspicia la dolarización: "Todo sería más previsible. Con la dolarización conseguirían créditos con tasas más reducidas y eso sería una gran ventaja. Claro, como desventaja -admite- perdería un importante símbolo de su soberanía".

David Sekiguchi, analista del JP Morgan, trasmite a su vez la sensación que tienen los inversores extranjeros: "Creen que el ajuste se está haciendo de a pedazos". Y describe su percepción: ‘El Gobierno, seguramente, aunque no lo diga, necesita muy probablemente hacer un ajuste mayor.

Puede ser políticamente muy costoso. Pero el impuestazo no dio ningún resultado. Para mí el camino óptimo era bajar el gasto en vez de subir impuestos. El gobierno de Menem -recuerda- había aplicado una suba impositiva con reacción positiva, pero el actual gobierno no supo generar confianza". Sekiguchi confirma que los inversores extranjeros se han vuelto muy escépticos con la Argentina por el exagerado crecimiento de la deuda. Igual, trata de ser equilibrado: ‘El tamaño del problema, comparado con lo que ocurría el año pasado en Brasil, es muy manejable, pero a medida que el Gobierno no complete el ajuste del sector público, más se va a demorar la vuelta al crecimiento".

Machinea es refractario a estos pronósticos, pero está preocupado. De hecho, sus mayores críticos no creen que sea él el problema. "Las medidas que ha tomado han sido, en general, aceptables", confiesa Aldo Roggio, el empresario de la construcción, (un sector que cayó casi un 20 por ciento en relación al mismo mes del ’99). Los industriales y los analistas de los bancos coinciden a esta altura con la visión que se tiene desde el exterior: ‘No es el equipo económico el que desentona, es complicado políticamente asumir el ajuste que falta y eso va más allá de un ministro, es una decisión del gobierno de De la Rúa{asegura el economista de la banca Morgan.

Aunque hace como que no escucha ni entiende, Machinea sabe que en el círculo íntimo presidencial empezó a hablarse de un eventual recambio de emergencia. "Por ahora, ni necesario, ni viable", asegura un hombre del riñón delarruista, testigo de muchos intercambios de sobremesa con vistas a las legislativas del 2001. Aunque apenas trascendió el reproche presidencial al ministro de Economía, por desdecirse de pronósticos anteriores (errados), la especie empezó a popularizarse. Pero la danza de nombres alternativos no depara sorpresas: pasa casi naturalmente de Ricardo López Murphy a Miguel Ángel Broda (ambos con un tercer ajuste bajo el brazo y con escasa o casi nula capacidad de liderazgo). Ninguno de ellos reúne el voto unánime de De la Rúa, Chacho Álvarez, Raúl Alfonsín y el establishment.

Algunos empezaron a hacer rodar una jugada aún más arriesgada. El último recurso. La carta más fuerte (o el signo de debilidad más grande, según como se lo quiera ver) sería el ingreso de Domingo Felipe Cavallo al Gobierno, extrañamente prudente desde que perdió frente a Aníbal Ibarra la jefatura de la Ciudad de Buenos Aires. El Presidente se hace de piedra cuando sus amigos le preguntan sobre semejante audacia. "Ese disparate nos costaría la Alianza misma{dramatiza el ex presidente Alfonsín.

¿Y SI TIENEN RAZÓN?

Pero Cavallo fantasea con el regreso. Él, padre de la Convertibilidad, impulsor de la drástica reforma monetaria del ’91, podría convertirse ahora en el autor de una resonante reforma fiscal capaz de generar una competitividad de la que carecen las empresas argentinas a la hora de exportar.

Y provocaría una baja de los exorbitantes costos internos. Sería algo así como el padre de una salida progresiva de las ataduras de la Convertibilidad. Una segunda era de crecimiento. El reingreso al escenario grande del poder, la principal debilidad del "Mingo". En el partido de Cavallo no creen que esta salida pueda imaginarse hasta después de las elecciones. Y sólo en caso de que le llegue la noche al oficialismo.

Quizás el equipo económico tenga razón y los débiles síntomas de mayor actividad se consoliden hacia la primavera. Y los presagios de re-recesión pasen al olvido. Machinea se juega su futuro y por eso ha hecho llegar su demanda principal: verse más rodeado y respaldado por la política. Tiene más de una factura que pasar. La confianza no es un asunto exclusivamente suyo.