“Esta cosa mediocre de Macri no tiene nada que ver con liberalismo”

El economista más polémico de Argentina causó impacto con su nuevo libro
José Luis Espert está bien lejos del estereotipo tradicional del economista. Los medios de comunicación argentinos suelen convocarlo con frecuencia, porque sus apariciones son garantía de una nota de impacto. Lejos de la corrección política, siempre tiene a mano una definición tajante, sin ahorrar críticas a las “vacas sagradas” del país vecino. Es así que no duda en calificar al sindicalismo como “fascista”, suele etiquetar al empresariado industrial como “trucho, prebendario y de rapiña”, y no recurre a eufemismos para señalar que sobran miles de empleados estatales.
Liberal convencido, hace una quijotesca prédica de sus ideas en un país donde el estatismo ha calado hondo y en el cual propuestas como el proteccionismo y la sustitución de importaciones siguen teniendo alto grado de adhesión. Pero su originalidad no se limita a sus convicciones, sino también a su estilo personal. Directo, filoso, con un humor ácido y por momentos agresivo, mantiene polémicas a diario desde su cuenta de Twitter, donde lo siguen 105 mil personas. Desde esa red social logró alta repercusión cuando grabó un video humorístico llamado Tiernópolis en el cual, asumiendo una inesperada veta de comediante, se dedicó a satirizar las costumbres argentinas de querer una vida subsidiada y luego quejarse por las consecuencias de esa política. Ahora, también entró en la categoría de los best sellers con su libro La Argentina devorada, que va por la segunda edición y se mantiene hace tres meses en el ranking de los más leídos. Allí, hace un crudo diagnóstico sobre la decadencia argentina y plantea su propuesta para un cambio sistémico.
Antes de la presentación de su libro ante el público uruguayo –que tendrá lugar el miércoles 19 en el Sheraton Montevideo Hotel, en un evento organizado por El Observador–, Espert anticipó, en una entrevista con este medio, sus principales propuestas.
Ser un defensor tan vehemente del liberalismo en un país tan estatista como Argentina, ¿no le resulta a veces frustrante?
Al contrario, me incentiva más. Yo sé que estoy predicando en el desierto, sé que las ideas que yo defiendo son una extrañeza. Pero soy una persona que cuando tengo una cosa clara me importa muy poco si eso gusta o no. Y me tiene sin cuidado la descalificación de neoliberal, porque tengo muy claro cuál es el objetivo de esa descalificación. Como planteo en mi libro, el problema que tiene Argentina es que el sistema es populista. Eso significa que hay una sincronía gigantesca en la mayoría de la sociedad para que las cosas sean así. Lo que ocurre en Argentina ocurre de manera premeditada y deliberada. No es algo a pesar de los argentinos, sino causado por los argentinos. Y entonces, cuando alguien trata de descalificarme, yo tengo claro que no es al azar, sino que es en defensa de ese sistema que lo beneficia. Usan la palabra liberal como un insulto, porque el sistema que predomina es el antiliberal.
Lo curioso es que usted ha sido muy crítico del gobierno macrista, al que denomina “kirchnerismo con buenos modales”. Sin embargo, la oposición acusa al macrismo de neoliberal. Eso lo pone a usted en la situación de tener que explicar por qué el macrismo tampoco es liberal.
Me parece importante dejar ese tema bien aclarado, porque el liberalismo es fuente de prosperidad. Y el macrismo no lo es. Esta cosa mediocre, que hemos visto hasta ahora, no tiene nada que ver con la idea liberal. No hay equilibrio fiscal, ni un gasto público pagable para darle el espacio al sector privado, ni libre comercio. Estamos a años luz. Por el contrario, lo que estamos viendo es darle plata a los sindicatos, a los piqueteros, a gente que violenta la ley.
En este país abundan los diagnósticos sobre la decadencia económica. ¿Qué lo motivó para escribir La Argentina devorada y cuáles diría que son sus aportes?
Diría que la novedad del libro, y el secreto de por qué bate récord de ventas en la categoría de libros de economía, es que brinda el libro una perspectiva sistémica. Y además, ocurre que un economista, por lo general, tiene muy buenos modales, es políticamente correcto y se lo ve como un científico. Yo tengo cuatro títulos, entonces la gente dice “una persona con esta trayectoria académica, profesor universitario, tiene que decir cosas densas, almidonadas, acartonadas”. Y no es mi estilo. Yo soy una persona, y el libro lo refleja, que acusa. Acusa al sistema, a los sindicatos mafiosos, a los políticos corruptos y a los empresarios prebendarios.
 
Muchos justifican a los empresarios argentinos por el entorno en que les toca actuar. Se suele decir que si estuvieran en Japón harían lo mismo que los japoneses, y que, al revés, un japonés aquí enseguida empezaría a hacer lobby en los ministerios y tratar de obtener cuotas de mercado y contratos con el Estado…
No coincido. Yo no digo que todos los empresarios argentinos sean prebendarios, pero sí lo son muchos de ellos, sobre todos los más conocidos, que no por casualidad son los que se ven en televisión hablando y siempre felicitando al presidente de turno. Los empresarios son grandes hacedores de este cuerpo orgánico enfermo que impera en Argentina. Son casi los creadores de este sistema.
Entre sus propuestas más polémicas figura el desmantelamiento del proteccionismo, que siempre choca con el argumento de la defensa del empleo. ¿Usted cree que no es posible pensar en una industria viable?
Lo que ocurre es que, como Argentina es un país que atrasa tanto, lo primero que hay que discutir son los temas de concepto, y recién cuando ocurra eso y se corte con la decadencia, hay que hablar sobre cómo hacer los cambios. Yo estoy en la etapa donde siento que hay que evangelizar. Persuadir, por ejemplo, de que el libre comercio es bueno. Y que no implica pérdida de puestos de empleo. Acá hay una falsa idea, que es que la apertura comercial lleva a la desaparición de la industria en su conjunto. Y de ninguna manera es así. Alguna desaparece y otra surge. Por ejemplo, si tuviéramos libre comercio importaríamos una parte no menor de las prendas de vestir y zapatos. Hay sectores protegidos con medidas inadmisibles desde hace más de medio siglo y todavía no maduraron, según esa teoría imbécil de la industria naciente. Obviamente que si yo abro la economía, aunque lo haga bien –después de haber bajado impuestos, costos laborados y tras una devaluación–, es probable que aun así haya sectores que no resistan la apertura. ¿Y cuál es el problema? Importaremos la prenda de vestir y los zapatos. Pero al mismo tiempo, porque como crecerían otros sectores, entonces en vez de producir la ropa casual, se pasaría a producir prendas para el trabajo en el campo y vestimenta para un sector que explotaría, ligado a la maquinaria agropecuaria, al petróleo y a la energía.
Con una apertura total tampoco produciríamos automóviles como lo hacemos hoy. Pero tendríamos una industria que emplearía muchísima mano de obra, que es la que produce cosechadoras, tractores, fumigadoras, porque el boom agropecuario sería extraordinario. Entonces es falso decir que la industria argentina desaparece si uno va al libre comercio. La prueba es que en Chile llevan más de 30 años con apertura y existe la industria. Y, lo más importante, que la gente vive mejor, con desempleo más bajo que en Argentina y mayor PIB per cápita.
El tema fiscal siempre ha estado entre sus obsesiones. Y mucha gente quedó asombrada por el diagnóstico sombrío sobre la capacidad del gobierno de Macri para evitar una crisis. ¿Qué tan grave considera hoy el problema del déficit?
Yo me manejo con realidades, estoy aferrado a los números. Y no estar preocupado por la cuestión fiscal sería no ver la realidad. Si lo único que Macri implica es cambiar la manera de financiamiento del déficit, en el sentido de sustituir la emisión de pesos por deuda, hay que decir que ese experimento ya lo hizo Argentina, y varias veces, en el último medio siglo de decadencia y crisis. A veces el fisco ha emitido tanta moneda que terminó en hiperinflación. A veces ha emitido tanta deuda que terminó en default. Y cómo no estar preocupado ante un gobierno que cambió una forma de déficit por otra. Hay que tener cuidado, porque los mismos que te palmean la espalda hoy para que coloques toda la deuda que puedas, son los que mañana te van a decir que, por los mismos motivos por los que hoy te prestan, luego ya no te pueden volver a prestar. Ojo, que Argentina no está yendo a buscar poca deuda, está colocando en promedio US$ 40.000 millones por año.
¿Le preocupa más que el gobierno no pueda cumplir su objetivo de recortar gasto público o que siga recurriendo a la financiación vía emisión de deuda?
Las dos. No puedo creer cómo los problemas se repiten. Después que tuvimos un gobierno que financió el déficit con emisión monetaria y canceló deuda vaciando al Banco Central de reservas, no puedo creer cómo ahora este nuevo gobierno, para pagar deuda está emitiendo deuda y para financiar el déficit también está tomando deuda. Estoy preocupado, porque la cantidad de letras que lleva emitidas el Banco Central ya supera la cantidad de depósitos a plazo fijo de los bancos, que es de donde salen los fondos para comprar esas letras.

Muchos economistas han justificado esto con el argumento de que en Argentina no son viables los ajustes de shock y que, como no se puede bajar el gasto de golpe, hay que buscar una fórmula gradual.
En mi libro lo que surge es una visión superadora de esa disyuntiva entre gradualismo y shock. Yo digo que Argentina tiene que dar un giro de 180 grados. Pasar del triángulo vicioso al virtuoso. El triángulo vicioso actual tiene como vértices un ajuste, luego una recuperación, que en determinado momento no se sostiene y empieza una fase de deterioro. Y entonces se produce un nuevo ajuste y se reinicia el ciclo. Pasó así los últimos 50 años. Y esto está causado por otro triángulo vicioso, cuyos vértices son la sustitución de importaciones, el Estado gigantesco y deficitario y las leyes sindicales fascistas. Yo digo que hay que reemplazar esto por un triángulo virtuoso, que estaría representado por el libre comercio, un Estado pagable y sin déficit y una reforma laboral que lleve a un mercado flexible.
Claro que, por definición, un cambio de 180 grados en un país como este, no se puede hacer de golpe. Lleva por lo menos dos períodos presidenciales. Pero el tema es si Argentina quiere cambiar o no. En el caso de que prefiera seguir siendo decadente y seguir dentro del triángulo vicioso de ajustes, recuperación y estancamiento, entonces ahí es donde yo digo es que conviene un shock. Lo dice la historia argentina, no mi capricho. Por ejemplo, cuando se decidió cortar con la hiperinflación con el plan de convertibilidad del 91, ahí fue algo de golpe, se dejó de emitir para financiar al fisco, y tres años después de la hiperinflación ya tenía una tasa de inflación internacional. Cada vez que Argentina hizo un programa gradual, terminó mal. Como le pasó con el plan Austral de los 80 o el programa de Martínez de Hoz en los 70. No es que esté pronosticando que a Macri le vaya a ocurrir lo mismo. Lo que estoy diciendo es que yo no habría corrido el riesgo de volver a probar con un plan gradual cuando todos los planes graduales fracasaron. Pero además hay otro tema, y es que en el gobierno de Macri nunca creyeron que fuera necesario un ajuste fiscal. Decían que había que cambiar la forma de financiar, que de esa forma se bajaría la inflación y que la economía iba a rebotar. Eso tienen en la cabeza.

Con el foco en la región, ahora que terminó la fiesta de los altos precios de commodities, ¿es inexorable volver a una etapa de estancamiento?

Lo primero que se está viendo es un cambio respecto de los regímenes populistas. Es interesante para el análisis, si esos ciclos populistas son causa o consecuencia del boom de los commodities. Y, obviamente, como esos regímenes se consumen todo el capital, después viene alguien que tiene que ponerse el objetivo de reconstruir capital y ahí vienen los períodos más complicados. Pero creo que estamos asistiendo a un nuevo ciclo de gobiernos más consistentes con períodos de vacas flacas. Y en esta oportunidad no veo que se vaya a repetir una fase decadente como la de los años ’80. Hay países que están haciendo las cosas bien y que están creciendo fuerte, como es el caso de Perú.
Me parece que vamos a un escenario no homogéneo en la región, los países van a tener suerte diversa. Diría que salvo Argentina, que sigue haciendo las cosas mal, en el resto veo posibilidades de retomar el crecimiento.

Una conferencia para entender la economía argentina

El economista José Luis Espert llega a Uruguay para analizar la realidad económica de su país con la visión crítica y profunda que plasma en su libro, La Argentina devorada. Doctor en Economía por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y máster por la Universidad del CEMA, con un posgrado en Estadística de la Universidad de Tucumán, Espert brindará en Uruguay una exclusiva conferencia el próximo miércoles 19 de julio a partir de las 9 hs en el hotel Sheraton. Los suscriptores de El Observador que tengan la tarjeta 365 podrán acceder a un 25% de descuento. Además pueden participar de un sorteo de 10 entradas a través del mail a marketing@observador.com.uy.

Para agendar

Fecha: Miércoles 19 de julio
Hora: 9 hrs
Lugar: Sheraton Montevideo
Costo: US$ 40
Por más información: suscripiciones@observador.com.uy

Apoyan: BBVA, RSM, Sheraton Montevideo y Zureo tu software.