¿Salvará el G-20 a la Argentina?

08 Nov
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El G-20 es de los pocos que le puede poner algún límite al desastre estructural de ruptura de mercados, intervenciones, cierres, expropiaciones, y aprietes que los Kirchner están haciendo. Pero, lamentablemente, en el plano fiscal, el Fondo Monetario Internacional (FMI) devenido otra vez en súper auditor por el G-20, valida la irresponsabilidad de los pingüinos.

La pacata política proamericana de Menem de los ?90 (los argentinos todavía creen, equivocadamente, que el Consenso de Washington fue lo que nos fulminó en 2001), tuvo el mérito de hacer que hoy, a pesar de estar más cerca de Chávez que de Obama y que ni siquiera sea de las 20 economías más grandes del mundo (es la número 30), la Argentina diga presente en el G-20, el foro de países más importante de discusión de políticas públicas.

El G-20, a través del documento que dio a conocer el 24 de setiembre, luego de su reunión en Pittsburgh, acordó lanzar (punto 13) "El Marco para un Crecimiento Vigoroso, Sostenible y Equilibrado"; realizar un cambio desde fuentes de demanda agregada públicas a privadas para apuntalar el crecimiento (punto 14), y mantener las economías abiertas al comercio (punto 27).

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Dentro del capítulo dedicado a darle forma al "Marco", el G-20 le pide al FMI: que lo ayude con sus análisis acerca de cómo las políticas de cada país y las regionales pueden funcionar juntas de manera consistente (punto 5); que asista a los ministros de Finanzas en el desarrollo y la evaluación de si las políticas económicas que individualmente aplican los países son consistentes con el logro de los objetivos del "Marco" (punto 7), y que reporte regularmente al G-20 y al Comité Monetario y Financiero Internacional del FMI sobre los resultados de sus supervisiones de los países (Artículo IV) y de los ajustes que sugiera (punto 7).

Finalmente, el documento tiene un anexo en el que detalla cuáles son, para el G-20, aquellas ideas madre que propenderían al logro de los objetivos del "Marco". Entre otras son: (1) rechazo al proteccionismo en todas sus formas; (2) que los mercados funcionen en base al respeto a los derechos de propiedad y la transparencia para animar al espíritu emprendedor y para una eficiente asignación de los recursos; (3) invertir en la educación de la gente; y (4) políticas fiscales responsables.

Al revés del discurso K, acerca de que la Argentina hizo oír su voz en el G-20 en Pittsburgh, y la hará oír ahora en Escocia (donde se reúne de nuevo), el documento que aprobó en septiembre es un pelotazo en contra para los pingüinos, pero bueno para el país.

La Argentina ha cerrado tanto su economía en algunos sectores que, por ejemplo, en el caso de los neumáticos, la escasez ha provocado una suba de precios de las cubiertas del 20%. Estamos en conflicto con Brasil por las salvaguardias y licencias no automáticas de importación a sectores "sensibles", cuando deberíamos estar, según el estatuto del Mercosur, en libre comercio total. El secretario de Comercio, Guillermo Moreno, ha descubierto una nueva función de producción digna de un Nobel de Economía (de limón): para poder importar, antes hay que fabricar algo acá, que sea exportable y genere balanza comercial mayor o igual a 0. Así es que algunas cadenas comerciales como Emporio Armani y C&A cerraron sus puertas en el país. El documento de Pittsburgh condena el proteccionismo.

Respecto de los mercados, los derechos de propiedad y la eficiente asignación de recursos que pretende el G-20, sólo basta con mencionar que en la Argentina amigotes de los Kirchner, como Cristóbal López, Lázaro Báez y Rudy Ulloa Igor, son las nuevas estrellas "schumpeterianas" del firmamento argentino. Si es por la fama adquirida, son algo así como nuestros Bill Gates, algo diluidos por cierto. De nuevo, la Argentina fuera de los parámetros del G-20.

Justamente, el estar en un grupo tan selecto, cuando en realidad por tamaño de economía no deberíamos estar, y el haber firmado un documento con el cual hoy el Gobierno hace avioncitos de papel, es la presión más importante que tienen los Kirchner para limitar el desastre estructural que están haciendo. Que nos echen o que nos vayamos del G-20 sería tan escandaloso que no va a ocurrir, y si no ocurre es porque algún límite a la barbarie se les impondrá, o ellos mismos se la autoimpondrán.

Es más, ni siquiera tenemos mucho margen para hacernos los difíciles con la misión del FMI, que tiene que venir a realizar el artículo IV, luego que el G-20 lo designara como codiseñador y auditor de las políticas económicas de los países del G-20.

El ministro de Economía, Amado Boudou, quedó en offside con sus pretensiones sobre una auditoría light o virtual. Tendrá que tolerar que el FMI opine de todo, aunque Boudou decidirá cuán público sea el documento que elabore la misión.

Finalmente, el documento hace mención a la importancia de que los países apliquen políticas fiscales prudentes. En ese sentido, es muy gracioso el campeonato de hipocresía que el FMI y el Gobierno están jugando. El FMI, desesperado por volver a prestar ahora que está líquido por todas las emisiones de deuda y de DEG que estuvo realizando, critica las políticas anticíclicas, quiere que los gobiernos gasten más, tengan déficit fiscal, coloquen deuda y que algún día necesiten de su "inestimable" ayuda.

Por su parte, Boudou ha manifestado su deseo de colocar deuda externa, a pesar de que tiene una recaudación histórica de $ 400.000 millones ¿Por qué? Porque tiene un déficit grande, y ha decidido acicatear la recuperación de le economía que está despuntando, seduciendo a capitales externos. En el tema fiscal, a pesar de lo que dice el documento del G-20, tanto el FMI como la Argentina, tiran para el mismo lado: el de la irresponsabilidad. ¿No fue suficiente la que tuvimos hasta ahora?

Cuando en épocas de vacas gordas (2003-2007) el Estado debería haber ahorrado, no lo hizo, porque la recaudación creció $ 180.000 millones (180%) y el gasto público idéntica cifra. Cuando en 2008 re-estalló la crisis subprime y cayeron tanto el ingreso como el crédito disponible para la Argentina, el Estado siguió dándole "rosca" al gasto público: creció 33% en 2008 y en 2009 viene al 29 por ciento.

Obvio, todo el ajuste lo hizo el sector privado (dos tercios del PBI) y la economía caerá este año 3%. Y en 2010, el Gobierno piensa colocar deuda para seguir con el mismo tren de aumento del gasto público, cuando todavía no se han abierto los mercados para nosotros y seguimos en default. Poco serio.

Viento de cola externo para crecer y G-20 gendarme para no descarriarnos más ¿En tan poca cosa se ha convertido una Argentina ya bicentenaria, que en el pasado supo acariciar la gloria?

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