A la espera del fin del mundo

10 Abr
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Desde que la irresponsable política fiscal del gobierno de Néstor Kirchner aceleró dramáticamente la tasa de inflación (de 3,7% en 2003 pasó a 23% en 2007) hace ya 3 años, con el consecuente aumento de la pobreza y la indigencia, comenzaron las intervenciones del gobierno en el sensible mercado del trigo argentino.

Se establecieron subsidios (financiados con aumentos en los impuestos a las exportaciones agropecuarias) dirigidos a los molinos que procesan el trigo para el consumo interno y comenzó a ser necesario obtener permisos de exportación emitidos por la Secretaría de Agricultura argentina para poder vender trigo al resto del mundo. A su vez, el criterio de esta oficina estatal para expedirlos, es calcular la producción de cada año, estimar luego el consumo interno y recién por diferencia establecer el máximo saldo exportable. Cualquier parecido con la planificación soviética del siglo pasado no es sólo casualidad.

La intervención del Estado en el mercado llega al absurdo de que en situaciones en las que escasea el trigo ya sea por malas cosechas como por exceso de demanda, su precio baja en vez de subir porque las exportaciones se restringen de tal manera que termina “sobrando” del dorado grano. Un poco de eso está ocurriendo hoy en Argentina.

Luego de la extraordinaria cosecha de la campaña 2006/2007 de 12 millones de toneladas, Argentina pasó a las 8,5 millones de toneladas (30% menos) en 2007/2008. Dado que el consumo interno está en las 5,5 millones de toneladas, el saldo exportable llega a insignificantes 3 millones de toneladas (y en caída para la próxima campaña porque la producción se seguirá achicando con un consumo interno bastante inelástico) ¡y la demanda que hay que abastecer en Brasil es de más de 5 millones de toneladas!

A todo esto hay que agregarle que con la recesión mundial, el costo de los fletes ha caído de manera espectacular así que traer trigo desde Rusia o Ucrania ya no implica pagar precios de oro por un barco. Por lo tanto, Brasil debería dejar de pelearse con Argentina para que le venda un trigo que ésta lo atesora como si fuera un diamante, hacer que el Presidente Lula siga compartiendo con Cristina Kirchner cálidas veladas de té en el Planalto hablando de las viejas luchas setentistas latinoamericanas y traerse el trigo para que los brasileños coman desde la Europa Oriental o el Asia.

El comercio es como el tango: hacen falta dos partes con ganas de bailarlo y Argentina ha decidido guardar su producción de alimentos como si estuviera por venir el fin del mundo.

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