Un corso a contramano

El programa económico de los Kirchner se basa en los dos pilares fundamentales de la mayoría de los planes populistas y decadentes que peronistas, militares y radicales aplicaron desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El primero es la protección de la industria nacional, adoptada como filosofía de vida a partir de la teoría Prebisch-Singer de principios de la década de 1950 (60 años atrás). Para maximizar la protección efectiva a la industria, la Argentina tiene los altos aranceles a la importación de productos finales que fijó el Mercosur; los muy bajos para la importación de insumos; las suspensiones de licencias automáticas de importación; resurrección de las licencias no automáticas; la aplicación de valores criterio; los mecanismos de acción competitiva de Lavagna; la infinidad de medidas de salvaguardias; cupos a la importación, y los derechos antidumping que hoy crecen como hongos y ya tienen niveles alucinantes.

El cavernícola proteccionismo industrial que los Kirchner aplican, continúa por el lado de las exportaciones agropecuarias con altísimos niveles de retenciones; prohibiciones para exportar; cierres de los registros de exportación; destrucción del Mercado de Haciendo de Liniers y el Concentrador de Frutas y Verduras; un precio fijado por el secretario Guillermo Moreno para el tambero; otro distinto para la industria láctea; el encaje productivo y el límite a la faena de ganado vacuno. Todo para que los salarios reales sean altos, la industria haga el mínimo esfuerzo para pagarlos, gane mucho dinero y se desarrolle. El broche final del proteccionismo "desarrollista" del Gobierno son las retenciones a las exportaciones de petróleo.

Son desastrosas las consecuencias de lo que el Gobierno ha hecho con la producción primaria. Cae la producción de carne; nos comemos el stock de capital porque cada vez se faenan más hembras. Lo mismo ocurre con la producción de petróleo, gas, trigo (de 16 millones a 8,2 millones de toneladas en esta campaña), maíz (de 22 millones a 14 millones de toneladas en esta campaña) y de muchos productos lácteos (había 15.000 tambos en 2002 y hoy hay sólo 10.000).

El segundo pilar es la redistribución del fruto del crecimiento logrado con la "defensa de la industria nacional", mediante un Estado gigantesco. Hoy el gasto público es de un récord histórico. Del 33% del PBI durante 60 años, aumentó $ 250.000 millones en 6 años y se financia con una presión impositiva del 50% del PBI sobre el sector blanco.

A pesar de un aumento impresionante de la recaudación de $ 260.000 millones desde 2003 (fruto de la creación de nuevos impuestos y de un crecimiento económico del 50%) y de una reestructuración salvaje de la deuda pública en 2005 que logró una quita de US$ 63.700 millones de valor presente (40%), la política fiscal del Gobierno ha sido tan irresponsable que hoy tiene que rascar hasta el fondo del tarro todos los meses para no defaultear la deuda pública.

¿Puede haber generado este mamarracho un crecimiento económico espectacular como el de los últimos seis años?

Poco y nada. Eduardo Duhalde, después de haber fundido la provincia de Buenos Aires y su banco en su paso por la gobernación durante los 90, se redimió tomando dos medidas clave en 2002 cuando era presidente: congeló el gasto público nominal en medio de una devaluación homérica y dejó de emitir moneda a pesar de que parecía que los bancos se caían por la corrida. Se evaporó la sensación de hiperinflación que había y así, la fuga de capitales que tuvo un máximo del 20% del PBI en el segundo trimestre de 2002, desapareció poco antes de que su ahijado Néstor llegara a la presidencia. La consecuencia fue una explosión de la demanda interna de consumo más inversión durante el período 2003-2008.

Otro impulso favorable equivalente al 20% del PBI que recibió nuestro gasto interno en el período, fue como consecuencia de la espectacular suba en los precios de nuestros productos de exportación debido a su vez al dólar barato en el mundo. Y hubo uno adicional del 5% del PBI por aumento en las cantidades exportadas por el histórico crecimiento que experimentaba la economía mundial (no tanto por el dólar caro argentino ni mucho menos por la política exportadora del Gobierno).

En total, el 45% del PBI (20%, más 20%, más 5%) de impacto favorable sobre nuestra demanda interna por cuestiones totalmente ajenas a la "genialidad" económica de los Kirchner (para explicar un crecimiento del PBI de 50% en el período).

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En el presente, la economía argentina ya está en recesión porque por hacerse de caja, en marzo de 2008 el Gobierno comenzó una guerra contra el campo que provocó una fuga de capitales del 5% del PBI y en octubre del mismo año les robó los ahorros a los que pensaban jubilarse en una AFJP, hecho que disparó una salida de fondos del 15% del PBI.

En el medio, se derrumbaron los precios de nuestros precios de exportación porque el dólar comenzó a fortalecerse y, además, cayeron mucho las cantidades de ventas al exterior por la recesión generalizada. El impacto negativo sobre nuestra demanda interna fue del 5% del PBI y del 2% del PBI, respectivamente. Por las diferencias de magnitudes (20% versus 7%), es obvio que las cuestiones internas pesan más que las nubes negras que vienen de afuera.

Suena absurdo que la Presidenta, como hizo en la Asamblea Legislativa, exija a los argentinos y al Primer Mundo que respeten y apliquen su modelo, cuando fue un lastre para crecer en la etapa de vacas gordas y hoy es el culpable de nuestra recesión. Los países desarrollados tratan de salvar sus quebrados sistemas bancarios con intervenciones del Estado y nacionalizaciones limitadas y transitorias. Además, por ahora, están recurriendo poco al gasto público del tipo "hacer pozos y taparlos".

Es obvio que el Primer Mundo tendrá que hacer una grosera reforma financiera que limite los apalancamientos extravagantes, pero que respete lo que los hizo ricos: libre competencia, Estado mínimo o si es grande (Europa) que preste servicios, respeto a las instituciones y excelencia educativa.

En nuestro país, la intervención del Estado está destruyendo al sector exportador tradicional en aras de un desarrollo industrial arcaico, creando nuevos empresarios al calor de negocios corruptos con el Estado, enfermando a la sociedad de clientelismo y amiguismo, borrando cualquier atisbo de institucionalidad razonable y aumentando tanto el gasto público que si defaulteamos otra vez la deuda, nos convertiremos en indeseables habitantes del planeta Tierra que reestructuran sus pasivos dos veces en menos de un lustro.