Determinismo en la parte fiscal

Si Argentina mantiene por largo tiempo la mejora en las cuentas públicas que ha logrado desde que colapsó la convertibilidad, es posible que a futuro cambie la pregunta económica básica que nos ha torturado por décadas. Dejaríamos de interrogarnos acerca de cuándo vuela por los aires un programa económico para inquirir por cuánto tiempo y a qué tasa creceremos. Todo un avance hacia la civilización.

Si bien estamos en decadencia desde hace por lo menos 6 décadas cuando decidimos adoptar el capitalismo corporativo, corrupto y prebendario de la vieja Alemania nazi y la desgastada Italia fascista (con sus variantes de izquierda del tipo Kirchner y de derecha al estilo Menem), desde la segunda mitad de los 70 el declive se trasformó en tragedia. Aún contando la recuperación que tendremos en 2005 que a su vez se suma a la de 2003 y 2004, el PIB real per cápita será el mismo que en 1975 (tres décadas igual) con tres agravantes: hace 30 años casi no había pobres y hoy alcanzan al 40% de la población y eso que existen multiplicidad de planes de ayuda social; no había indigentes y hoy representan casi el 20% de los argentinos; casi no había inequidad en la distribución del ingreso y hoy el 10% más rico se lleva 30 veces más ingreso que el 10% más pobre.

En la esfera política nos pasó de todo. Terrorismo de izquierda, de derecha, terrorismo de Estado, guerra por Malvinas con Inglaterra el aliado militar más fuerte de los Estados Unidos e intentos de golpes de Estado por parte de Rico y Seineldín una vez recuperada la democracia en 1983. De todas maneras, en el plano económico la cosecha no tiene igual. La inflación 0 de Gelbard vuela en pedazos con el “Rodrigazo” de mediados de los 70, el estallido de la tablita de Martínez de Hoz de 1981, la licuación de depósitos de Cavallo del 82 cuando emite pesos y libera el tipo de cambio con tasas de interés reguladas, la casi hiperinflación previa al Plan Austral, el desagio de 1985, el estallido de los precios de 1989, el Plan Bonex de 1990, el híperendeudamiento de los 90 y el caos de la devaluación y el default de fines de 2001.

¿Qué es lo que estuvo detrás de tanto drama económico? Un fisco que sistemáticamente gastó más de lo que recaudaba por impuestos explícitos financiando su déficit con emisión monetaria primero, segundo con endeudamiento interno, después con privatizaciones, luego recurriendo a la colocación de deuda externa y ya desatada la crisis se sentaba a esperar que los golpes inflacionarios, las devaluaciones masivas y las confiscaciones de activos (depósitos y deuda) acompañadas de discursos oficiales que prometían buen comportamiento para el futuro, permitieran volver a empezar con la perversa calesita.

En el cuadro adjunto puede observarse que en los 40 años que van desde 1961 hasta 2001, el promedio de desequilibrio fiscal después del pago de los intereses reales (ajustados por la inflación) e incluyendo a las Provincias fue de 3.6% del PIB. Una verdadera locura, más teniendo en cuenta que ese guarismo tiene muy poca dispersión a lo largo de la serie. El récord de la serie lo tiene el 2001 con casi 8% cuando el “genio” de Cavallo, ya con la soga al cuello, nos proponía el déficit cero ¡Cuán mal estábamos de la cabeza los argentinos para proponer recién al borde del colapso económico más impresionante de nuestra historia algo que se cae de maduro el sector público tiene que hacer siempre: tener cuentas públicas en orden!

Ya lanzado el “modelo productivo” en 2002, el déficit fiscal había caído a 1.4% del PIB. En 2003 pasamos a tener superávit fiscal de 1.9% del PIB y en 2004 llegamos a 4.1% del PIB cifra que es igual al superávit primario del gobierno central porque lo que agregan de gasto los intereses de la deuda performing es similar al superávit primario que suman las Provincias (1.7% del PIB). En definitiva, hemos realizado una mejora fiscal de casi 8% del PIB respecto de nuestra historia y de 12% del PIB comparado con 2001, año de una crisis económica que no tiene parangón en nuestra historia. Más meritorio aún es que semejante ortodoxia esté siendo realizada por un gobierno con fuerte raigambre progresista, medio reaccionario, que se la pasa despotricando contra el FMI a pesar que en materia fiscal, hasta ahora, es más papista que el Papa. Y más vale que siga así por el bien de todos.

Así como el histórico desastre fiscal que ha sido el país explica mucho de lo malo que nos ha pasado y la espectacular mejora de corto plazo en las cuentas públicas que ha introducido el modelo productivo de Duhalde y Kirchner ha sido clave para evitar la hiperinflación primero y la recuperación económica posterior, es necesario plantear algunas salvedades.

Hasta ahora la ortodoxia fiscal se ha focalizado casi exclusivamente en el resultado presupuestario y poco en el gasto público primario (la causa del colapso de la convertibilidad). Desde 2002 este último ya creció $31.000 millones y se encuentra en 22.5% del PIB, sólo 2.7% del PIB por debajo del de 2001 (10% real) luego de haber sido a principios de 2002 casi un 7% del PIB menor.

Aún a costa de generar (y cristalizar) una presión impositiva formal salvaje y distorsiva sobre los que pagan, el grueso del ajuste ha consistido en maximizar los ingresos impositivos que pasaron de 21.9% del PIB en 2001 a 28.4% del PIB en 2004 constituyéndose en récord histórico absoluto en los últimos 40 años. Impuestos distorsivos como las retenciones a las exportaciones y el impuesto al cheque, que nunca deberían haber existido y que por lo tanto habría que eliminar, representan hoy ingresos por 4.2% del PIB, o sea, dos tercios del aumento real de la recaudación y 100% del resultado primario del gobierno central (el aumento de los recursos fiscales asociado al ciclo económico fue gastado en su totalidad) con el cual tendremos que pagar la deuda pública que tan trabajosamente hoy se está renegociando en el exterior.


A qué se viene a esta vida

Además, sería importante que nuestras “luminarias” recaudadoras (particularmente las tan mediáticas de la Provincia de Buenos Aires) tuvieran en cuenta que la gente no viene a esta vida a pagar impuestos sino a vivirla consumiendo e invirtiendo en lo que le plazca. Por eso, es elemental que las alícuotas impositivas tengan niveles formales muy bajos para no alentar evasiones sin límites como los de la Argentina.

Sin embargo, cuando se compara internacionalmente, nuestros niveles de recaudación (corregidos por el sistema previsional) están 10% del PIB por encima de los de países con ingresos per cápita menores a 15.000 dólares (la Argentina está en 4.000 dólares), 9% del PIB arriba de los EE.UU. (38.000 dólares de PIB per cápita), supera en 13% del PIB a los de Japón que tiene 23.000 dólares de PIB per cápita y la presión impositiva formal sobre las ganancias corporativas en Argentina es igual a la del promedio de los países que tienen PIB per cápita mayores a los 30.000 dólares (más de siete veces el nuestro). Todo absolutamente impagable.