El ahorro es la base de la discordia

El excedente en la recaudación no alcanza para disimular la presión impositiva y la demora en la salida del default.

La queja de los organismos internacionales –y de muchos economistas- es histórica: la Argentina siempre quiere gastar más dinero del que recibe. Los años de déficit permanente en las cuentas públicas, compensados con el caro remedio del endeudamiento, llevaron al país al colapso ya conocido. Paradojas del siempre inusual “caso argentino”, hoy la situación es a la inversa: el país tiene superávit en sus cuentas, tanto que en los primeros siete meses del año ahorró más de lo que pide el Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo que a primera vista suena como una buena noticia, tiene sus matices: el superávit se obtuvo en base a una fuerte presión fiscal y a que la Argentina está en default y no paga sus compromisos. Así se llega a que mientras antes se criticaba el déficit, hoy algunos objetan el superávit.

Aún los economistas más críticos con la política económica del ministro Roberto Lavagna reconocen que la política fiscal ha sido ortodoxa y que eso fue casi imprescindible para evitar la hiperinflación y reactivar la actividad económica. Pero aún los más afines a sus posturas, reconocen que es necesario empezar cuanto antes con la reducción de los impuestos distorsivos, como las retenciones o el impuesto al cheque, que pueden llegar a ahogar la recuperación. Al mismo tiempo, las vacas gordas del excedente de la recaudación están empezando a terminarse; el segundo semestre no será como el primero. Y habrá que ver si la caja alcanza para calmar a todos los que piden que, como siempre, son muchos.

En julio, el superavit fiscal primario (sin computar el pago de intereses de la deuda) alcanzó los 1.656 millones de pesos, lo que deja al período enero-julio con un superávit de 13.500 millones. Para los doce meses del año, la pauta establecida con el FMI es de 10.800 millones. “Es obvio que el superávit del 2,4 por ciento está sobrecumplido, no podemos ocultar la realidad”, se sinceró el secretario de Hacienda, Carlos Mosse, al anunciar las cifras junto a su jefe.

EL RECLAMO QUE SURGE ante esa situación es por qué no se aprovechó ese excedente para quitarle decibeles a la presión fiscal. “Hay que distinguir entre ingresos transitorios y permanentes. Reducir impuestos en base al excedente de ingresos que son transitorios, es comprar déficit en el largo plazo”, señaló Ricardo Delgado, economista de Ecolatina, la consultora fundada por Lavagna. Sobre las cuestionadas retenciones, explica que “en 2002, era necesario dar señales de que el default no nos iba a llevar a la hiperinflación, pero ahora el Gobierno debería crear un esquema agresivo para reducirlas, por lo menos en el caso de las exportaciones de bienes con valor agregado.”

Desde el ministerio de Economía se alega que las retenciones fueron una herramienta clave para sostener el equilibrio fiscal y la reactivación postcrisis. Otros, como el tributarista Leonel Massad, no lo ven así: “Son un recurso contradictorio con el mundo moderno, en el se alienta a los que exportan. Su origen está en la contención de los precios internos en aquellos productos que son exportados. La recaudación que generan es un subproducto. No pueden considerarse una herramienta de política económica, no creo que ningún libro la recomiende como tal”. Massad ve factible una reducción del impuesto a los débitos y créditos bancarios, el tristemente célebre impuesto al cheque .


En la visión de otro economista, José Luis Espert, el elogio al Gobierno adquiere otros matices: “La copa medio llena dice que el superávit logrado es el más grande del último medio siglo. Un gobierno de izquierda siguió una política ortodoxa en este tema, por lo que parece que al fin se entendió que no se puede vivir con déficit constante”. Pero el análisis de la parte vacía de la copa es rotundo: “El superávit se consiguió en base al default y a que existe una presión fiscal salvaje y distorsiva, algo imposible de sostener. Se podría haber ahorrado la alta recaudación en el ciclo favorable en lugar de haber creado impuestos distorsivos, como las retenciones y el impuesto al cheque, que entre los dos representan el 4,5 por ciento del PBI. Se les fue la mano, porque con menos superávit el Gobierno podría haber seguido la misma política social”.


Otros insisten con dejar claro los límites de la bonanza. “Es cómico que se diga ‘nunca tuvimos un superávit fiscal tan alto’”, dijo Aldo Abram, de la consultora Exante. “Lo que hay es un superávit primario, que llegará cerca de los 20.000 millones de pesos para este año. Pero si se considera que este año se generarán 6.600 millones de intereses que se van a pagar, y otros 24.000 millones de intereses de la deuda en default, está claro que hay déficit”. No obstante, Abram calificó como “muy meritorio” que el nivel de superávit primario alcanzado por el Gobierno, pero destacó que el problema es el gasto. “Algunos se olvidan que en 2002, Duhalde armó un impuestazo. Ahora, cuando está entrando mucha plata, es el momento de gastar menos y empezar a bajar los impuestos”.

En un país que acostumbra tener más carencias que excesos, el excedente de fondos tiene solicitantes de sobra, desde el FMI que quiere que la Argentina mejore su oferta, sectores empresarios que quieren “políticas activas” y funcionarios que quieren hacer más política –social- con ese dinero. Delgado sugiere emplearlo en dos direcciones: “Hay que armar un fondo anticíclico, para usarlo en el futuro cuando el superávit actual no esté. También hay que fomentar el actual crecimiento, subsidiando tasas y dando subas acotadas en los salarios para sostener el consumo”. Abram, además de oponerse a las retenciones y el impuesto al cheque, sugiere tener esos fondos “como reserva para la reestructuración de deudas, ya que hemos seguido una mala estrategia en la negociación con los acreedores y eso nos va a costar un pago en efectivo.”

La discusión no será tan extensa. Un informe de la Fundación Capital asegura que “el superávit primario entrará en una meseta en el segundo semestre de 2004” y que se quebrará la tendencia positiva de las variables “que permiten mantener el delicado equilibrio entre la situación social y el reclamo de los acreedores”. Los números holgados de la recaudación deberán empezar a conjugarse con la ineludible realidad de la deuda. Así, el debate por el destino del superávit perderá importancia; será poco lo que haya para repartir.


IMPUESTO AL CHEQUE

El peor de todos

De todos los impuestos considerados distorsivos, el impuesto al cheque es el que todos ponen en primer lugar de la lista de los que deberían ser reducidos. El tributarista Leonel Massad consideró escasa la reducción dispuesta por Lavagna que lo llevó al 1,2 al 1 por ciento, permitiendo que la diferencia se tome como pago a cuenta de Ganancias. “El trámite es muy complicado. Además, hay mucha gente que no paga Ganancias y se ve obligada a pagar el 1,2 por ciento. Esto tiene un efecto psicológico negativo sobre el contribuyente, que escucha un anuncio de reducción pero sigue pagando lo mismo.” El experto no ve objeciones en que el impuesto al cheque se baje al 0,8 por ciento, ya que el la merma en las arcas públicas sería “previsible y manejable”. Esa baja “sería una señal concreta de reducción de un impuesto distorsivo que, además, atenta contra el nivel de bancarización, lo que a su vez dificulta la posibilidad de fiscalizar.”