Las realidades que crea el Gobierno

En los últimos 30 años la economía argentina fue muy parecida a una montaña rusa, con enormes caídas seguidas de fuertes recuperaciones. El problema es que después de tanto alboroto no nos hemos percatado que en promedio no crecimos nada ¡luego de transcurridas tres décadas!. El PIB real per cápita hoy es el mismo de 1974 pero con una distribución mucho peor y con pobreza e indigencia estratosféricas. Una pesadilla en la cual uno corre y corre pero sin moverse del lugar y además se cansa. ¿Por qué?

Parte de la respuesta está en que nuestros gobiernos viven disociados de la realidad que palpamos el común de los mortales. Viajan felices y contentos en su propio plato volador, ya sea por ignorancia, ceguera ideológica o sencillamente interés propio. Veamos sólo dos ejemplos relacionados con el gobierno de Néstor Kirchner, aunque es justo decir que el siguiente análisis (con otros temas) podría abarcar a cualquiera de sus “venerables” antecesores.

En cuanto a la renegociación de la deuda externa, según el Gobierno fuimos al default sólo por culpa de la avaricia de los acreedores que nos prestaban a tasas altas para obtener pingües ganancias y por el FMI que nos recomendó las políticas erróneas del Consenso de Washington.

La crisis de la deuda produjo una “destrucción de valor” y ahora, tanto unos como el otro, deben asumir su parte del error y participar de las pérdidas. Para volver a “crear valor” será necesario que nuestros acreedores acepten una quita “homérica”; que sean socios nuestros en el crecimiento; que el FMI nos refinancie el capital como mínimo una década más y que el BID y el Banco Mundial nos hagan el “aguante” para siempre.

Sin embargo, la realidad es que si bien prestamista y auditor comparten la responsabilidad (uno sabía el riesgo que asumía y el otro por haber realizado mala tarea de control crediticio), no son los responsables primarios, que sí es el Estado Argentino, por haberse endeudado sistemáticamente durante 10 años hasta atragantarse a fines de 2001. Al FMI le cabe la responsabilidad además por no haber advertido de la incoherencia técnica entre una política fiscal expansiva financiada con deuda externa y una política cambiaria de tipo de cambio fijo.

El principal responsable, el Estado, se pasó los últimos 2 años y medio (después de declarar el mayor default de la historia con alegría carnavalesca) verdugueando a los acreedores y al FMI, perdiéndose en 2002 o principios de 2003 el momento más propicio para renegociar la deuda externa cuando la Argentina estaba de rodillas y las tasas de interés internacionales eran las más bajas en medio siglo. Ahora, con la economía creciendo al 7,5% anual en 2004 y las tasas mundiales en alza, el Gobierno el martes pasado tuvo que triplicar la oferta de septiembre de 2003 en Dubai sólo para que los acreedores extranjeros demoraran 12 horas y no una para rechazar violentamente la propuesta de reestructuración. Una vez más el Gobierno corre los acontecimientos de atrás.

En el caso de la crisis energética la realidad que ha creado el gobierno es que el problema se debe a empresas privadas imprevisoras, de manera más o menos dolosa. Las transportistas y distribuidoras de gas y electricidad tienen la culpa por no haber previsto el crecimiento de la demanda.

Claro, es que ellas supusieron un estancamiento ad-eternum de la economía y no previeron que el “modelo productivo” de Duhalde-Kirchner nos haría crecer a tasas del 8% anual durante dos años. Son culpables de haber pateado en contra.

Enfrascado en su peculiar realidad, el gobierno razona que como las petroleras obtuvieron una renta extraordinaria durante los últimos años con el precio del petróleo bien por encima de su promedio histórico de u$s 20 el barril, no tienen ningún justificativo para aumentar los precios en el mercado doméstico.

Además, por haber logrado ganancias extraordinarias es justo que vivan permanentemente “apretadas” por el gobierno para acordar precios de los combustibles, enfrentar la competencia de la empresa estatal de energía (ENARSA) y sufrir la aplicación de retenciones, primero para petróleo y naftas y ya que estamos por qué no también para el gas, así la distorsión es bien pareja para todos los exportables.

En realidad, la verdad respecto de la crisis energética es totalmente distinta a lo que dice el gobierno. Primero, a confesión de parte relevo de prueba.

En un informe del pasado mes de abril realizado por la Unidad de Renegociación y Análisis de Contratos de Servicios Públicos (UNIREN) que depende del Ministerio de Planificación del arquitecto Julio de Vido, mano derecha del Presidente y hombre con animosidad contra las privatizadas si los hay, no se comprobaron incumplimientos de parte de las transportadoras y distribuidoras de gas y electricidad durante los ´90.


Institucionalidad caída

Segundo, el comportamiento de la oferta de energía hay que evaluarlo mientras el Estado respetara los contratos que él mismo había firmado, esto es, mercado libre para el “boca de pozo” y tarifas dolarizadas para el transporte y distribución de gas y electricidad. Antes de la desregulación del mercado de hidrocarburos a principios de los ´90 la perforación no superaba los 15 pozos de gas por año, promedió los 65 durante la convertibilidad y en 2001 llegó a un máximo de 100 pozos.

En cuanto a la capacidad de transporte y distribución de energía, creció casi 70% entre 1993 y 2001.

A partir de la instauración del “modelo productivo”, toda institucionalidad creada durante los ´90 fue destruida: controles de precios (en los hechos) en el “boca de pozo” y pesificación a uno x uno de las tarifas de gas y electricidad. No vamos a pretender que desde ahí en adelante alguien perforara un pozo o pusiera un caño.

Tercero y final. Si hoy falta gas para generar electricidad, es porque con la pesificación de las tarifas se produjo un abaratamiento artificial del gas del 40% en términos reales que hizo explotar el parque de autos a Gas Natural Comprimido (GNC) e incrementar espectacularmente la demanda de gas como insumo para producir electricidad por parte de las centrales térmicas.

Si tenemos alguna intención aunque sea mínima de salir permanentemente de los problemas que nos agobian, el primer paso es bajarse del plato volador y ver que lo que nos ocurre es consecuencia de que hace demasiados años que usamos el mismo y desgastado posillo de café (del capitalismo “trucho”) nada más que a veces girado hacia la derecha (Carlos Menem) y otras hacia la izquierda (Nestor Kirchner).

Los platos rotos los pagamos todos, particularmente las futuras generaciones de argentinos que serán más pobres, o en el mejor de los casos, igual de pobres que hoy.