Los secretos del pacto de Washington

Sólo las alarmadas llamadas telefónicas del rey y del primer ministro de España, del presidente del Banco Nacional de Francia y de los presidentes latinoamericanos Vicente Fox, Fernando Cardoso y Ricardo Lagos a la residencia veraniega del presidente George W. Bush en Crawford, Texas, disuadieron a los representantes del gobierno norteamericano en el FMI que debían anunciar anticipadamente algún tipo de ayuda a la Argentina.

Todos ellos le advertían que si el país se desbarrancaba al default peligraban las principales inversiones extranjeras no sólo en la Argentina, sino en toda la región. Recién al mediodía del martes 21, cuando el riesgo-país trepaba descontroladamente al borde de los 1.700 puntos básicos, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Paul O’ Neill, aflojó.
Lo terminó de convencer un alto ejecutivo de una poderosa multinacional norteamericana, con la misma mentalidad gerencial del funcionario: cuidar la plata, sólo colocarla en lugares seguros y planificar cuidadosamente, por lo menos a mediano plazo, la relación costo-beneficio de la operación.

Y así terminaron las doce dramáticas jornadas de negociaciones en Washington, en las que el viceministro Daniel Marx pareció un rehén de los funcionarios fondomonetaristas y donde se tramó la carta de intención más novedosa de los últimos tiempos.
Tres datos diferentes aporta este acuerdo:

1) de la negociación fue expresamente excluido el ministro de Economía Domingo Cavallo;

2) es la primera vez, desde el rescate de México en el ‘95 (su vecino más extendido), que el gobierno de los Estados Unidos no se involucra tan directamente en un compromiso de ayuda con carácter de virtual "socio", y

3) pese a las resistencias del propio FMI y de los operadores de Wall Street, el Tesoro norteamericano incluyó la idea central del canje voluntario de la deuda ("para aumentar la viabilidad del perfil de la deuda argentina", dice textualmente el comunicado oficial), un modo de reestructurar intereses y vencimientos.
"Representa un nuevo enfoque", subrayó John Taylor, encargado de Asuntos Internacionales del Tesoro americano, el principal interlocutor de la administración Bush para el resonante y peligroso caso argentino.

Es un mecanismo explícito para que la deuda sea sostenible (léase "pagable"), a través de una operación voluntaria y amistosa con los mercados."
La ausencia de Cavallo fue una cordial sugerencia de Washington y otra condición de O’Neill, quien siempre prefirió discutir con el ministro, aunque sea a los gritos, pero telefónicamente. Los motivos: la impulsiva personalidad del funcionario terminó de irritar a la nueva conducción del Fondo y ya no despierta la credibilidad de otrora.

Por sus ataques a los mercados, por sus giros inconsultos y por su resistencia a aceptar el nuevo escenario global.
Hubiera convertido las conversaciones -admitieron algunos directores del FMI- en un "pandemónium".
La silenciosa reacción de Cavallo estuvo a punto de desatarse horas antes de difundirse el acuerdo: aseguró que el país no sería "conejillo de Indias" de la nueva administración republicana y repitió que el plan acordado con el Fondo era "argentino".

En Washington, por el contrario, consideran el actual trato una experiencia piloto y tienen la convicción de que la dupla De la Rúa-Cavallo carece de un plan. Y, sobre todo, de rumbo.

La posición norteamericana.

Justamente Taylor, el segundo de O’Neill, se convirtió en el artífice del actual rescate. Luego de su fugaz paso por Buenos Aires, el informe que presentó a sus superiores fue demoledoramente realista. Percibió en Fernando de la Rúa, por ejemplo, un grado sorprendente de negación de la crisis y se extrañó por la fuerte inclinación presidencial a hacer comentarios "superfluos".
De allí dedujo la falta de liderazgo y el vacío político. La recomendación personal fue la de asistir a las autoridades argentinas para diseñar un plan que, a su juicio, no tenía Cavallo.

Más aún: según Taylor, la Convertibilidad ampliada,
el desafortunado megacanje y el desprolijo Déficit Cero del ministro sólo habían conseguido asustar a los inversores y ahorristas con un eventual default, disparando así el retiro de los depósitos y la caída de las reservas.
Discutió incluso con el hostil O’Neill que la tan exaltada regla del Déficit Cero sería incumplible en la práctica, dado el contexto político y la creciente protesta social.
De tanto negar el default -fue su conclusión en el Tesoro-, las autoridades argentinas terminaron atrayéndolo. Su jefe de oficina prefería en ese momento dejar a la Argentina librada a su suerte. Pero fue finalmente escuchado.

Las preocupaciones de Taylor encajaban, por supuesto, en una percepción más global (menos economicista al menos) que viene transmitiendo el Departamento de Estado norteamericano, con Colin Powell a la cabeza, sobre la situación continental:
la imprevisibilidad de Venezuela bajo el caudillismo de Hugo Chávez, la inestabilidad y violencia crónicas de Colombia, las crecientes dificultades que viene afrontando el flamante presidente del Perú Alejandro Toledo, y el eventual arrastre de la crisis financiera argentina en Brasil, tan comprobable en Washington que se encendió rápidamente la luz verde para que el FMI dispusiera hace tres semanas un envío de fondos frescos por 15.800 millones de dólares.

Chile también había alertado sobre un eventual contagio tras su propia experiencia con la disparada del dólar de los últimos días. El hundimiento de la Argentina, conflictividad social mediante, hubiera complicado entonces la propia estrategia estadounidense en la región.
Fue así que la crisis financiera argentina se convirtió en una especie de "leading case", el primer desafío que le toca asumir a Bush a siete meses de asumir. O’Neill argumentó, y convenció a su presidente, que esta vez había que presionar por una política de más largo plazo, "estructural", y no aceptar simplemente el tradicional giro de fondos de rescate.

El siguiente argumento del secretario del Tesoro llegó a esgrimir el peligro recesivo interno: los masivos despidos preventivos de las compañías norteamericanas están haciendo dudar del despegue de la economía y convierte a los contribuyentes en celosos custodios del manejo de los recursos públicos. Especialmente del desvío de fondos al exterior.

La consigna acordada entre las posturas extremas de rescatar a la Argentina (variante defendida en Wall Street), o dejarla caer en el default (una postura que circuló insistentemente en la Casa Blanca) fue finalmente intermedia: "Ayudar a que la Argentina se ayude a sí misma", en palabras de Bush.
Traducción: como ni De la Rúa ni Cavallo son capaces de definir un rumbo, corresponde incentivar a la dirigencia política y a los gobernadores de las provincias para instalar un debate de fondo y gestar un futuro consenso en base al tríptico "reforma del Estado, crecimiento, deuda pagable". Todo junto. No sólo Déficit Cero. Un plan. No manotazos desesperados.

Cash urgente.

El comunicado que apresuradamente difundió Horst Köhler, director gerente del Fondo, el martes 21, y cuando la ansiedad de De la Rúa y Cavallo estaba a punto de estallar, menciona que la Argentina recibirá en septiembre 5.000 millones nuevos, sólo disponibles para fortalecer las reservas del Banco Central y frenar el retiro de los depósitos.
Otros 3.000 millones serán desembolsados de manera acelerada como aliento a una suerte de reprogramación de la deuda.
Tal vez recién en marzo del 2002. O´Neill aclaró en seguida: "Una porción del nuevo programa está dedicada de manera específica a asistir un canje voluntario de la deuda".

O sea, los 3.000 millones jamás llegarán si no es con ese destino. Pretende que vayan directamente a una cuenta de fondos congelados hasta que los tenedores de deuda argentina opten entre la inseguridad de cobrar con tasas del 15 por ciento o asegurarse el cobro con una ganancia menor, del 5 o el 6%.

Opciones en estudio: o el gobierno argentino utiliza esos fondos para recomprar papeles de su deuda con un descuento considerable, o concreta un canje que, a diferencia del que tramaron Cavallo y David Mulford, aliviaría el ahogo de los vencimientos del año que viene (más de 17.000 millones).
Sobre todo si el Déficit Cero se empantana y la recaudación sigue cayendo por la persistencia recesiva.
En este punto, los Estados Unidos actuarían de socios calificados "para mejorar el perfil de la deuda argentina".

Están convencidos de que el último megacanje fue contraproducente porque la alta tasa de los nuevos bonos emitidos en esa operación, de un 15% anual, arriesga todo el futuro financiero del país, empezando por el de los acreedores que no cuentan con seguridades de cobrar si la depresión sigue.
El otro factor distintivo de este acuerdo es la formalización del esquema 4+1 para que los países del Mercosur negocien el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, una posibilidad, lejana pero estratégica, de ampliar los mercados del Norte a las exportaciones del discriminado Sur. En realidad, ninguna sorpresa en el anuncio de los Estados Unidos vía FMI.

Salvo para Cavallo, que se enemistó con Brasil justamente por pretender puentear a la unión aduanera en busca de un acuerdo bilateral.

Llegar a octubre.

Además de parar la fuga de depósitos, el acuerdo con el FMI, según voceros del Departamento de Estado, pretende instalar un debate de fondo sobre el futuro económico argentino.
En el lenguaje del organismo, "tomar medidas en la Reforma del Estado", "reformar los arreglos de reparto de ingresos con las provincias", "administración impositiva para corregir los desequilibrios fiscales" y "reforzamiento de los bancos públicos", significa achicamiento del gasto político y reordenamiento de los planes sociales del Estado, reorganización del Anses y el PAMI, tocar la ley de Coparticipación Federal, ir hacia una Reforma Impositiva integral y hasta eventuales privatizaciones de bancos como el Nación y Provincia.
Ni más ni menos.

El choque más inminente será la pulseada con los gobernadores sobre la ley de Coparticipación: empezará con el proyecto de Presupuesto 2002 que el Ejecutivo deberá presentar antes del 15 de septiembre. La reducción de 6.000 millones de pesos en el gasto del próximo ejercicio, según la regla Déficit Cero, requerirá también eliminar partidas para Aportes del Tesoro Nacional (ATN), planes de empleo, personal de planta, fondo docente y otros gastos. La mayor parte de esos recortes golpea a las provincias, sobre todo si se extiende a fondos específicos como los subsidios a las naftas patagónicas, el algodón, obras viales, Fonavi, y otros por el estilo.

La táctica del FMI empuja ahora para que el gobierno argentino y el resto de la dirigencia política se hagan cargo de los cambios. Y aliviar la emergencia financiera inmediata. Les preocupa el 2002. Pero la pregunta aquí cae de madura: ¿Y por qué este nuevo préstamo, o rescate, no terminará diluyéndose como ocurrió con el blindaje de José Luis Machinea de 39.700 millones de dólares, o el megacanje de Cavallo por 29.500?
El facilismo de los funcionarios argumenta que ahora todo será distinto, porque rige el Déficit Cero, porque la plata sólo viene a respaldar al sistema financiero y para mejorar el perfil de la deuda y porque, esta vez, se nota la tutela del Gran Hermano, socio virtual de una presuntamente inédita experiencia mundial.

La realidad, según los analistas más confiables, es que el Déficit Cero (que no constituye en sí una política, sino más bien una opción irremediable) será muy difícil de cumplir en el cuarto trimestre del año, a menos que se active un recorte adicional en los salarios y jubilaciones públicas.
Coinciden desde FIEL y el CEMA hasta el alfonsinista Mario Brodershon y el economista de la CTA Claudio Lozano. ¿Podrá el gobierno de De la Rúa afrontar semejante ajustazo sin siquiera el consenso del partido radical y el Frepaso para no mencionar el ya anticipado rechazo de justicialistas y gobernadores?

Además, la falta de confianza interna y externa, la asfixia impositiva, las tasas de interés que no bajan y los efectos devastadores de una economía paralizada desde hace más de tres años, se mostraron letales con la recaudación impositiva que este mes seguirá cayendo entre 5 y 8%.

Hasta en el FMI creen ahora que, además de gastar sólo lo que se recauda, es preciso crecer. Y que no basta tampoco con priorizar los pagos de la deuda sin redefinir su costo y sus vencimientos a futuro. Dos banderas que hasta hace poco no les hubieran molestado levantar a los más desafiantes anticapitalistas nativos.

RECUADRO:

“Ahora vamos a ver las mismas patologías que con el blindaje y el megacanje, pero 8000 millones no cambian la historia. Se viene un ajuste monstruoso”.

Jose Luis Espert (Economista).